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	<title>Estefanía Jiménez</title>
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		<title>ASESINO</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Apr 2010 21:05:36 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Mucho se ha hablado de mí, pero nadie pudo penetrar en mi mente entonces y ninguno podrá hacerlo ahora.</p>
<p>No podría decir cuándo comenzó todo. Quizás aquel día en el que volvía agotado después de un duro trabajo.</p>
<p>Había trabajado como albañil desde hacía años, ganaba bastante dinero y no me importaba en absoluto las duras condiciones. Ni el frío, ni el calor, ni el dolor de espalda; al llegar a casa mi esposa siempre me esperaba con una sonrisa y yo me sentía satisfecho. Me gustaba mi trabajo y madrugaba gustoso para desempeñarlo. Sin embargo, un día todo pareció detenerse. Había escuchado por la tele todo eso de la crisis, pero jamás llegas a imaginarte que algo así pueda alcanzarte a ti que tienes tantas ganas de trabajar. Pero lo hizo. El trabajo escaseaba y me enviaron al paro. </p>
<p>Recuerdo aquel día como uno de los más trágicos en mi vida. Busqué trabajo por todas partes y tan sólo logré uno como comercial de cursos a distancia para trabajadores. Pagaban una miseria y tenía que recorrer muchos kilómetros para vender algo. En tiempos de crisis la gente necesita trabajar, no estudiar.</p>
<p>Aquel día, como digo, había sido horrible. Tuve un percance con una clienta descontenta y casi me despiden. Dejé mi coche en el parking, ese coche que a penas podía pagar en esa plaza de aparcamiento que debía abandonar a final de mes.</p>
<p>Era bastante tarde y no había nadie. El chico de seguridad estaba enfrascado en una discusión telefónica y ni siquiera me miró cuando lo saludé con la mano. Me dirigí al ascensor y entonces lo escuché. Unos pasos lentos y acompasados a mi ritmo. Al principio me pareció el eco, pero pronto descubrí que no era así. Aceleré el ritmo sintiéndome un poco inquieto. No quería mirar hacia atrás. Quise  pensar que todo eran paranoias mías, que tal vez sólo era otro usuario del parking que regresaba a su casa. Pero él me seguía a mí. Me detuve con la excusa de sacar un cigarrillo y él se detuvo también. Aquello me dio muy mala espina así que giré en redondo, con la mirada más amenazante que pude encontrar entre el hormigueo de sueño de mis ojos. Tras de mí sólo había sombras y coches oscuros durmiendo entre la humedad. Aspiré hondo y traté de calmarme. Pero no lo logré. Seguí caminando deprisa para alcanzar el ascensor que ya estaba muy cerca y los pasos siguieron sonando tras de mí.</p>
<p>Comencé a correr entonces. No me importa reconocerlo, estaba bastante asustado. Cuando llegué ante la puerta del ascensor golpeé el botón con el corazón acelerado. Sentía la presencia del desconocido cerniéndose sobre mí desde la oscuridad. Di un suspiro de alivio cuando la puerta se abrió al instante y la luz lo iluminó todo. Entré y volví a presionar el interruptor varias veces, impaciente por ver las puertas unirse al fin, aislándome de mis temores.</p>
<p>Ya casi estaban cerradas y suspiré aliviado. Entonces una mano se coló entre ella y casi grité del sobresalto. Ésta empujó hasta lograr abrir las puertas.</p>
<p>-¡Uf, por poco! Buenas noches –un hombre entró en el ascensor que yo había convertido en mi pequeño refugio.</p>
<p>-Buenas noches- gruñí.</p>
<p>¿Sería éste mi perseguidor misterioso? El hombre se situó frente a mí, dándome la cara. Lo observé con disimulo. Era un hombre bastante enjuto, de aspecto gris. Su pelo negro moteado de caspa estaba pegado a la cara de tanta grasa como tenía. Lo llevaba peinado con raya muy bien perfilada a un lado y pensé que le daba un aire estúpido. Le miré a los ojos y me sorprendió el brillo en sus pupilas. Aquellos ojos no parecían brillar con una luz natural, parecían algo perdidos, pero vivaces y atentos, como los de un animal amenazado. Redondos y oscuros me contemplaban con descaro. Tenía un bigote largo y algo retorcido en las puntas. Vestía como un hombre de sesenta años y sin embargo no debía de tener más de treinta. Percibí que tras su aspecto ridículo se escondía un hombre bastante siniestro.</p>
<p>Respiré aliviado cuando la puerta se abrió al fin y salí del ascensor. Corrí hacia la calle mirando hacia atrás en todo momento. Tenía la terrible certeza de que aquel desconocido me seguía. Sólo me sentí a salvo cuando cerré la puerta de mi casa y me adentré en la familiar rutina de mi hogar.</p>
<p>Aquella noche a penas pude pegar ojo. No paraba de pensar en el desconocido del ascensor y, para cuando la mañana me alcanzó, ya estaba bastante seguro de que aquella no era la primera vez que lo había visto.</p>
<p>Cuando al día siguiente acudí al parking mi corazón casi dio un vuelco al verlo allí, hablando con el vigilante. Ambos me saludaron con una sonrisa, pero yo adiviné algo oculto en la mirada del desconocido.</p>
<p>Volví a encontrarlo por la noche, y volvió a subir conmigo en el ascensor. Su mirada me quemaba como fuego pues en ella iba descubriendo ese poder que él cada vez más iba adquiriendo sobre mí. No me dirigió la palabra y sin embargo no fue necesario, con su presencia lo decía todo. Había una amenaza latente en su persona.</p>
<p>A partir de entonces lo encontraba a diario. No importaba cuantas veces yo tratara de variar mi rutina, siempre había una esquina que él torcía, un paso de peatones, una calle… él siempre se cruzaba conmigo.</p>
<p>Confieso que su imagen comenzó a convertirse en una obsesión. El desconocido nunca decía nada, pero sus ojos me atravesaban como lanzas. ¿Qué podía querer de mí aquel extraño? ¿Por qué me perseguía cada día?</p>
<p>Se escuchaban tantas historias en la tele, tantos sucesos en los periódicos… Aquel hombre me asustaba de veras, aunque nunca fui capaz de hablar del tema con nadie, ni siquiera con mi mujer. ¿Para qué darle más preocupaciones de las que ya tenía?</p>
<p>Por las noches no conseguía conciliar el sueño y como consecuencia por las mañanas me sentía de mal humor. Estaba irritable y nervioso y contestaba mal a todo el mundo. Tuve varios enfrentamientos con mi jefa y finalmente ella me puso en tal estado de nervios que estuve a punto de darle un puñetazo. Me despidió, por supuesto.</p>
<p>No tenía ni idea de qué le iba a decir a mi mujer. Aquel día me emborraché y llegué a casa bastante tarde. Mi hija ya estaba dormida y mi esposa me esperaba en el salón con su horrible bata puesta y cara de pocos amigos. Comenzó a reprocharme mi actitud en susurros y me enfureció hasta tal punto que le grité antes de irme a dormir. A la mañana siguiente, ella presentaba un ojo hinchado y algo amoratado. Me hubiera gustado preguntarle qué le había ocurrido, pero aún estaba disgustado con ella y además tenía una resaca de muerte. Por otro lado, ella se mostró esquiva, casi como si quisiera esconderse de mí y eso no me hacía ninguna gracia. </p>
<p>Aquel día decidí no coger el coche. Lo dejé en el garaje y me fui dando un paseo hacia ningún sitio en especial. Caminé sin rumbo, tratando de mantener mi mente en blanco, no quería pensar en nada, me dolía mucho la cabeza. Sin embargo, cuando el primer hombre de traje gris se cruzó en mi camino, me puse en guardia involuntariamente.</p>
<p>Me sentía perseguido en todo momento, no podía dejar de pensar en el hombre del parking. Sabía que tarde o temprano aparecería y no me equivoqué. Lo encontré sentado en un banco junto a la fuente del parque. No podía ser una coincidencia, imposible. Puede que viviera en un pueblo, pero no era un pueblo pequeño en absoluto. ¿Era una casualidad encontrarlo a diario? Yo estoy convencido de que no. Pasé por delante de él, sin apartar mis ojos de su rostro, escrutándolo, tratando de encontrar respuestas. Él me devolvió la mirada con descaro, y en aquellos ojos vivaces fui capaz de descubrir de nuevo aquellos destellos crueles y fríos que tanto me habían asustado en el ascensor. Aquel no era un hombre normal, jamás había estado tan seguro de algo. Todo su aspecto era sospechoso. Su mirada estúpida escondía un brillo de inteligencia y crueldad, espejo de su mente. Y aquella mente, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, había puesto sus miras en mí.</p>
<p>Me siguió con los ojos, sin importarle las miradas asesinas que yo le lanzaba. Él lanzó su desafío, escondido tras esa sonrisa suya, tan sólo un psicópata podría sonreír de aquel modo mientras escondía tan oscuros sentimientos. Y existían, de eso estaba seguro. Aquel hombre albergaba oscuros sentimientos, y terribles planes. ¿Qué podría estar maquinando una mente tan perturbada como aquella? ¿Por qué me había elegido a mí?</p>
<p>Me sentí acorralado, atrapado y asfixiado a pesar de estar al aire libre. Avancé a paso rápido y me alejé de él. Entonces él fingió mirar su reloj y se puso en pie. Caminó unos metros tras de mí. De nuevo me seguía. ¿Qué diablos quería?</p>
<p>Sentí que el aire me faltaba y dirigí mi mirada nerviosa a todos los rincones del parque. Estaba casi desierto. Me estremecí y no dudé en salir corriendo. ¿Qué me importaba lo que la gente pudiera pensar de mí?</p>
<p>No me sentí a salvo hasta que no llegué a la parada de autobús más próxima. Estaba abarrotada y me fundí entre la gente. Pensé en coger aquel autobús y así huir más rápido de mi perseguidor. Entré, perdido entre la masa, sin saber siquiera dónde me dejaría aquel vehículo. Caminé por el pasillo y cuando el autobús arrancó, miré a mi alrededor. Mi corazón casi se detuvo entonces. Allí estaba él, sentado varios asientos más adelante, mirándome.</p>
<p>El tiempo que tardamos en alcanzar la parada más próxima se me hizo eterno. Bajé empujando a todo el mundo entre murmullos y protestas. Vi alejarse el autobús, y a él en la ventanilla, con su periódico en el regazo y su sonrisilla siniestra.</p>
<p>Llegué a casa temprano y no dirigí la palabra a mi esposa. Comí en silencio, mientras en mi mente se agitaban un millón de voces. Sabía que tenía que hacer algo o aquello acabaría volviéndome loco. Aquel desconocido me perseguía por todos lados y yo ya no me sentía a salvo en ningún sitio. Esa situación estaba acabando con mi cordura. No me atrevía a hablar con nadie del asunto porque después de todo no tenía pruebas contra él. Pero para mí era más que obvio que era una amenaza.</p>
<p>Había decidido no salir de casa aquella tarde, y me fastidió muchísimo cuando mi hija me llamó desde la biblioteca para que fuera a recogerla. Había olvidado su paraguas y llovía a mares. ¿Qué era un poco de lluvia cuando mi vida estaba en peligro?</p>
<p>Aún gruñendo, salí a la calle maldiciendo a mi esposa que había decidido salir a comprar justo en ese momento. Recorrí las calles con nerviosismo, mirando a todas partes un millón de veces. Sabía que él andaba cerca y que tarde o temprano me alcanzaría. La calle estaba desierta y la lluvia caía con fuerza, ahogando cualquier otro ruido. Aquello no hizo sino aumentar mi inquietud.</p>
<p>En la biblioteca las niñas se agolpaban en la puerta esperando a sus padres. Había oscurecido mucho y regañé a mi hija por salir en una tarde tan fea. Ella protestó pero yo ya no la escuchaba. De nuevo, allí estaba él, saliendo de la biblioteca, con su traje gris y su pelo grasiento. Lo miré con los ojos desorbitados y él sonrió. Mi hija siguió mi mirada y me dijo:</p>
<p>-¡Qué fastidio, papá! Había tanta gente hoy en la biblioteca que tuvimos que compartir las mesas y ese tío tan raro se sentó junto a mí. No paraba de mover las piernas, me ha puesto de los nervios.</p>
<p>Aquello fue la gota que colmó el vaso. El detonante de todo. En el fondo yo ya me temía algo así. Sabía que aquel tipo estaba loco y que me perseguía por todos lados con algún propósito oscuro. Pero el que acosara a mi pequeña… aquello encendió un fuego oscuro dentro de mí. Jamás había sentido tanta ira…</p>
<p>Dejé a la niña en casa y salí de nuevo a la calle. No había ni un alma y aun así yo sabía que no caminaba solo. Tarde o temprano él aparecería, y por fin pondría fin a todo. En el momento en que lo viera me dirigiría hacia él y le pediría explicaciones. La situación ya había llegado demasiado lejos.</p>
<p>Temblaba como un cachorro y mi corazón trotaba en el pecho. No dejaba de escuchar pasos a mi espalda, pero él no se dejaba ver. Comencé a temer que el muy cobarde me asaltara por la espalda, me cogiera del cuello y acabara con mi vida allí mismo, en mitad de la calle sin ser visto por nadie.</p>
<p>Seguí caminado en dirección al garaje, parecía que aquel lugar le gustaba bastante, además albergaba esperanzas de que si la cosa se ponía fea, el guardia de seguridad podría ayudarme. Las sombras se hacían cada vez más impenetrables, y los sonidos de la noche que se cerraba sobre mí me hacían votar a la más mínima. Estaba solo en la calle, pero sentía su presencia. Era como un olor, un sexto sentido que no lograba comprender.</p>
<p>De repente escuché un suspiro, algo muy leve y apenas audible, pero para mí resonó en la noche como un grito de guerra. Él me acechaba desde atrás, tal como yo había temido, pronto todo acabaría, me asaltaría, me estrangularía o quizás algo peor. Nadie vendría en mi ayuda…</p>
<p>No sé de dónde saqué las fuerzas, algún poder sobrenatural se adueñó de mí, o tal vez tan sólo fue el instinto de supervivencia. Sabía que si no hacía algo pronto aquel sería mi fin. No quería morir, no quería ser la víctima de aquel psicópata asesino.</p>
<p>Giré veloz y ni siquiera me detuve al contemplar los ojos de sorpresa que puso. Él estaba allí, a mi espalda, ¿acaso necesitaba más pruebas de su locura? Corrí hacia él, ignorando su cara de desconcierto y temor. El muy cerdo no esperaba mi reacción, lo cogí totalmente por sorpresa. Salté sobre él con los brazos hacia delante y lo derribé en el suelo. Caí encima de él con las manos apretando su cuello. Sentí como soltaba el aire de golpe debido a la caída y comprendí que si aminoraba mi furia estaba perdido, era matar o morir.</p>
<p>Apreté y apreté mis manos, sintiendo su nuez agitarse bajo las yemas de mis dedos. Emitía unos patéticos ruidos que me causaban dentera, aún lo odié más por ello. Cuando el aire comenzó a serle precioso, se agitó con nerviosismo debajo de mí. Me sorprendí de la fuerza que tenía, tal vez el ver la muerte de cerca le otorgaba aquella fortaleza. Temí que en una de aquellas sacudidas lograra soltarse y entonces todo habría acabado para mí, llevó su mano al bolsillo de su espantosa chaqueta y supe que entonces sacaría su arma. No estaba dispuesto a darle ese gusto. Le alcé la cabeza y, con todas las fuerzas que la desesperación me otorgaba, se la golpeé contra el suelo. Una vez, otra vez, un centenar de veces. Sentía la sangre pegajosa salpicarme en la cara y sentí náuseas, sin embargo no dejé de golpear, ni siquiera cuando él dejó de moverse. Seguí golpeándolo con furia animal hasta que sentí unas fuertes manos aferrarme desde atrás y sujetarme los brazos.</p>
<p>Era matar o morir…</p>
<p>Hace tres años que estoy encerrado. Todos dicen que no es una cárcel, sino un centro psiquiátrico. Para mí no hay diferencia. Creo que incluso esto es peor. Cuando paseo por el patio veo decenas de hombres grises, con sus pelos grasientos y sus estúpidas sonrisas que tantos secretos esconden. Sus ojos me persiguen, como en su día me perseguían los de aquel desconocido.</p>
<p>Dijeron que aquel hombre tenía un pequeño grado de minusvalía psíquica. Hacía poco que había conseguido un trabajo como limpiador en varios garajes y se afanaba en su tarea. Jamás llegaba tarde. En el juicio la acusación lo pintó casi como a un héroe, yo no daba crédito a lo que escuchaba. Al parecer aquella noche regresaba a casa después de cobrar su primer sueldo. Decían que con él había comprado una pequeña medalla de oro a su anciana madre con la que vivía. La llevaba en el bolsillo guardada y con su último aliento se había aferrado a ella. La vieja lloraba desconsolada, ¡como si la muy arpía no supiera qué clase de monstruo era su hijo!</p>
<p>Me defendí diciendo que aquel “santo” quería matarme, que había llegado incluso a acosar a mi hija. Aquello sólo empeoró las cosas.</p>
<p>Mi abogado alegó que yo padecía esquizofrenia. Ni siquiera se cuestionaron la inocencia del muerto… Según ellos yo ya tenía antecedentes de violencia: había golpeado a mi mujer, gritado a mi hija en público y amenazado a mi antigua jefa.</p>
<p>No suelo pensar demasiado en todo aquello. No me hace bien, me pone muy nervioso y acabo gritándole a todo el mundo. Como consecuencia me inyectan unos calmantes muy fuertes que me impiden sentir mis instintos, aquellos que me salvaron aquella noche.</p>
<p>Y no es eso lo que deseo. Necesito todos mis sentidos alerta ahora, pues en este sitio me acosan los hombres de gris. Anoche mismo, cuando estaba sólo en mi habitación, me levanté y me acerqué a la ventana. Allí estaba él de nuevo, o alguien muy parecido a él. Debí gritar entonces, porque los enfermeros vinieron a sujetarme. Trataron de calmarme y me decían que no temiera, que aquello que yo veía sólo era mi reflejo en el cristal… Yo no les creo. Tendré que estar alerta.</p>
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			<media:title type="html">Estefanía Jiménez</media:title>
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		<title>AQUELLOS DÍAS EN LOS QUE ERA MUSA</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Mar 2010 18:17:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Me gustaría dar un millón de gracias a Marisa por confiarme sus dibujos y sobre todo por confiarme su corazón con ellos. Para mí siempre serás musa. Espero haber sabido poner palabras a tanto sentimiento y no haber empobrecido tu trabajo. Muchísimas gracias de nuevo, espero que éste sea el comienzo de la futura &#8220;Generación [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=226&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><br />
</strong></p>
<div id="attachment_227" class="wp-caption aligncenter" style="width: 227px"><a href="http://estefaniajimenez.files.wordpress.com/2010/03/precipicio-marisa-moral-moreno1.jpg"><img class="size-medium wp-image-227" title="-precipicio- Marisa Moral Moreno" src="http://estefaniajimenez.files.wordpress.com/2010/03/precipicio-marisa-moral-moreno1.jpg?w=217&#038;h=300" alt="" width="217" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">&quot;PRECIPICIO&quot; Marisa Moral Moreno  http://www.myspace.com/lienzoycarboncillo</p></div>
<p><strong><em>Me gustaría dar un millón de gracias a Marisa por confiarme sus dibujos y sobre todo por confiarme su corazón con ellos. Para mí siempre serás musa.</em></strong></p>
<p><strong><em>Espero haber sabido poner palabras a tanto sentimiento y no haber empobrecido tu trabajo. Muchísimas gracias de nuevo, espero que éste sea el comienzo de la futura &#8220;Generación del 2000&#8243;, aunque en realidad no importa, ya me siento afortunada de encontrarme entre tus amigos.</em></strong></p>
<p><strong><em>Podéis echar un vistazo a alguno de sus trabajos en: </em></strong></p>
<p>http://www.myspace.com/lienzoycarboncillo</p>
<p>Las nubes viajan de nuevo en un cielo cubierto de vida. Algunos destellos del astro rey se despiden del día, apenas visibles ya en las brumas del crepúsculo.</p>
<p>Y yo vuelvo a creer. Puedo creer de nuevo que mi historia fue real. Observando la grandeza del firmamento al alcanzar la oscuridad de la noche. Esa tierra de fuego se tiñe de luces, miles de ojos de las hadas que desde el cielo me miran, y sonríen…</p>
<p>También yo río. Ahora, al pie del acantilado, mientras escucho las olas luchar. Sintiendo el frío aire del anochecer acariciar mi cuerpo… de nuevo. Mientras siento la vida envolver mi ser… de nuevo. Pero mi risa no es como antaño. Ahora conozco que significa “amargura”.</p>
<p>Supongo que el recuerdo no debería existir. ¿Tal vez un error de seres mucho más sabios que yo? Lo dudo. Sin duda los recuerdos son un don otorgado por los dioses. Algo preciado que se nos otorga con el fin de revivir la felicidad perdida y enmendar las torpezas del pasado.</p>
<p>Pero mi recuerdo es tan especial y mágico como esas estrellas que desde el cielo me sonríen ahora. Soy yo, aquella que un día voló en esté mismo acantilado y ahora vuelve a pisarlo con sus pies descalzos.</p>
<p>Recuerdos… Ellos me trajeron de nuevo a este lugar para confirmar que mi mente no desvariaba. Yo estuve aquí. En otro tiempo yo miré las estrellas en este mismo lugar. Hoy miro el mar batirse contra las rocas y un escalofrío recorre mi espalda.</p>
<p>Sé que salté… lo hice y puedo recordar con claridad la sensación. La fuerza del viento golpear mi rostro. ¡Yo era dueña del mar y el cielo!</p>
<p>Y desde él, desde la grandeza de su altura, podía observar impasible el vaivén del mundo. Reía con su risa, lloraba con su llanto… Mi alma vivía sus vidas, mi mente acompañaba sus sueños. ¡Yo era amante del destino! Lo fui todo…</p>
<p>Mas ahora soy poco más que nada. Y recuerdo… ¿Qué cruel magia obra sobre mí? ¿Por qué recuerdo lo que no debería ser recordado?</p>
<p>Cuando esas imágenes imposibles regresan a mi mente, mi vida se torna miseria. Yo que fui musa, reina de los sueños… ahora lloro amargamente al despertar de los míos. Y sufro doblemente al no saber con exactitud el motivo de mi llanto. ¡No deseo más una vida de fantasía! ¡No más vivir un sueño que nunca fue real! Pero aún así extraño ese poder maravilloso que me otorgaba el ser dueña de las almas…</p>
<p>¡Mentiras! Me angustia añorar una vida repleta de ellas. ¿Yo reina del mundo? ¿Yo poderosa criatura, dichosa, plena?&#8230; ¡Oh, cómo debe reírse de mí el destino ahora!</p>
<p>¿Dueña del cielo?&#8230; Casi me parece contemplarlos a todos desde mi trono de fantasía,en el que fue mi vertiginoso palacio más allá de las nubes. El mundo era ínfimo entonces cuando yo era musa&#8230; Mas hoy el mundo me devora como si fuera una criatura insignificante perdida en su grandeza. ¡Qué lejano me parece aquel que entonces me pareció mío! El mundo… ya no baila al son de mis deseos. No soy más que un ser extraño ansiando ser uno más en él. Clamando por un hueco en él.</p>
<p>-¡No más sueños, por favor!- Mis gritos desesperados son borrados por el viento, el mismo viento que antaño se arrodillaba ante mí- ¡No más mentiras!</p>
<p>Pero incluso mientras grito y rabio, mi corazón, estúpido traidor, vuelve a latir con fuerza, ansiando que cierre mis ojos rojos. Suplicándome que vuelva a perderme en esos sueños que fueron mi día a día en otra vida, cuando yo era reina de la dicha y sentada en mi trono contemplaba el mundo.</p>
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<p><strong><br />
</strong></p>
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		<title>ESPÍRITU DEL VIENTO</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Dec 2009 18:45:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
				<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
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		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
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		<category><![CDATA[relato breve]]></category>
		<category><![CDATA[Romántico]]></category>

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		<description><![CDATA[Últimamente mi mente rueda y rueda de manera extraña. Regreso un millón de veces al pasado. Sueño con personas que hace años que no veo y extraño aquellos días, aquellas sensaciones. Afortunadamente, hay gente que jamás se ha marchado de mi lado y deseo con todas mis fuerzas que nunca lo hagan. Tal vez no [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=208&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Últimamente mi mente rueda y rueda de manera extraña. Regreso un millón de veces al pasado. Sueño con personas que hace años que no veo y extraño aquellos días, aquellas sensaciones.</em></strong></p>
<p><strong><em>Afortunadamente, hay gente que jamás se ha marchado de mi lado y deseo con todas mis fuerzas que nunca lo hagan. Tal vez no haga falta nuestra presencia para mantener viva la amistad. Estoy convencida de que a pesar de las distancias somos capaces de mantener vivo nuestro vínculo (somos brujas y ya nos conocimos en otra vida, no lo olvides).</em></strong></p>
<p><strong><em>Esto es un regalo, muy humilde, pero escrito con el corazón. En este cuento te envío mil abrazos, una litrona en el parque y unas risas como las de antes.</em></strong></p>
<p><strong><em>Espero que te guste y, como siempre, espero no ofender a nadie. Sólo es el producto de mi mente que rueda y rueda.</em></strong></p>
<p>Cada respiración le suponía una tortura. Cuando el corazón está tan dolido que lo sientes hinchado, es capaz de obstruir los pulmones.</p>
<p>              Recordó que apenas unos meses atrás su corazón saltaba alegre en su pecho, sus pulmones se atoraban de pura felicidad. Cerró los ojos para tratar de atrapar aquella imagen que amenazaba con esfumarse para siempre… su rostro sonriente, su sensación de plenitud… ¡Todo mentira!</p>
<p>            El espejo tan sólo le devolvía una imagen de su rostro surcado por las lágrimas. Una máscara de tristeza y dolor… ¡Cómo odiaba aquella sensación de debilidad! Sus ojos verdes se contrajeron por la rabia y la impotencia. Una gata furiosa, enjaulada… y deseando ser amada.</p>
<p>            Apartó el espejo con fuerza para alejar aquel reflejo patético que tanto se esforzaba por mejorar. El golpe retumbó en el silencio de aquella habitación vacía que en otro tiempo llenaban las risas y las palabras de amor. Apenas dirigió una mirada al espejo hecho añicos. ¿Siete años de mala suerte? Eran ya más de treinta los que habían transcurrido y nada había cambiado demasiado.</p>
<p>            Se asfixiaba. Necesitaba salir de aquellas cuatro paredes llenas de recuerdos. Cerró de un portazo y se alejó de su apartamento con energía, aunque bien sabía ella que éstos la perseguirían donde quiera que fuese.</p>
<p>            Las calles parecían hablarle, burlarse de ella. El canto de los pájaros, que en otro tiempo le habían parecido música divina, le sonaban ahora como estridentes risas de alimañas, gozando de su dolor. Deseó poder huir, y sin embargo sabía que no existía escapatoria. Sus fantasmas siempre viajaban con ella, dispuestos siempre a atormentarla. Como cada día le recordaban su fracaso. Volvía una y otra vez su vista atrás y no era capaz de recordar ni un solo mérito en su vida. Los sueños se quedaron sólo en eso hacía demasiado tiempo y ahora era incapaz de encontrar un motivo de dicha en su vida.</p>
<p>            Frenó su absurda huída al notar las lágrimas volver a lacerar su cara. ¿Guapa? Cuántas veces lo había escuchado. Pero esa “cara guapa” seguía marchitándose sin remedio, sin ningunos labios que la adoraran, sin ningunos dedos capaces de atrapar sus lágrimas. Alzó su mano temblorosa y acarició sus mejillas. Sonrió. Atrapar las lágrimas… como Drácula atrapaba las de Mina y las convertía en cristal en la película. Cómo adoraba aquella escena, le recordaba a su juventud, a su amiga que estaba muy lejos. Necesitaba una amiga, pero ni siquiera ella, a pesar de ese extraño vínculo que siempre las había mantenido unidas, podría nunca llegar a comprender cómo se sentía. ¿Lo comprendía ella misma? Vacía y frustrada… más que nunca en su vida.</p>
<p>            Miró a su alrededor y se dio cuenta de dónde estaba. El parque. ¿Cómo había llegado hasta allí? Volvió a pensar en su amiga y sacudió la cabeza. Ella le habría dicho que era cosa del destino, al final siempre acababan en el parque, como cuando eran adolescentes y se contaban sus penas con una lata de coca cola y unas patatas fritas. Pero ella ya se había encontrado con el destino. Lo había amado, lo había idolatrado y había conocido la dicha soñada a su lado. Después, como todo lo hermoso en su vida, se había esfumado sin más, dejándola sola como habían hecho todos. Borrándola de su vida y de sus pensamientos, hundiéndola de nuevo en un gran abismo.</p>
<p>            -¿Y de quién es la culpa? –Se reñía de nuevo en voz alta mientras se sentaba en un banco de mármol- ¿Quién fue tan estúpida para idealizar aquel sentimiento? ¿Quién se dejó arrastrar por los sueños, quién los quiso ver materializados en carne y hueso donde sólo había imágenes vagas?</p>
<p>            El viento agitó su pelo. Hacía frío, aunque hasta ahora ni siquiera lo había notado. Aquello era bueno, un sentimiento humano en aquel cascarón casi vacío y extraño que era su cuerpo. Alzó su rostro y con los ojos cerrados recibió la caricia del viento helado del crepúsculo. Adoraba aquellas caricias que siempre parecían acudir a ella cuando más frágil se sentía, como queriendo infundirle valor. Se había dado cuenta hacía tiempo de que las buscaba a propósito… las necesitaba. En aquel momento el viento revolvía su cabello, saboreaba su piel hasta hacerla estremecerse, abrazaba su cuerpo tembloroso… y lo sintió rozar sus labios; una suave presión llena de dulzura…</p>
<p>            Abrió los ojos alarmada. ¿Aquello había sido un beso? Miró hacía atrás… a los lados…allí no había nadie ¡Definitivamente estaba perdiendo la cabeza! Volvió a cerrar los ojos y suspiró. Realmente necesitaba un beso… Y entonces volvió a sentirlo. Una caricia dulce y tierna, un aliento frío lleno de promesas y misterio…</p>
<p>            Un escalofrío recorrió su espalda. Realmente estaba sola, sabía que lo estaba, y sin embargo… La presencia de alguien junto a ella era tan real como su propia respiración agitada. La había sentido en muchas ocasiones a lo largo de su vida pero jamás había sido tan real. ¿La había estado ella buscando aquel día cuando salió de su apartamento? Descubrió que no sentía miedo de aquella presencia, comprendió que le gustaba su compañía. Supo que la necesitaba, que siempre la había necesitado. ¿Tal vez su imaginación jugaba con ella en sus momentos de mayor vulnerabilidad?</p>
<p>El roce volvió a repetirse y esta vez ella entreabrió los labios. Un olor a flores la envolvió y su paladar se llenó de un sabor a pureza… algo difícil de describir pues jamás antes persona alguna había tenido el privilegio de saborear algo así. Gimió de deleite y percibió una sensación de gozo como jamás antes había sentido. ¡Aquello era la plenitud! ¡La respuesta a todas sus preguntas, el sabor de la paz y la dicha! ¡Aquella sí era la culminación de todos sus sueños, todas las expectativas de su vida!</p>
<p>Una vida… Él atrapó el gemido de ella en sus labios que no eran labios, acarició su cuerpo con sus manos que no eran manos, y quiso gritar de frustración con una garganta que no era tal. Una vida. Eso era lo que ella más necesitaba y lo único que él no podía darle. La había amado desde hacía tanto… Tras años de vagar junto a ella, deseándola en silencio, añorando sus besos, queriendo borrar su sufrimiento con su amor… Y hoy, en aquel momento de total indefensión, ella había sentido su presencia. ¡Y no había huido! Había permanecido allí para él, dejándose acariciar por la insinuación que eran sus manos, permitiéndole besarla con aquellos labios etéreos.</p>
<p>            Pero él no podía darle aquello que ella necesitaba por encima de todo. Cuando la soledad la envolviera de nuevo, cuando sus sentidos volvieran a recordarle su dolor, ¿con qué cuerpo le daría él calor? Pero la amaba tanto… ¡aquello debería bastar! Pero no era así. El amor es un arma muy pobre cuando se carece de ser.</p>
<p>            ¿Cuándo había aparecido aquel sentimiento que lo torturaba como una condena? Recordó el día que ella nació. Él estaba allí junto a su cuna y aquellos ojos lo habían cautivado. Un regalo de la diosa Primavera. Su boca se volvió sensual y cálida con los años, presente del dios Verano. Su misterio creció con su cuerpo, su melena oscura y brillante enmarcaban un rostro hermoso lleno de enigmas, propios de Otoño. Y la nieve en su piel, sus caricias paralizantes… la seducción que le había regalado el dios Invierno.</p>
<p>            ¡Y ella pensaba que no era nadie! ¿Cómo no podía darse cuenta de que lo era todo? Esa criatura divina había sido creada por capricho de seres superiores, mucho más poderosos y sabios que cualquiera, mucho más que él incluso. Y él había sido enviado a la tierra para cuidar de aquella criatura. Había sido arrancado de la comodidad de su vida de espíritu del aire, de la riqueza y la magia de su mundo. Traído a la tierra contra su voluntad para velar por una creación de entes superiores que no podía ser lastimada. Pero no lo había hecho muy bien, desde luego.</p>
<p>            Volvió a reírse de su estupidez. ¿Había creído él que podría escapar al hechizo de aquella criatura sublime? Recordó que la había odiado antes de conocerla siquiera por haberlo separado de las comodidades de su mundo ideal. Pero después de verla por primera vez supo que el mundo sólo podía ser ideal a su lado.</p>
<p>Y verla crecer… el cariño de un ángel protector no tardó en convertirse en amor, una pasión incontrolable que lo llenaba de desesperación y frustración. ¿Qué ser podía desearle tanto mal para hacerlo sufrir de aquella manera? ¡La amaba! La amaba tanto que le dolía y él jamás había sentido dolor antes. Se encontró flotando a su lado, embelesado por sus miradas que jamás iban dirigidas a él, seducido por su voz que jamás le dirigirían palabras de amor, celoso de los besos que jamás iban destinados a él. Rabiaba al verla junto a otro. Deseaba tener manos con las que estrangular a aquellos que tocaban su cuerpo, pies para patear a todos los desgraciados que tomaban sus sentimientos divinos como si fuera una mujer más en su mundo superficial. ¡Ella lo era todo y más, nadie la merecía! ¡Nadie!</p>
<p>La rabia fluía de nuevo en su cuerpo de suspiros; pero también el dolor y la culpa. Nadie la merecía… ¿pero acaso la merecía él? Había sido enviado a la tierra para velar por su dicha y su amor imposible lo había convertido en una bestia sin corazón. Jamás se controló, nunca soportó verla con otro… y nunca lo consintió. Luchó contra su egoísmo, trató de refrenar sus celos, razonar consigo mismo. Se decía que lo suyo jamás sería posible, que ella nunca podría amarlo… ¡Si ni siquiera sabía que existía! Pero su corazón le decía una y otra vez que sólo él sería capaz de hacerla feliz, que nadie en aquel mundo de horror la amaría jamás como él la amaba. ¡Y no se equivocaba! Todas eran almas frías, incapaces de comprender la perfección de ella. Ninguno le llegaba ni a la suela de los zapatos, nadie sabía leer en su alma y sentirse uno con los sentimientos de su corazón. Pero él sí que podía… sus almas parecían haber sido creadas para ser una, a pesar de las diferencias, a pesar de las distancias.</p>
<p>Uno tras otro los fue espantando. Ella se merecía algo mejor. Se convenció a si mismo de que lo hacía por ella y no por aplacar sus celos. ¡Pero es que realmente nadie la merecía! Él podía leer dentro de las almas y vio oscuridad en todas ellas. Pero al verla llorar después, se preguntaba si realmente hacía lo correcto. Ella sólo deseaba ser amada, sin pensar en la pureza de los sentimientos de los demás. Quizás lo más humano hubiera sido dejarla amar para que ella misma se diera cuenta de la falsedad… pero él no era humano y prefería apartarla de cualquier desengaño.</p>
<p>Pero era consciente de que aquellos fracasos amorosos estaban convirtiendo su carácter en algo oscuro y triste. Su pequeña diosa necesitaba amar, aquello era su energía, ¿cómo podía él negarle algo tan importante para ella? Así fue cómo finalmente cedió aquella vez. Apareció alguien que realmente parecía estar dispuesto a amarla, a darlo todo por ella. Todo en aquel hombre se asemejaba a los sueños románticos de ella. Una especie de príncipe salvador, venido en el momento en el que ella más lo necesitaba. Ella creía que era el destino… ¡Ja! Él siempre supo que le haría daño. ¡Ojalá hubiera podido advertirla! Sin embargo no se atrevió a intervenir esta vez. Su deidad se veía tan feliz… Luminosa, hermosa, llena de vitalidad… Y él hervía de celos y de desesperación. Se odiaba pues en el fondo de su ser esperaba el momento en que aquel nuevo amor la traicionara. ¿Ser? Si él no tenía ser; si estaba hecho de viento, si no podía sentir…. ¿Cómo podía desear algo que la podía herir? Aquel sentimiento tan humano… el amor lo estaba convirtiendo en algo despreciable, inmaterial y monstruoso.</p>
<p>Pero el momento finalmente llegó. Unas últimas palabras culminadas con un simple adiós. Un adiós a una vida de sueños, un hola a un nuevo mundo de desazón. Aquel amor se marchó, como todos se marchaban al final, sobrecogidos por la grandeza de ella, dejándola sumida de nuevo en su tristeza. Y allí estaba él de nuevo, como siempre había estado, dispuesto a secar sus lágrimas con sus suspiros de viento, dispuesto a apoyarla desde su silencio, en las sombras, dispuesto de nuevo a permanecer aparte, aguardando volver a verla sonreír. Sin embargo se equivocaba, esta vez no estaba preparado para ver tanto dolor… El golpe había sido duro, demasiado. Se odió cada día por haber permitido que aquella relación llegara tan lejos, tendría que haberla cortado antes.</p>
<p>No podía soportar verla sufrir tanto, no resistía convivir con aquel sufrimiento, y desde luego era impensable separarse de ella. Pero él era un espíritu del viento… un duende… un elfo… un imposible. ¿Qué podía hacer por ella?</p>
<p>La respuesta vino una triste tarde. Las lágrimas de ella mojaban su almohada de nuevo. Él se sentó a su lado y la acarició. Nunca antes se había atrevido a hacerlo, pero ese día no pudo evitarlo. Lo extraño fue que ella pareció sentir algo. De repente había cerrado los ojos y se había ido calmando poco a poco. Entonces se levantó de la cama, enjugó su llanto y sacó sus pinceles olvidados en un abarrotado cajón.</p>
<p>Quiso pensar que había sido él el que había obrado tal milagro, aunque lo cierto era que ella ya poseía tal don. De pronto se convirtió en la diosa creadora que él siempre había sabido que ella era. Dio vida a un lienzo, después a otro… Sus cuadros eran una ventana abierta a su alma, a sus sueños y añoranzas. Él las conocía de cerca y lloraba con lágrimas de aire cada vez que ella les daba forma con sus pinturas. Era mágica en esencia… Y cuando su ánimo caía, él osaba de nuevo acariciarla y gozaba con la sensación, aunque sabía que debía ser imaginaria. Ella parecía conseguir su calma e inspiración de aquellas caricias de aire, tal vez su ser etéreo fuera útil después de todo.</p>
<p>Y así pasaban sus días, ella tratando de sobreponerse y recomponer los pedazos de su corazón destrozado; él, sobreviviendo en una vida de brumas, amando hasta la locura en silencio, con unos sentimientos que no podían ser reales pues él mismo estaba hecho de sueños.</p>
<p>Aquel día, la mañana había llegado como tantas otras. Y como en todas ellas, el sol no comenzó a brillar para él hasta que ella no había abierto los ojos. Pero de nuevo la luz estaba velada en ellos, el verde de sus pupilas se veía empañado por las lágrimas. En seguida percibió el dolor, su alma volvía a derrumbarse y él sólo podía observar y aguardar a que su depresión cesara. Vio su imagen reflejada en el espejo, esa hermosura fresca y llena de vida que ella se negaba a ver. Buscó su propio reflejo y sólo halló sombras. ¿Era posible llorar cuándo no se era humano? Escuchó los cristales del espejo cuando ella lo lanzó y le sonaron como los pedazos de su propia alma destrozada.</p>
<p>¡Oh, aquella desolación! Y él había creído que con sus caricias etéreas lograba aminorar su dolor… Pero ella aún sufría… Sufría tanto y él no podía ayudarla. ¿Qué pensamiento absurdo pasó por su mente en el momento en el que ella cerró los ojos? ¿Acaso no era él un ser sobrenatural más sabio y fuerte que los humanos? Quizás ya nada era lo que debía ser. Sólo supo que cuando ella cerró sus enormes ojos verdes, la necesidad de ella se había hecho tan intensa que no la pudo resistir durante más tiempo. ¡La amaba! Necesitaba sentir su calor pues el frío lo estaba matando… aquella boca lo invitaba más que nunca y no pudo resistirlo más. La besó. Lo hizo y comprendió el significado de la dicha. Su sabor era la vida y supo que no volvería a ser el mismo. No debería haberlo hecho. ¿Cómo podría seguir viviendo sin su aliento? Pero volvió a hacerlo.</p>
<p>Cerró los ojos y tembló aterrado. Ella lo había notado. Sabía que él estaba allí, no era ninguna estúpida. Cualquier persona sentiría terror al recibir unos besos fantasmales. Ella se alejaría de allí aterrorizada y él no osaría jamás volver a tocarla. ¿En qué momento se había vuelto idiota? ¿Cómo podía torturar tanto a la persona que más adoraba en el mundo? Se alejaría de ella por siempre. Se acabó. No quería ver el terror en aquella mirada esmeralda, no más dolor en su rostro misterioso…</p>
<p>-¡Oh, no es un sueño! –las palabras de ella fueron tan suaves que por un momento pensó que lo había imaginado- Estás aquí de nuevo. Siempre estás a mi lado. Tú eres el único que jamás me abandonas…</p>
<p>            ¿Le hablaba a él? Imposible. Él era un imposible, un fantasma, un ser de nada…</p>
<p>-¿Quién eres? Dime que eres real, por favor. No quiero que tú también seas un sueño. Siento tu aliento en mi nuca y me da calor. Percibo tus caricias en mi cuerpo y no paro de soñar con ellas… ¡Oh, no sabes cómo he ansiado un beso tuyo! Y sin embargo temía que no fueras real… que todo fuera producto de mi mente perturbada. ¡Dime que tú sí eres real dentro de un mundo lleno de falsedad! ¡Tú, mi espíritu de aire, eres lo único que siento puro y real en un mundo de fantasías!</p>
<p>-Yo soy la gran mentira… Soy un ser de brumas, irreal e insustancial. Un ser del viento… -Sintió sus lágrimas corriendo a raudales por sus mejillas inexistentes. ¿Ella podía notar su amor? En cualquier caso poco importaba, él era un fantasma. Jamás podría estar con ella como deseaba. Le susurró al oído todos sus sentimientos, aun sabiendo que ella nunca podría escuchar unas palabras carentes de voz- Soy un ser de sueños y aun así soy aquel que más te ama en todo el universo. Jamás dará el mundo nadie que te adore como yo lo hago. Vivo mi vida de fantasía sólo por ti… Doy mi cordura con gusto tan sólo por el placer de ver tus ojos abrirse cada mañana. ¡No existe más amanecer en mi vida que tú! Y aunque no puedas escucharme, quiero decirte que siempre estaré a tu lado… nadie podrá quererte nunca como yo te quiero.</p>
<p>-Lo sé –susurró ella con una enorme sonrisa en sus labios- Y esa idea es la que me da aliento para seguir adelante. Hace tiempo que sólo vivo por ti.</p>
<p>            Los ojos de él se abrieron como platos. Le estaba contestando. ¿De verdad le estaba contestando? ¿Acaso ella podía escuchar sus palabras de aire?</p>
<p>-¿Puedes oírme?–dijo casi sin aliento, temeroso de que ella no respondiera, de que todo hubiera sido una ilusión.</p>
<p>-Más aún… Puedo sentir tus palabras y tus sentimientos dentro de mí –dijo ella sin abrir los ojos, sorprendida- ¡Oh, sí! ¡Sí que puedo escucharte! Al fin puedo poner voz a esa fuerza que sentía latir junto a mí.</p>
<p>-Pero… nunca antes me habías oído. ¿Por qué ahora sí? ¿Qué ha cambiado?</p>
<p>-No lo sé… ¿Habías probado a hablarme alguna vez? –acusó ella con suavidad.</p>
<p>            No. Nunca se había atrevido. ¿Para qué si él no era de ese mundo? Enamorarse de ella había sido una locura. Ella lo era todo y él estaba hecho de la nada.</p>
<p>-Y sin embargo poco importa que puedas escucharme –murmuró con pesar junto a su oído.</p>
<p>-¡Claro que importa! Al fin tienes voz. Por fin puedo poner voz a mis sueños. No sabes cómo necesitaba sentir que eras real… Creí que estaba enloqueciendo –Se estremeció sin quererlo al recordar todas esas veces que había percibido la presencia benefactora de aquel ser y había temido estar perdiendo el juicio-. Por fin mi amor tiene voz.</p>
<p>-¿Tu amor? –No podía haber escuchado aquello. ¿Ella realmente lo amaba? ¿A él, un ser sin sustancia? Ella siempre había sabido de su existencia. ¡Claro! ¿Cómo podía haberlo dudado siquiera? Ella era un ser creado a partir de seres superiores… Era la perfección… Y lo amaba… ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Ahora lo veía todo tan claro… Nunca había habido nadie más. Siempre lo había amado a él y había vivido sus días buscando, tratando de dotar de sustancia a un ser de brumas.</p>
<p>-Tú… siempre has sido tú –dijo ella poniendo voz a sus pensamientos-. ¿Por qué permitiste que me engañara tantas veces?</p>
<p>-Yo…jamás pensé… ¿A mí? –Aún no podía creerlo a pesar de que la verdad estaba ante sus ojos-. Esa idea es tan maravillosa como imposible.</p>
<p>-¿Imposible? ¿Por qué? –la voz de ella sonó como un sollozo-. No me quieres…</p>
<p>            La risa de él retumbó en la noche, clara, hermosa y muy triste. ¿Ella, ella dudaba de sus sentimientos?</p>
<p>-¿Podría dejar de querer el aire que es mi vida? Tú lo eres todo… pero yo no soy nada. Soy una farsa, un ser imaginario… No soy real en tu mundo.</p>
<p>-Tú eres lo más real que he conocido jamás en este mundo de hipocresía y falsedad. Tú eres la respuesta a todos mis sueños… Eres la esencia de mis deseos. Nada en este mundo es más cierto que lo que siento por ti.</p>
<p>-Y aun así soy de viento ¿cómo podría amarte?</p>
<p>            Ella bajó la cabeza y unas gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas heladas. No podía negar la verdad de aquella afirmación. Y de repente una idea sacudió su mente…</p>
<p>-¿Puede el viento amar? –preguntó con cautela.</p>
<p>-No, el viento es sólo viento.</p>
<p>-¿Puedes tú? –él guardó silencio- Sí que puedes. ¿Puede él sufrir como tú lo has hecho durante toda mi vida? Yo he podido sentir tu dolor. ¿Es capaz de sentir rabia, odio…? ¿Puede un ser que no pertenece a este mundo poseer sentimientos tan humanos?</p>
<p>            Permaneció en silencio con las palabras de ella retumbando en su mente. ¿Acaso no se había hecho él las mismas preguntas un millón de veces? ¿Cómo era posible sentir tanto cuando ni siquiera se poseía un corazón real?</p>
<p>-¿Puede un ser irreal acariciar y besar como tú? –continuó ella con voz suave-. Nadie jamás me había hecho sentir tan plena. Nadie jamás me había parecido tan real.</p>
<p>            Ciertamente él se sentía muy real. Y estando junto a ella, con sus labios etéreos rozando su mejilla mojada, no podía concebir que aquello que vibraba con su proximidad, no fuera un cuerpo completo y auténtico con el que amarla por entero.</p>
<p>            Entonces ella extendió sus manos y él pudo sentir su tacto. ¡Pudo sentir su calor en sus propias manos! ¿Cómo podía ella estar aferrando aire? Se apretó contra su cuerpo y pudo sentir su firmeza, su resistencia. ¿Por qué no lo atravesaba si él sólo era sombras? Le ofreció sus labios y él la besó como siempre había deseado, con dulzura pero también con pasión. Y notó la humedad de su boca, el calor…</p>
<p>            Ella abrió los ojos, con temor a que él se esfumara, a que realmente todo hubiera sido producto de su imaginación…</p>
<p>            …Y unos enormes ojos negros le devolvieron la mirada, sus espesas pestañas enmarcando una expresión de embeleso. Una suave piel olivácea que ahora podía acariciar. Un cabello oscuro y sedoso que rozaba sus pómulos en una melena corta, descuidada pero elegante. Unos labios gruesos y sensuales que se separaban una y otra vez incapaces de articular las palabras adecuadas debido a la sorpresa. Tal como siempre lo había soñado… ninguna criatura de este mundo podía ser tan hermosa y perfecta.</p>
<p>Allí estaba él. Cómo había estado siempre. Tal vez fueran sus sentimientos humanos los que lo habían hecho tangible, tal vez fuera la disposición de ella a creer lo que la había capacitado para verlo y tocarlo al fin…</p>
<p>… O tal vez todo estaba ya escrito de antes por seres superiores que determinaron el nacimiento de ella y enviaron a alguien para velar por su felicidad. Quizás el error lo cometieron ellos, incapaces de creer que la dicha que tanto se empeñaban en lograr estaba tan sólo a un parpadeo….</p>
<p>Tal vez sí que exista el destino después de todo. Tal vez se escriba en un complejo libro de millares de páginas y cada una de sus frases nos enlaza con la siguiente. En cualquier caso ¿quién dijo que hallar la felicidad es fácil?</p>
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		<title>LA MALDICIÓN DEL DIOS SOLAR (2)</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Sep 2009 16:53:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>            </strong>La noche era cálida y una agradable brisa con olor a limo y papiro acariciaba su rostro y revolvía juguetona su cabello. El aire se respiraba puro en aquella terraza del palacio. Las siluetas de las acacias se dibujaban en el paisaje nocturno coloreadas con el oscuro matiz violáceo que ofrecía el cielo y los sicómoros danzaban al son de aquel viento procedente del río.</p>
<p>            Mitret sonreía, no podía dejar de hacerlo. Su felicidad era inmensa. Los regalos de Atón al mundo eran bellos, aquella noche había sido soberbia. ¿Habrían acabado por hoy las emociones? En absoluto.</p>
<p>La muchacha no se percató de la oscura silueta que se aproximaba tímidamente por su derecha hasta que la tuvo justo al lado. Escuchó una respiración inquieta junto a ella y sobresaltada se giró en esa dirección ahogando un grito.</p>
<p>-¡Discúlpame! No pretendía asustarte –Nedjem temblaba como una hoja al viento. Por Seth, ¿qué estaba haciendo allí, qué le diría ahora?-. Verás señora, yo…</p>
<p>-¡Oh, no te disculpes! Estaba tan absorta en mis pensamientos que me sobresalté al verte.</p>
<p>-Si te molesto me marcharé…</p>
<p>-¿Por qué? Este es un lugar hermoso, tranquilo… y no me pertenece, tienes el mismo derecho que yo a estar aquí –Mitret esbozó su encantadora sonrisa y miró con más detenimiento al hombre-. Te he visto en el banquete con los miembros del ejército.</p>
<p>-Sí, soy capitán de mi tropa y acudí al banquete en representación del ejército de Egipto –Nedjem comprobó demasiado tarde que había dicho algo inconveniente. El rostro de la joven se torció en un gesto de desagrado.</p>
<p>-Sí, escuché que vendríais, pero creí que Akenatón no lo permitiría. Se trataba de escuchar un himno a Atón. Una exaltación a la paz y el amor. No entiendo qué tiene que ver el ejército y su representación bélica en todo esto.</p>
<p>-Bueno, tampoco yo. La verdad es que no me apetecía mucho venir, pero cumplimos órdenes… -la situación no parecía ir mejorando demasiado.</p>
<p>-¡Vaya! ¿No te apetecía ver de cerca al dueño de las Dos Tierras?</p>
<p>-No, yo… no quise decir eso… claro que quería ver al faraón… es sólo que… -la muchacha debía de pensar que era estúpido. ¿Por qué estaba tan nervioso? De pronto escuchó una risa clara como aquel cielo nocturno, la joven parecía divertirse.</p>
<p>-Capitán relájate, sólo bromeaba. No tienes que darme explicaciones de nada, eres libre, todos lo somos al fin y al cabo. Es bueno que la gente acuda a escuchar al faraón. Muchos piensan que es un loco más, un fanático… pero pocos lo siguen pensando tras haberlo tenido cerca. A veces creo que no es de este mundo… Dime, capitán, ¿te sentiste atraído por el poder de su magia cuando lo miraste a los ojos? ¿Sentiste que amabas desinteresadamente por primera vez en tu vida? ¿Acaso no deseaste protegerlo de todo mal? ¿No suplicaste que no se percatara de la falsedad que lo rodeaba?  -Mitret le lanzó una penetrante mirada que traspasó el corazón de Nedjem con más precisión que el arma más afilada-. Sí, lo hiciste. Tus ojos me lo revelan.</p>
<p>-Sí, sentí todo eso que dices. Pero supongo que es normal, ¿acaso no es el faraón, la reencarnación de Horus? –Se encogió de hombros-. Tú lo conoces, al menos eso me pareció, ¿no es cierto?</p>
<p>-Sí, lo conocí hace años. Después de la muerte del príncipe Thutmosis, él accedió a la categoría de Hijo Mayor del Rey, y comenzó su preparación para futuro faraón. En Heliópolis recibía las enseñanzas de los sacerdotes de Ra, así que solicitaron la orientación de un buen mentor en esa ciudad. Mi padre tenía cierta fama allí. Lo llamaron a él como mentor del príncipe –la expresión de la joven se volvió soñadora-. Justo desde el primer encuentro sentimos la gran fuerza interior del joven heredero y desde aquel preciso instante aprendimos a amarlo. Aquel muchacho poseía una voluntad inquebrantable, un poder innato difícil de expresar con meras palabras. Es imposible permanecer impasible a ese poder sobrenatural.</p>
<p>-¡Es fascinante! Entonces prácticamente creciste junto al príncipe, ¿cierto?</p>
<p>-Bueno, al menos mientras duró su educación a cargo de mi padre. Fue poco tiempo, pero llegamos a entablar una bonita amistad… Aprendí mucho de él.</p>
<p>            Mitret guardó silencio y miró al frente. Nedjem no pudo evitar mirar fijamente aquellos enormes ojos verdes que brillaban como una estrella más en el mar de la noche.</p>
<p>            De pronto, recordando algo que ella había dicho, su corazón dio un vuelco.</p>
<p>-¡Heliópolis! Vosotros residís allí, ¿no es cierto? –dijo en voz queda pensando por primera vez en que tal vez las distancias podrían separarlos ahora que al fin la había encontrado. Se dio cuenta entonces de que no podría soportar estar lejos de ella.</p>
<p>-No, hace tiempo que nos trasladamos a la bella Aketatón. Mi padre sigue siendo uno de los consejeros del faraón, aunque por desgracia yo ya no puedo acercarme al rey como antes. Son muchas las preocupaciones de Akenatón.</p>
<p>-¡Gracias señora! –Exclamó de repente Nedjem sin poder ocultar su alegría ante la extrañada mirada de la joven.</p>
<p>-¿Por qué me das las gracias?</p>
<p>-Porque pensé que si recorrías el Nilo de regreso a tu casa, me iba a resultar muy difícil encontrarte. Y ahora que te he conocido por fin, no creo que pudiera pasar un solo día sin verte de nuevo- Nedjem dijo todo esto sin atreverse a mirar a la muchacha a los ojos.</p>
<p>            Si lo hubiera hecho habría podido descubrir un brillo distinto en su mirada, se habría percatado al instante de que a ella también le alegraría volverlo a ver y que aún le agradaba más haber visto sus pensamientos reflejados en las nerviosas palabras de aquel joven que tanta paz y a la vez inquietud le provocaba.</p>
<p>            Por fin se atrevió a mirarla directamente a los ojos y sus miradas se cruzaron. Cuando volvió a hablar lo hizo más serenamente, dando a cada palabra la pasión que sentía.</p>
<p>-Dime cuál es tu nombre para que cada vez que lo pronuncie pueda evocar tu rostro y sentir el frescor de tu sonrisa.</p>
<p>-Me llamo Mitret,  pero no sé si este nombre te dirá en verdad tanto como pides. Al fin y al cabo, no es más que un nombre. ¿Cómo debo llamarte a ti, capitán?</p>
<p>-Nedjem.</p>
<p>-Nedjem… “el dulce”.</p>
<p>-Sí, cosa de mi padre… -diciendo esto sus nervios se relajaron y regaló a la muchacha una enorme sonrisa.</p>
<p>            Aquel gesto tan sencillo arrancó un profundo suspiro en Mitret. Aquella sonrisa era tan pura… Durante un intenso momento ambos permanecieron en silencio, mirándose el uno al otro con profundidad, hasta que ella acertó a decir algo.</p>
<p>-Ciertamente tu nombre sí dice bastante, en él se traduce la misma dulzura que en tus ojos.</p>
<p>-No me hables de este modo, bella Mitret, porque ya casi me cuesta respirar con sólo mirarte. ¿Acaso quieres robarme el aire que me queda con tus palabras? Desde que te vi en la cena no he podido volver a ver otra cosa sino tu imagen. Soy sabedor de que jamás volveré a cerrar mis párpados sin que se represente en la oscuridad de mis ojos tu bello rostro. </p>
<p>-Capitán, veo que habéis probado el vino del faraón, y no poco, al parecer. ¿Cómo hablas de amor a una completa desconocida? –ella rió.</p>
<p>-Te equivocas. Y no me refiero al vino, pues me he visto obligado a beber más de lo normal para reunir valor y decirte lo que siento. Digo que estás equivocada porque no eres una desconocida para mí.</p>
<p>-¿Cómo es eso? ¿Acaso ya nos conocíamos y he sido incapaz de recordar a alguien como tú? –a la joven le hubiera gustado mostrarse desinteresada y burlona, pero, ante la penetrante dulzura de sus oscuros ojos, sus labios temblaban y le era imposible ocultar lo mucho que le agradaba escuchar sus palabras.</p>
<p>-Yo te reconocí en cuanto te vi, porque te veo cada noche en mis sueños. No tengo la menor duda de que yo debía encontrarte esta noche. Es como si ya hubiera vivido una vida anterior a ésta, y allí te hubiera amado también. Y estoy seguro de que debe ser así, pues si tuviera la capacidad de morir y volver a vivir mil vidas, te amaría en todas ellas.</p>
<p>            Nedjem no quería pensar demasiado en lo que decían sus labios. Sus sentimientos aumentaban a cada segundo que pasaba junto a ella. Su firme propósito era no dejarla marchar, no sin antes haber dejado alguna huella en su alma o en su corazón. Necesitaba asegurarse de que aquella no sería la última vez que se encontraría junto a Mitret.</p>
<p>-Mitret –él tomó sus pequeñas manos entre las suyas y las notó suaves y frías. En su tacto pudo percibir el ligero temblor nervioso que agitaba su delicado cuerpo-, sé que te sonará extraño. Nos acabamos de conocer esta noche y es comprensible que no confíes en mí, mas te aseguro que cuanto te digo es cierto.  Jamás antes me había sentido así, ni tan siquiera yo lo comprendo. Sólo entiendo que este extraño nudo que me oprime el estómago acabará ahogándome si no te digo todo lo que siento ahora mismo. Después, mi vida está en tus manos, puedes aceptar mi amor o dar la vuelta ahora para nunca volver a verme, y así será sin duda, porque de seguro no tardaré en perecer si te marchas.</p>
<p>            Mitret estaba asombrada de sus propios sentimientos. Muchos otros antes le habían hablado en términos similares y ella siempre se había mostrado impasible. Ahora en cambio era diferente. ¿Qué tenía Nedjem distinto a los demás? Si acaso era más rudo y torpe. Sus palabras fluían nerviosas como alentadas por una desesperación irreal. Su cuerpo temblaba mientras la miraba… no, sin lugar a dudas aquel hombre no estaba acostumbrado a suplicar el amor de una mujer, por el contrario, debían de ser ellas las que suplicaban el suyo. Sólo había que echar una mirada a su rostro de hermosos rasgos para comprenderlo. Su piel curtida por el sol, sus pómulos ligeramente marcados, sus labios suaves y bien dibujados, sus ojos negros y brillantes como dos pozos del agua más dulce en mitad de un árido desierto… Su porte era digno y elegante, su cuerpo fuerte y musculoso, sus brazos poderosos le provocaban un deseo irracional de acurrucarse bajo su protección. A penas si sentía ya el sentido común necesario para no hacerlo en aquel preciso instinto, lanzarse a sus brazos y dejarse arrullar… ¿Acaso Nedjem tenía razón? ¿Acaso estaban predestinados a amarse?</p>
<p> </p>
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		<title>CAMINAR HACIA LA NOCHE</title>
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		<pubDate>Sun, 09 Aug 2009 10:30:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[  Del día soleado y alegre, Sólo queda un recuerdo. Pasó a la noche, una noche vacía. En esa noche helada, el viento arrasó con la luna de mis recuerdos, llegando a la total oscuridad. Sentir así el vacío del haber tenido y no tener. Yo misma dibujé ese camino. Largo, duro y doloroso. Seguí [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=176&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> </p>
<p>Del día soleado y alegre,</p>
<p>Sólo queda un recuerdo.</p>
<p>Pasó a la noche,</p>
<p>una noche vacía.</p>
<p>En esa noche helada,</p>
<p>el viento arrasó con la luna de mis recuerdos,</p>
<p>llegando a la total oscuridad.</p>
<p>Sentir así el vacío</p>
<p>del haber tenido y no tener.</p>
<p>Yo misma dibujé ese camino.</p>
<p>Largo, duro y doloroso.</p>
<p>Seguí aquel camino,</p>
<p>lentamente, paso a paso.</p>
<p>Fui dejando mi vida atrás.</p>
<p>Cada metro recorrido,</p>
<p>un momento desaparecido.</p>
<p>Quedando sólo el recuerdo,</p>
<p>grabado con letras de olvido,</p>
<p>en la luna de mi mente.</p>
<p>Creí querer volver atrás</p>
<p>al tropezar con el primer obstáculo.</p>
<p>Pero pronto desapareció,</p>
<p>seguí caminando.</p>
<p>Dejando atrás el falso día,</p>
<p>llegando con esperanza</p>
<p>a la larga noche.</p>
<p>Oscureció la vida.</p>
<p>El camino desapareció.</p>
<p>Llegué al fin a la noche buscada.</p>
<p>Quedando allí en medio de mi soledad</p>
<p>abrazada al vacío,</p>
<p>alimentando mis esperanzas</p>
<p>con estrellas fugaces</p>
<p>que aparecen en la oscuridad.</p>
<p>Buscando una estrella verdadera</p>
<p>con la que poder viajar</p>
<p>y amarrarme a su vida.</p>
<p>Ella dará la luz de un nuevo día.</p>
<p>Un día en el que poder vivir,</p>
<p>en el que sentirme querida.</p>
<p>Busco esa estrella,</p>
<p>en medio de una triste noche,</p>
<p>que sepa cuidar de mí,</p>
<p>apreciar que la quiero,</p>
<p>y con la que comenzar un día,</p>
<p>un amanecer eterno,</p>
<p>en el que no exista el sufrir.</p>
<p>En el que nunca dibuje caminos.</p>
<p>En el que siempre quiera vivir</p>
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			<media:title type="html">Estefanía Jiménez</media:title>
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	</item>
		<item>
		<title>FE (SEGUNDA PARTE)</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Aug 2009 10:30:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
				<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
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		<description><![CDATA[Ir a: FE (PRIMERA PARTE)   Se maldijo por su estupidez. Debía haber aprovechado aquella situación en su propio beneficio. Esperar a que el maldito cura se sintiera lo bastante abstraído con su “juguete” y obtener su botín. Eso hubiera sido lo sensato. ¡Maldita fuere su estúpida curiosidad! A esas horas podría estar bebiendo y disfrutando [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=187&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
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<p> </p>
<p>Se maldijo por su estupidez. Debía haber aprovechado aquella situación en su propio beneficio. Esperar a que el maldito cura se sintiera lo bastante abstraído con su “juguete” y obtener su botín. Eso hubiera sido lo sensato. ¡Maldita fuere su estúpida curiosidad! A esas horas podría estar bebiendo y disfrutando de la compañía de una de las mozas del burdel. En lugar de eso se sentía prisionero y aterrado, solo y tembloroso sobre el precario escalón de roca viva en medio del purgatorio, acosado por el aliento de la más tenebrosa nada que lo empujaba hacia arriba.</p>
<p>            Salvó los pocos escalones que lo separaba del lugar donde segundos antes el obispo había empujado una oscura puerta completamente oculta en la pared por las sombras. El marco era la misma roca y tras él se ocultó a espiar.</p>
<p>            ¿Qué esperaba haber encontrado, quizás un aquelarre de brujas o demonios del infierno? Era un secreto a voces que aquel hombre “devoto”, sentía una debilidad contra natura por los niños. Allí estaba aquel gusano gordo agachado frente al pequeño. Sintió arcadas al presenciar la escena y creyó no poder contener el vómito. Al contrario de lo que había pensado el pequeño aún se debatía, pero se veía demasiado débil y pálido para ofrecer una resistencia real. ¿Qué terribles pensamientos no estarían vagando por aquella mente inocente?</p>
<p>            De repente se sintió imbuido por una fuerza superior a él. ¡Aquello era una aberración y estaba seguro de no poder pegar ojo en su vida si no le ponía fin en ese instante! Llenó su pecho con aquel repugnante aire viciado y apretó los puños queriendo infundirse valor. Recordó su pequeña daga que hasta ahora le había parecido un arma vaga y absurda contra sus enemigos fantasmales creados de sombras. Ahora lo sentía todo mucho más mundano y real, sacudido por la terrible realidad de aquel crimen del que estaba siendo testigo. Aferró su arma y dejó las tinieblas de la escalera.</p>
<p>Empujó con fuerza la portezuela y ésta hizo un ruido de crujir de huesos. El obispo, arrodillado en el suelo frente al cuerpo del niño, giró su arrebolado y asqueroso rostro hacia él.</p>
<p>Algo se desató en su interior al enfrentar aquella mirada. Un terror inhumano como nunca había experimentado fue creciendo poco a poco hasta ahogar su garganta. Trató de tomar aire pero fue incapaz, sentía que aquel pánico que sentía lo ahogaba. Su daga cayó al suelo con un tintineo hueco.</p>
<p>Los ojos… Esferas desorbitadas inyectadas en sangre de dilatadas pupilas anormalmente grandes… Su rostro estaba desfigurado por la sangre y una expresión de horror que no hacía más que acrecentar la suya propia. Sus labios temblaban y de ellos manaba una espuma rojiza. Aquel hombre al que había temido hacía apenas un instante aparecía ahora pusilánime y aterrado, hecho a penas un guiñapo tembloroso y herido, arrodillado a los pies del niño.</p>
<p>El niño… Lo había creído desvanecido, pero se incorporó y sentó con pasmosa calma cuando escuchó la puerta girar. Mientras se quedaba paralizado por esa sensación de pánico que no conseguía comprender y examinaba el rostro desencajado del obispo, el pequeño lo contempló a él con mirada escrutadora, unos ojos que ardían con un fuego intenso… infernal. Clavó sus rojizas pupilas en las suyas y él, que había penetrado en aquella habitación como un rescatador, ahora se sintió atrapado por una fuerza superior y sobrenatural que había presentido desde el comienzo de aquella interminable noche.</p>
<p>No tuvo más voluntad, atrapado por aquella terrorífica mirada supo que el fin estaba cerca. No había más niño… ninguna criatura inocente a la que salvar…</p>
<p>Con sus manos aferraba unas invisibles cuerdas con las que manejaba al obispo. Éste se despellejaba su propio rostro con el crucifijo. Era una escena terrible. El hombre miraba suplicante a aquel que había aparecido de las sombras de la escalera. Su rostro tenía una expresión de dolor y miedo insoportables. Padecía un infierno mientras el niño lo miraba con calma y con una sonrisa helada. De vez en cuando dirigía una mirada divertida al intruso y lo desafiaba mudamente:</p>
<p>- “¿Quieres que pare? Adelante ¡Haz que pare!”-. Las palabras aparecían en su mente pero el pequeño diablo no movía sus labios congelados en aquella diabólica sonrisa.</p>
<p>Su mente, atrapada en lo que le parecía una pesadilla, comenzó a latir de nuevo. Pudo percibir al fin los detalles de aquella terrible escena. Lo que a él le había parecido un crimen sexual, tenía un carácter mucho más siniestro. No era el obispo la amenaza, sino aquel niño, cuya mirada abrasaba como las llamas del infierno al que estaba seguro pertenecía.</p>
<p>Ahora fue capaz de entenderlo todo, y con la comprensión se acrecentó el miedo pues supo con certeza que jamás saldría de allí. En realidad, nunca había tenido salida, desde el preciso instante en que se escondió tras la tumba de los reyes para robar los bienes de la iglesia. Aquella sombra que lo acosaba desde atrás, se había cernido sobre él mucho antes de que el niño apareciera. Aquella cosa que custodiaba a su demonio jamás lo hubiera dejado marchar.</p>
<p>El obispo, aquel patético hombrecillo ávido de poder y riqueza, habría quizás conocido la naturaleza de aquel pequeño. Sin duda era hijo de algún noble, de alguien con el suficiente poder para que el mismo demonio hubiera depositado su semilla en aquella cuna. ¿Qué pretendía aquel clérigo estúpido? ¿Había querido desafiar al mismísimo Satán tratando de aniquilar a una de sus criaturas? ¿O también él había pertenecido a aquel grupo de siervos del infierno contra el que los inquisidores trataban de advertirlos a diario y había cometido alguna falta contra sus señores? Tal vez aquel fuera su castigo por faltar en sus obligaciones. Sabía lo bastante sobre aquel hombre como para no sorprenderle que fuera así. Si alguien le hubiera pedido que señalara a quién creía servidor del infierno, habría dirigido su dedo hacia el obispo sin dudar.</p>
<p>Y sin embargo la tortura era demasiado cruel y él era incapaz de dar un paso para detener aquel horror. En aquel momento no pudo determinar si su cuerpo estaba detenido por el terror o por aquella sombra guardiana que espiaba sus pasos desde atrás.</p>
<p>Sea como fuere, el rostro del obispo, apuñalado una y otra vez por su propio crucifijo, no era más que un amasijo de carne sanguinolenta y palpitante, pero ningún grito salía de su garganta. El momento le pareció una eternidad, todo se movía lentamente: las embestidas de la cruz de plata, la sangre goteando a sus pies martilleando la roca del suelo con un ritmo hipnótico, los suspiros silenciosos cada vez más lentos… y los movimientos del niño, crueles, manejando a su marioneta con cuerdas de viento. Sólo su corazón marchaba a un ritmo frenético y el aliento helado que desde atrás lo envolvía en su manto de tinieblas.</p>
<p>La muerte se cernió sobre aquel despojo humano con deliberada lentitud. La tortura se prolongó hasta que las paredes temblaron sacudidas por el tañar de las campanas situadas a unos metros por debajo. Doce sonoros golpes que estremecieron su cuerpo erizando la piel de su espalda.</p>
<p>Las puñaladas cesaron entonces. El obispo se arrastró hacia el suelo y su cuerpo se sacudió a penas unos segundos sobre su propia sangre. El niño bajó sus manos con una mueca de fastidio. Entonces giró su marmóreo rostro hacia él.</p>
<p>Sabía que ya era demasiado tarde para huir y que de cualquier modo, aunque lo intentara, jamás lo lograría. Él era un preso más en aquella telaraña invisible. Percibió con nitidez y horror los diabólicos planes que aquel engendro del mal tenía para él. Creyó morir de puro pánico y deseó poder contar con el dominio de su propia movilidad para arrodillarse ante aquella criatura poderosa. ¡Qué le importaba a él servir al diablo con tal de salvar el pellejo!</p>
<p>El niño sonrió ante aquella idea transmitida a su mente. Por un momento suspiró aliviado, tal vez saliera con bien de aquello. Después de todo podría salir beneficiado de aquel pacto con Satán. Él sería un fiel servidor, nunca cometía errores, nada que ver con aquel religioso inepto. Quizás aquel niño tendría la llave del éxito que tanto tiempo había perseguido. Era bien conocido que el príncipe de las tinieblas compensaba  generosamente a sus fieles…</p>
<p>El pequeño se puso lentamente en pié interrumpiendo sus pensamientos. Temblando lo miró con ansiedad, tratando de encontrar alguna expresión en aquel hermoso y cruel rostro de cera. Una sonrisa enorme apareció en aquella talla de mármol, un destello peligroso en sus ojos negros, un brillo candente y rojizo en su mirada. Paso a paso se acercó a él y alzó su manita suave y cuidada. Mientras negaba lentamente con la cabeza, le rozó el rostro con la yema de sus dedos delicados y una ráfaga de hielo puro congeló sus facciones. El frío ardía como las llamas del infierno.</p>
<p>Nunca nada en su dura existencia lo había preparado para un dolor como aquel, el sufrimiento era terrible y sin embargo, aunque habría deseado proferir mil alaridos, ningún sonido salió de su garganta. Ni siquiera cuando unas poderosas manos invisibles lo empujaron desde atrás hacia la ventana.</p>
<p>Los cristales se clavaron en su carne y a penas experimentó dolor, tal era la tortura a la que su carne estaba siendo sometida. Trató de evitar la caída, pero al lanzar una rápida mirada a sus manos que se aferraban inútilmente al marco, sintió su voluntad abandonar definitivamente su cuerpo. Su carne era del mismo material helado y húmedo que la pared… ¡su cuerpo era de roca!</p>
<p>El horror aumentó hasta llevarlo a la completa locura cuando llegaron de nuevo hasta él los pensamientos del niño. No era su intención acabar con la vida de aquel intruso que había venido a interrumpir sus juegos. Su cuerpo permanecería eternamente en la fachada principal de la catedral.</p>
<p>Aquellas manos de tinieblas lo alzaron y lo clavaron a la roca. Su rostro de horror uno más en aquel mar de criaturas de piedra. Desde tan cerca pudo contemplar las increíbles gárgolas, rostros deformes y pétreos que lo miraban suplicantes con unos ojillos llenos de vida y dolor, ojos eternamente vivos como los suyos propios.</p>
<p>Ningún grito alertó a aquellos que dormían. Nada quebró la sepulcral quietud. Tan sólo los susurros de las ánimas de la catedral que, en su particular silencio lleno de estruendo, asistieron impertérritas al sacrificio de aquel que había venido a robar su tesoro como tantos otros lo habían intentado antes.   </p>
<p><strong>Fin.</strong></p>
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		<title>FE (PRIMERA PARTE)</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Aug 2009 10:30:31 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Leyendo a Becquer por enésima vez y escuchando a Orff&#8230; es imposible no escribir algo así. Esta se la dedico a mi hermana que no me ha leído nunca, a ver si así se anima. Se la dedico a ella porque el final me vino recordando la leyenda que nos contaba mi abuela de  la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=183&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Leyendo a Becquer por enésima vez y escuchando a Orff&#8230; es imposible no escribir algo así.</em></strong></p>
<p><strong><em>Esta se la dedico a mi hermana que no me ha leído nunca, a ver si así se anima. </em></strong></p>
<p><strong><em>Se la dedico a ella porque el final me vino recordando la leyenda que nos contaba mi abuela de  la iglesia de San Ildefonso en Jaén. </em></strong></p>
<p><strong><em>Por extensión la publicaré en dos partes.</em></strong></p>
<p><strong><em>Bueno espero que os guste a todos, pero especialmentea mi hermana.</em></strong></p>
<p>Hacía tiempo que todos habían abandonado el templo. No quedaba nadie por allí desde hacía varias horas y sin embargo aún no se sentía preparado para salir de su escondite. Se sentía tan inquieto, tan inexplicablemente nervioso… y no entendía el por qué. Había hecho cosas similares cientos de veces, y nunca ningún botín le había parecido tan fácil como aquel. Y sin embargo… aquel malestar del todo infundado.</p>
<p>Quizás se debiera al silencio. Ese silencio lleno de murmullos espectrales. Ese silencio en el que había tantos sonidos y voces del pasado. Jamás había escuchado algo así.</p>
<p>Desde su refugio seguro en la cripta todo sonido le llegaba amplificado. La acústica de aquella catedral era espeluznante. Casi podía sentir cientos de diminutas pisadas de ratones y cucarachas golpeando como un ejército en miniatura el mármol pulido del suelo. Trataba de concentrarse en aquel sonido insignificante para infundirse los ánimos suficientes para afrontar la abrumadora oscuridad. Pero cuando ya casi lograba encontrar una cadencia relajante en todo aquel compás de criaturas, algo espeluznante le sobresaltó.</p>
<p>Un chirrido agudo y estridente resonó en aquel silencio golpeando las columnas. Fue tal el salto que provocó aquel sonido en su corazón que por un instante imaginó sus propios latidos como el tambor que precedía la marcha de su ejército imaginario.</p>
<p>Encogió su cuerpo aún más tratando de fundirlo con las sombras de su escondite. Los sarcófagos de los reyes, de una blancura refulgente en la oscuridad, no le otorgaron ninguna confianza. Era como si los huesos que allí yacían desde hacía siglos, estuvieran contra él, ofreciendo una luminiscencia sobrenatural que iluminara a cualquier ojo el robo que tenía en mente llevar a cabo.</p>
<p>Los capiteles de las columnas y los arcos góticos parecieron vibrar cuando las paredes de la catedral volvieron a retumbar con el eco de aquel sonido quejumbroso y siniestro.</p>
<p>Con una mano en su pecho trató de sujetar el trotar de su corazón desbocado. Suspiró y aquel sonido le pareció estridente. Se tapó la boca y se agachó. Contó hasta diez tratando de recobrar la cordura que aquel escenario le había provocado.</p>
<p>¿En qué estaba pensando? ¿Acaso un ladrón tan experto como él tenía miedo a las sombras, a los murmullos de los siglos? Ahora que su pulso volvía a la normalidad no le fue difícil identificar la procedencia del ruido que tanto le había inquietado. ¿Acaso era un niño estúpido? Casi había echado por la borda todos sus planes de meses. Aquella catedral tenía uno de los más grandes tesoros de la ciudad. Las leyendas y las habladurías la mantenían protegida de cualquier intento de asalto. La superstición y el temor de Dios tenían a raya a cualquier ladrón que soñara hacerse con aquel grandioso botín. Y si aquello no hubiera bastado, los monjes, llenos de ingenio, habían ideado numerosos trucos y trampas para asustar a aquellos más osados y menos temerosos.</p>
<p>Sin embargo nada de aquello iba con él. Ningún temor a Dios lo retenía pues él no pertenecía a dios alguno. Ninguna leyenda podría frenar su ansia de riqueza y ningún vulgar truco podría evitar que él, un hombre culto y ávido de poder, penetrara en aquellas paredes en las que se guardaba su mayor reto en la vida, en la que el lujo y la riqueza se escondían bajo una túnica de hipocresía y mentiras. Ninguna palabrería de ningún charlatán de poca monta, por lujosas que fueran sus vestiduras clericales, podría hacerle a él creer que toda aquella grandeza debía pertenecer a aquellos monjes avaros y obesos por el simple hecho de vanagloriarse de predicar la palabra de Dios. ¿Qué Dios permitiría que gente como él, tan competente e inteligente, nadara en miseria y hambruna mientras que aquellos inútiles se bañaban en riquezas?</p>
<p>Aquel terrible ruido, por escalofriante que sonara en el extraño silencio bajo la cúpula de la catedral, no dejaba de ser algo mundano y tangible. Una vez frenado su miedo irracional supo que no se trataba más que de una puerta pesada girando en unos goznes oxidados.</p>
<p>Unos pasos ligeros y rítmicos en el mármol, un frufrú del terciopelo al rozar el frío suelo, una respiración agitada y ansiosa, una tos conocida… Sonrió en la oscuridad de la cripta riéndose de su propia estupidez y cobardía. Tan sólo era el obispo. Aquel pusilánime blandengue. Pero… ¿qué hacía él allí a esas horas?</p>
<p>De repente su corazón dio tal salto que lo dejó paralizado. Los latidos eran tan fuertes que temió que alguien los escuchara. Un grito terrorífico cortó el silencio helándole hasta la médula. Todo su ser le gritaba “¡Corre!”. Y él luchaba contra su propio impulso, su propio miedo para evitar salir despavorido en una huída temeraria que lo delataría sin dudar.</p>
<p>Aquel sonido desgarrador volvió a repetirse y su eco retumbaba en las paredes llenando cada cripta, cada altar, cada hueco oscuro que antes habían llenado los murmullos del silencio que tanto le habían inquietado. ¡Cómo los añoraba ahora!</p>
<p>El grito era inconfundible; un niño. Un pequeño que gritaba aterrado y lloraba mientras sus pequeños pies se arrastraban a la fuerza por el suelo tratando inútilmente de aferrarse con sus escasas fuerzas y su desesperación a la pulida superficie.</p>
<p>-¿Por qué gritas, criatura? – decía el obispo.</p>
<p>Desde la oscuridad, abrigado por la quietud de los reyes muertos, él tembló cuando el eco volvió a repetir aquel lamento de terror.</p>
<p>Los pasos y el horror de la escena se alejaban. No se atrevía ni siquiera a alzar la cabeza del sarcófago que era su refugio por miedo a ser visto por la sombra descomunal del obispo. Una sombra que no parecía avanzar al mismo ritmo que su dueño. Por un momento pudo percibir un movimiento independiente de ésta y supuso que debió ser producto de su imaginación. Sin embargo, ya no podía confiar en lo que era cierto o no, pues allí, oculto y casi seguro, creyó sentir una fuerza cruel y superior, terriblemente superior, cernirse sobre todo. Como si algo de gran poder amenazara cada rincón dentro y fuera de los muros del templo.</p>
<p>Aquello que era capaz de producir aquel sentimiento de congoja y desamparo en un hombre duro como él, parecía obedecer al obispo, y sin embargo, cuando su rostro frío y extremadamente pálido fue alcanzado por las ráfagas tenues de una de las luminarias, fue capaz de distinguir un rictus nervioso que casi podría identificar con el terror.</p>
<p>Por un momento, mientras el obispo marchaba por la pequeña puerta de acceso al campanario, fue lo bastante osado como para incorporarse y mirar fijamente la cabeza tonsurada  que ya casi desaparecía en las tinieblas impenetrables. Pero, aun sabiéndose por fin solo en aquella fría capilla, percibió tan claramente como aún podía sentir su corazón desbocado en su pecho, una mirada clavada en sus ojos que desnudaba su mente desde algún punto indefinido de las sombras. Supo que aquellos ojos que lo escrutaban estaban hechos de las propias tinieblas, alimentados y engordados por su imaginación y miedo. Él había visto marchar al obispo arrastrando al niño, nadie más quedaba allí para espiarlo. Y sin embargo…</p>
<p>Sacudiendo su cabeza y armándose de un valor que jamás creyó poseer se decidió a seguir los pasos del obispo a través de la sinuosa escalera de caracol. Ya imaginaba qué le esperaba allí. Decenas de escalones vertiginosos en las más profundas tinieblas, la falta de oxígeno, ninguna ráfaga de aire penetraría por aquellas minúsculas ventanas tapiadas. Odiaba los sitios estrechos y cerrados. Sufría una claustrofobia terrible, y además estaba el riesgo a ser descubierto, sumado a ese miedo irracional por aquella sombra tenebrosa que casi sentía rozar su espalda, siempre tras él, siempre pisándole los talones…</p>
<p>Y aun así penetró por la oscura entrada y ascendió en silencio en la más absoluta oscuridad por la sinuosa escalera de piedra. Tan sólo podía valerse de sus hábiles manos para no tropezar y caer rodando. Aferrado a las húmedas paredes, superaba uno a uno los diminutos escalones, palpando casi con desesperación la piedra a sus pies, rezando al Dios en el que jamás había puesto su fe para no errar su paso, alzando el rostro angustiado buscando un resquicio de ese aire viciado y lleno de polvo que sabía no hacía más que aumentar su asfixia.</p>
<p>La ascensión no parecía tener fin. Su cabeza daba vueltas. Había contado los peldaños y había anotado mentalmente casi trescientos, ¿es que aquella pesadilla jamás tendría fin? ¿A dónde conducía aquella diabólica escalera? Estaba seguro de haber visto, en su claustrofóbica marcha, las campanas de la catedral y hacía ya más de cincuenta escalones que las había dejado atrás. Sin embargo no cesaba en sus giros y giros, mareado y aturdido. Comenzaba a sentir náuseas y se encontró deseando casi con desesperación alcanzar la luz del candil del obispo, sin pensar en las consecuencias que podría traer eso.</p>
<p>¡Claro que había pensado en dar la vuelta! Pero aquella sombra que en un principio creyó creada por su imaginación lo acosaba desde atrás y lo apremiaba a seguir subiendo a prisa. Estaba convencido de que si la desafiaba y trataba de bajar los peldaños, no daría más de dos pasos antes de perder el pie y caer rodando trescientos escalones abajo hasta acabar con su cuello roto y su cuerpo reventado al pie de la escalera. De hecho la imagen de su cuerpo convertido en un amasijo de carne informe y convulsionándose entre terribles dolores se le había plasmado en su mente con tanta claridad como aquellos frescos que había contemplado admirado en la capilla real.</p>
<p>Así pues, aun con miedo y angustia, decidió seguir adelante, maldiciéndose un millón de veces por haber tomado aquella absurda decisión. ¿Qué, por todos los diablos, lo había llevado a seguir a aquel hombre por aquel lugar? ¿Acaso no le había quedado sobradamente claro al escuchar los gritos desesperados del chiquillo, que sus intenciones eran del todo oscuras?</p>
<p>Y en medio de aquellas cavilaciones, casi se topó bruscamente con la espalda del obispo. La débil luminosidad de su candil era absorbida por las oscuras y angostas paredes. Era como si aquella escalera que tanto terror le causaba se alimentara de cualquier rescoldo de luz o aire.</p>
<p>Desde su  segura posición, unos diez o veinte peldaños por debajo del hombre, pudo percibir un cambio en el ambiente. Una minúscula ráfaga de aire corrió escaleras abajo, pero para nada aquello le trajo tranquilidad. Por el contrario lo sintió sobrenatural y tórrido, como si se tratara del aliento de las oscuras criaturas del mismo infierno cuya existencia él había negado hasta la saciedad.</p>
<p>Para empeorar su situación comenzó a sentir aquel aliento caliente y espeso también a su espalda. Apestaba a putrefacción y por fin se convenció de que aquella presencia no era producto de su castigada imaginación.</p>
<p>¿Qué le había llevado hasta aquel horrible lugar? Se volvía a preguntar en medio del martilleo de su corazón y el mareo de su conciencia. ¿Acaso pensaba ayudar a aquel chiquillo, él que jamás se había preocupado por nadie excepto él mismo? Aquella filosofía siempre le había ido bien. Jamás se había metido en líos, sabía cuidar bien su pellejo. Ahora se sentía atrapado y perdido por un impulso absurdo, y lo que más rabia le daba es que sabía que en el fondo el chico no le importaba en absoluto, aquello que lo había llevado hasta allí arriba, hasta el mismo infierno, había sido una enfermiza curiosidad. Deseaba saber qué ocurriría con el niño, qué tenía pensado hacer el obispo con él, qué era aquella siniestra sombra que acompañaba sus fechorías. Y total, ¿para qué? Hacía rato ya que el niño no se resistía. Probablemente había muerto de terror o asfixia.</p>
<p><strong>Continuará…</strong></p>
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		<title>¡ESCUCHAD!</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Aug 2009 10:30:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[  A pesar de toda la gran compañía sólo vivo con inmensa soledad. No siento ni puedo encontrar la ayuda que espero verdadera. Quizás esté en el mar. Pero parece muy ocupado con sus aguas que vienen y van en su lucha eterna con la luna. No, lo dudo, no creo que algo tan bello [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=172&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> </p>
<p>A pesar de toda la gran compañía</p>
<p>sólo vivo con inmensa soledad.</p>
<p>No siento ni puedo encontrar</p>
<p>la ayuda que espero verdadera.</p>
<p>Quizás esté en el mar.</p>
<p>Pero parece muy ocupado</p>
<p>con sus aguas que vienen y van</p>
<p>en su lucha eterna con la luna.</p>
<p>No, lo dudo, no creo que algo tan bello</p>
<p>en su inquieto mundo</p>
<p>pudiera encontrar un lugar</p>
<p>en su espumoso corazón</p>
<p>para guardar un tonto dolor</p>
<p>que en muchos ojos no existe.</p>
<p>Quizás sin saberlo</p>
<p>se guarde en el viento.</p>
<p>Pero eternamente viene como se va,</p>
<p>sin demasiado tiempo.</p>
<p>Demasiado dudoso para intentar confiar,</p>
<p>para intentar aliviar una pena estúpida</p>
<p>que al parecer no tiene sentido.</p>
<p>Quizás la inmensa luna,</p>
<p>diosa de la noche,</p>
<p>comprenda en su dulzura</p>
<p>mi triste ansiedad.</p>
<p>Mi inmensa duda que no se apaga.</p>
<p>Mi eterna pregunta que no haya respuesta.</p>
<p>Tú, provocadora de amores.</p>
<p>Testigo de la pasión.</p>
<p>Confesora de los tristes enamorados.</p>
<p>Consejera de los dolidos…</p>
<p>Son tales tus preocupaciones,</p>
<p>demasiado grandes para escuchar.</p>
<p>Por qué deberías hacerlo.</p>
<p>Por qué si parezco tenerlo todo,</p>
<p>si no aparento dolor.</p>
<p>Qué difícil es ver.</p>
<p>Es como si el mundo fuera ciego.</p>
<p>Ciego a mis preguntas.</p>
<p>No, tampoco mi reina luna</p>
<p>sabría comprender por qué pregunto.</p>
<p>¿Sabría la noche contestarme por qué?</p>
<p>¿Por qué si tanto amo</p>
<p>tengo miedo a dar todo mi amor?</p>
<p>Tan oscura como mis dudas.</p>
<p>Tan triste como yo.</p>
<p>Tan dulce como mis sentimientos.</p>
<p>¿Puedes comprenderme tú?</p>
<p>¿Por qué me es tan difícil decidir?</p>
<p>Cómo podría confiar en darlo todo.</p>
<p>“Todo” es muy grande.</p>
<p>No sé si merecería la pena.</p>
<p>Ni siquiera si merece dudar.</p>
<p>Tampoco comprendo cómo tú,</p>
<p>tan oscura, triste y parecida a mí,</p>
<p>podrías escuchar mis dudas.</p>
<p>Tú que en medio de tu oscuridad,</p>
<p>buscarías con desesperación</p>
<p>un mar que se tranquilizase</p>
<p>aunque sólo fuera un momento</p>
<p>para escuchar tu triste duda.</p>
<p>Un viento que cesara su viaje,</p>
<p>sólo para sentir su compañía.</p>
<p>Una luna que reflejara una ayuda…</p>
<p>Alguien como yo,</p>
<p>que vive con la necesidad de una respuesta,</p>
<p>que dude en la oscuridad de su mente,</p>
<p>y que intente comprender</p>
<p>si es tan complicado dar</p>
<p>como encontrar a alguien</p>
<p>que te quiera escuchar.</p>
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		<pubDate>Thu, 06 Aug 2009 10:30:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/co/"><img src="http://i.creativecommons.org/l/by-nc-nd/2.5/co/88x31.png" alt="Creative Commons License" /></a></p>
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<p><strong>LA ESTRELLA DE LA CONCHA:</strong></p>
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<p><strong> </strong> &#8211; <a title="Enlace permanente aLA ESTRELLA DE LA CONCHA (7)" href="http://estefaniajimenez.wordpress.com/2009/06/11/la-estrella-de-la-concha-7/">LA ESTRELLA DE LA CONCHA (7)</a></p>
<p>- <a title="Enlace permanente aLA ESTRELLA DE LA CONCHA (8)" href="http://estefaniajimenez.wordpress.com/2009/06/11/la-estrella-de-la-concha-8/">LA ESTRELLA DE LA CONCHA (8)</a></p>
<p>- <a title="Enlace permanente aLA ESTRELLA DE LA CONCHA (9)" href="http://estefaniajimenez.wordpress.com/2009/06/11/la-estrella-de-la-concha-9/">LA ESTRELLA DE LA CONCHA (9)</a></p>
<p><strong>LA MALDICIÓN DEL DIOS SOLAR.</strong></p>
<p><strong>- </strong><a title="Enlace permanente aLA MALDICIÓN DEL DIOS SOLAR (1)" href="http://estefaniajimenez.wordpress.com/?p=190">LA MALDICIÓN DEL DIOS SOLAR (1)</a></p>
<p>- <a title="Enlace permanente aLA MALDICIÓN DEL DIOS SOLAR (2)" href="http://estefaniajimenez.wordpress.com/?p=200">LA MALDICIÓN DEL DIOS SOLAR (2)</a><strong> </strong></p>
<p><strong>POESÍA:</strong></p>
<p>- <a title="Enlace permanente a¿QUIÉN DESEA LA ETERNIDAD?" href="http://estefaniajimenez.wordpress.com/2009/06/08/%c2%bfquien-desea-la-eternidad/">¿QUIÉN DESEA LA ETERNIDAD?</a></p>
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<p><strong>PROSA:</strong></p>
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<p><strong>RELATOS:</strong></p>
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		<title>AMOR INCONDICIONAL</title>
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		<pubDate>Wed, 05 Aug 2009 10:30:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Me han dicho muchas veces que todas mis historias tienen un triste final. Es cierto, la verdad es que la mayoría de las veces, aunque lo intento, no me encajan de otra manera. Esta es diferente, aunque la verdad es que también es un poco triste. La encuadro como infantil no porque sea un cuento [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=179&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Me han dicho muchas veces que todas mis historias tienen un triste final. Es cierto, la verdad es que la mayoría de las veces, aunque lo intento, no me encajan de otra manera.</em></strong></p>
<p><strong><em>Esta es diferente, aunque la verdad es que también es un poco triste. La encuadro como infantil no porque sea un cuento de hadas, sino porque sólo ellos son capaces de comprender mis sentimientos con los animales. Porque sobre animales va este cuento. Sé que muchos me creen algo loca por ese amor que yo les tengo, pero los niños que conozco sienten lo mismo que yo, especialmente mi Rebeca a la que se lo dedico con muchísimo cariño y a mi madre que está casi tan loca como nosotras dos.</em></strong></p>
<p> </p>
<p>            La noche era testigo de mi paseo. Anhelaba paz, sosiego. El día había sido terriblemente duro. Las injusticias de que había sido víctima habían vuelto a crear en mí aquella conocida sensación de desolación y frustración.</p>
<p>            Tan sólo a esas horas en las que el mundo buscaba el cobijo y la paz de sus respectivos hogares y en las calles sólo se escuchaba el sonido de la noche, yo me sentía en paz y relajada al fin.</p>
<p>            Aquella noche recorría las calles sin fijarme bien por dónde iba, en realidad no me importaba el rumbo. El día sólo me había dejado vacío y melancolía en el alma. Necesitaba olvidar y dejarme arrastrar por la marea de calma que bañaba mi soledad.</p>
<p>            Soledad. Las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos sin que yo pudiera hacer nada para controlarlas. Mi máxima pesadilla, mi más acuciante dolor. Mi soledad.</p>
<p>            Un sonido interrumpió mis pensamientos. Eché un vistazo alrededor y no pude ver nada a través de la oscuridad de la calle. Me sentí intrigada y fascinada a la vez. Era una canción infantil lo que escuchaba, pero, lo que me dejó impresionada realmente, fue que la voz que la entonaba no parecía humana. En absoluto. Sonaba más bien como un dulce ronroneo… un ronroneo gatuno.</p>
<p>            Miré en todas direcciones y no pude encontrar a nadie. Sin embargo estaba cerca, de eso no me cupo duda, pues mi sensación de soledad había desaparecido desde el preciso instante en que escuché las primeras notas.</p>
<p>            Entonces lo supe. La voz venía del cielo. Alcé mis ojos y allí estaba, tal como había sospechado. Recortada contra la tenue luz de la luna, una silueta flotaba en la noche. Brillaba más que cualquier estrella que jamás hubiera visto; a pesar de las numerosas nubes oscuras que ocultaban la luz  de la luna, aquella extraña figura jamás menguaba su luz.</p>
<p>            Quizás hubiera debido sentirme asustada entonces pero fui incapaz. Una inmensa paz me inundó. Sentí un sentimiento que en mis largos meses de amargura casi había olvidado: ternura. Aquella criatura misteriosa, llenó todo mi ser del intenso calor de la ternura.</p>
<p>            La miré detenidamente. Ya no me cupo la menor duda, era un gato. Uno pequeño y hermoso, de enormes ojos verdes que refulgían en la noche como esmeraldas. Su pelo gris y blanco era esponjoso y mullido, su cuerpo ágil y flexible.</p>
<p>            El gato clavó sus ojos en mí. Jamás había visto algo tan dulce. Entonces sonrió con aquellos pequeños labios rosas. ¡Y me habló!… ¿Acaso debía sorprenderme por ello? Al fin y al cabo, el gato flotaba sobre mí.</p>
<p>-¿Por qué estás tan triste muchacha? –me dijo con una voz aguda y graciosa.</p>
<p>-¿Eres un gato? -¡Qué pregunta tan estúpida!</p>
<p>-Así es. Lo sé, lo sé. Los gatos no hablamos, ni cantamos… y ni mucho menos volamos. ¿Verdad?</p>
<p>            Yo me encogí de hombros y sonreí. Hacía tanto que no lo hacía. ¡Pero era imposible no tener ganas de sonreír junto a aquella criatura! El gato bajó y se acercó a mis brazos. No pude resistir la tentación de tomarlo y abrazarlo. Él no se resistió. Por el contrario me ofreció un millar de caricias mientras ronroneaba de placer. No podía creerlo, aún era capaz de sentir cariño y calor dentro de mí, dentro de este cuerpo que yo creía vacío y frío.</p>
<p>-Eres tan bonito… tan especial… -incliné mi cabeza y lo besé sin saber muy bien por qué -¿Quién eres?</p>
<p>-Me llamo Seño. Sólo soy un gato –contestó con sencillez alzando aquellos ojos llenos de dulzura hacia mí.</p>
<p>-Pero no puedes ser sólo eso. Mírate, eres tan mágico… y no sólo porque hables o vueles. Yo… hace meses que no siento nada en mi interior… nada más que amargura. Pero tan sólo te conozco desde hace unos minutos y mi alma está llena de sensaciones maravillosas.</p>
<p>-¿Qué sensaciones? –preguntó Seño con interés.</p>
<p>-Siento una necesidad inexplicable de acariciar tu pelo suave, de besar tu cabecilla, de rascarte detrás de las orejas… Me siento llena de amor hacia ti, de calor… de ternura. Sé que necesito tenerte a mi lado… quiero protegerte.</p>
<p>-Pues como te decía… sólo soy un gato. Eso es lo que hacemos los gatos. Damos todo nuestro amor, a cambio sólo exigimos el vuestro. Quizás tú sólo seas una buena persona que estaba muy necesitada de ese sentimiento y yo llegué en el momento justo.</p>
<p>-Tal vez… pero entonces… ¿por qué eres capaz de hablar y volar?</p>
<p>-En realidad no vuelo. Flotaba… -Seño se quedó pensativa-. Creo que buscaba a alguien… Es extraño, esta mañana paseaba por una calle y de repente alguien me hizo mucho, mucho daño, y no sé qué hice yo para causar ese ataque, la verdad. Sólo recuerdo que eran varios jóvenes. Se reían mientras me acorralaban y después me cogieron del rabo y me alzaron del suelo. Me dolió mucho. Yo me defendí, claro. Estaba muy asustada y arañé a uno. Se enfadó muchísimo… me lanzó con mucha fuerza contra una pared. Recuerdo que al principio me dolió horrores… pero después comencé a flotar. Me sentía tranquila y feliz y comencé a cantar. La verdad es que no me sorprendió demasiado poder hacerlo. Desde que pasó aquello me siento tan extraña…</p>
<p>            Me quedé muda. No sabía que decir. Aquella misma mañana había visto desde mi ventana a unos jóvenes borrachos que regresaban a casa tras una noche de fiesta. Los vi en la plaza persiguiendo a un gatito muy parecido a Seño. Vi como lo acorralaban entre risotadas etílicas mientras vociferaban estupideces. En aquel momento me pregunté por qué aquellos idiotas buscaban a un pequeño gato indefenso para divertirse. Sin embargo, cerré la persiana y me volví a sumir en mi depresión. No hice nada… cuando podía haber hecho tanto. Una llamada a la policía tal vez, a la sociedad protectora de animales…unas amenazas desde el balcón… ¡Algo! Pero cerré la ventana e ignoré aquella crueldad inhumana sin llegar a sospechar siquiera que aquel pequeño gato era la medicina a mi terrible amargura.  </p>
<p>-Sé que estoy muerta –murmuró de repente Seño con voz triste-. En realidad no me importa demasiado lo que me ocurra a mí. Lo cierto es que podría haber huido de allí con facilidad. Yo era mucho más ágil que aquellos borrachos. Pero preferí quedarme y distraerlos, ¿sabes?</p>
<p>-¿Para qué? –dije con lágrimas en los ojos, aunque ya conocía la respuesta. Jamás me había sentido tan triste e impotente.</p>
<p>-Ahora al fin comprendo por qué se me ha dado el don de hablar y por qué no me he marchado aún. Debía decirte algo muy importante. Estaba previsto que me encontrara contigo esta noche -Seño me miró y sonrió llena de orgullo, una sonrisa que sin embargo no ocultaba su tristeza-. Soy mamá. Tengo tres preciosos gatitos que me esperaban bajo un árbol de aquella plaza. No quería que nadie los viera porque son demasiado pequeños todavía para defenderse. Sin embargo ya ves, ahora están solos y deben estar muriéndose de hambre porque no hay nadie que les lleve alimento. Y, ¿sabes?, en realidad sé que los extrañaré muchísimo y no deseo separarme de ellos, los quiero más que a mi propia vida. Pero ellos deben vivir…</p>
<p>-¡Iremos a recogerlos ahora mismo! –exclamé alarmada.</p>
<p>-No, amiga. Tú irás… lo harás por mí, por favor. Mi vida ha terminado ya, pero la de ellos acaba de empezar. Sé que estarán bien contigo, he descubierto el amor y la bondad dentro de ti. Ellos llenaran ese vacío que existe en tu corazón.</p>
<p>            Y habiendo conocido durante aquellos breves instantes a su madre, no lo dudé en absoluto. Seño frotó su diminuta nariz en forma de corazón contra mi mejilla bañada en lágrimas mientras ronroneaban con ternura.</p>
<p>-Cuídalos bien –murmuró en la noche mientras la veía desaparecer de mis brazos para siempre.</p>
<p>            Me invadió un dolor tan agudo que casi me dejó sin aliento. ¿Cómo me había atrevido yo siquiera a pensar que mi vida estaba llena de injusticias? Aquello sí que era injusto.</p>
<p>            No me dio tiempo para reponerme del dolor. Tenía una misión importantísima que cumplir. Corrí a toda prisa por las calles y llegué a la pequeña plaza que había frente a mi apartamento. No me hizo falta buscar el árbol del que Seño me había hablado. Los maullidos eran tan fuertes, desesperados y desgarradores que actuaron como una guía infalible. Los hallé. Acurrucados unos junto a otros para darse calor. Temblando, tan dulces e indefensos que mis lágrimas volvieron a brotar. Sus ojillos cerrados buscaban ciegos a su madre. Sus bocas desdentadas se abrían con la ansiedad del hambre y el miedo. ¿Cómo era posible que aquellos seres tan puros e inocentes otorgaran su confianza a los humanos?   </p>
<p>Me quité mi abrigo y los envolví en él con cuidado. Desde el momento en que mis manos los rozaron por primera vez supe que Seño había hecho por mí algo mucho más importante de lo que yo hacía por ella. Me había liberado de mi soledad. Jamás volví a conocer la amargura desde aquel instante.</p>
<p>A veces estoy triste. Siento que la vida es dura y me hundo en mi absurda oscuridad. Me siento en mi sofá y lloro. Entonces, tres pequeñas narices rosas con forma de corazón se acercan a mi rostro, tres suaves cuerpecillos grises se restriegan contra el mío ronroneando, regalándome el mayor de los tesoros: el amor incondicional.</p>
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		<title>LA MALDICIÓN DEL DIOS SOLAR (1)</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Aug 2009 10:47:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[1. La tarde caía. El disco solar casi había concluido su viaje aquel día y sus últimos rayos teñían el cielo con un matiz violáceo. El mismo efecto podía divisarse en las aguas del Nilo que, en esa fecha, comenzaban a bajar de su crecida anual. Pronto el río volvería a su cauce después de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=190&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>1.</strong></p>
<p>La tarde caía. El disco solar casi había concluido su viaje aquel día y sus últimos rayos teñían el cielo con un matiz violáceo. El mismo efecto podía divisarse en las aguas del Nilo que, en esa fecha, comenzaban a bajar de su crecida anual. Pronto el río volvería a su cauce después de haber barrido a su paso la impureza, sembrando la tierra con su légamo repleto de fertilidad.</p>
<p>            En la hermosa ciudad de Aketatón, nueva capital de Egipto, el faraón Akenatón, había compuesto un hermoso himno al dios solar Atón y deseaba compartirlo con su corte. La fiesta prometía ser grandiosa.</p>
<p>            Los invitados fueron llegando en pequeños grupos a las puertas. Los sirvientes del palacio real los atendían con cortesía y vertían agua perfumada sobre sus manos.</p>
<p>            La fragancia de los aceites y perfumes se mezclaba con el aroma del incienso y las flores del salón. Hermosas damas acompañadas de nobles y ricos esposos, se pavoneaban orgullosas mostrando sus joyas y lujosos vestidos. El roce del lino real de se escuchaba en cada rincón. Pero, en contraste, también había quien vestía sencillos ropajes y se adornaba con apenas algún brazalete. Nobles y plebeyos, todos eran amados de Ra.</p>
<p>            El faraón y la gran esposa real aparecieron sin hacer esperar a los invitados. La reina llevaba una liviana túnica blanca plisada que se ceñía a su cuerpo menudo resaltando sus pequeños pechos y caderas. Apenas llevaba joyas, algún brazalete de oro y un collar adornado con pequeñas turquesas. Pero la corona real se alzaba imponente en su cabeza, eclipsando con el poder que de ella emanaba el brillo de todas las joyas del salón.</p>
<p>            El rey sólo llevaba una amplia túnica blanca que acentuaba aún más sus anchas caderas. Ningún brazalete adornaba sus enjutos brazos. Su cuerpo, fláccido y carente de músculos, se veía no obstante engrandecido gracias a la doble corona que otorgaba una luz sobrenatural a su sereno y pacífico rostro.</p>
<p>            El banquete dio comienzo y los más exquisitos manjares se ofrecieron a los invitados: jugosas ocas, corderos y bueyes enteros, pescados fritos, dátiles y dulces, todo ello regado con excelentes vinos del Delta.</p>
<p>            El maestro Ptahor, se sentaba en una de las mesas con su joven y hermosa hija. Era muy respetado entre todos los invitados a pesar de su sencillez, pues eran conocidas por todos los allí presentes su honradez y su destreza en la enseñanza.</p>
<p>            Ptahor adoraba enseñar y podía presumir de haber contado entre sus discípulos con chiquillos que hoy eran altos dignatarios bien destacados. El mismísimo faraón Akenatón se contó entre sus filas por un pequeño periodo de tiempo.</p>
<p>            A la única que el buen Ptahor amaba más que a la enseñanza era a su hija, Mitret. Era una joven muy hermosa, culta, bien educada y de carácter alegre que adoraba con fervor al faraón de Egipto, al que conocía desde antes de ser investido con la Doble Corona, cuando sólo era el príncipe Amenhotep.</p>
<p>            El joven príncipe la había introducido en el culto al dios único, Atón, y con el transcurso de los años, su devoción y amor hacia el dios solar y su representante en la tierra el gran Akenatón, “el espíritu luminoso de Atón”, había aumentado sobremanera.</p>
<p>Aquella Noche tendría la oportunidad de ver a su estimado amigo  y a su gran esposa real, Nefertiti, “la belleza ha llegado”. Mitret estaba feliz, radiante. Hacía meses que ansiaba el momento de volver a escuchar de labios del faraón las palabras que Atón dictaba a su corazón.  </p>
<p>            En el momento en que la pareja real hizo su aparición en el salón, Mitret sintió su corazón desbocado. Sus enormes ojos brillaron como esmeraldas. Un ligero temblor de excitación recorrió su esbelto cuerpo envuelto en un sencillo vestido de tubo, haciendo tintinear los brazaletes que adornaban sus brazos. Aquella noche, debido a la emoción que sentía, Mitret resultaba deslumbrante, tan sólo eclipsada a medias por la belleza sobrenatural de la gran Nefertiti.</p>
<p>            Alguien en el salón apenas dirigió una mirada a la pareja real. Ni la belleza de la reina, ni el poder que emanaba del faraón, fueron capaces de lograr que Nedjem apartara sus oscuros ojos de la joven hija del profesor. La cena transcurría y aquel joven capitán de las tropas del faraón sintió desconcertado, con toda seguridad, que todo su destino estaba quedando ligado irremediablemente a aquella adorable sonrisa y a aquellas furtivas miradas que de cuando en cuando ella le lanzaba con sus ojos verdes que poseían la frescura del Nilo.</p>
<p>            Nedjem  había sido invitado al banquete de esa noche en compañía de algunos altos cargos entre los que se encontraban el famoso general Horemheb, personaje ambicioso y de gran influencia en la corte. Acudían a la celebración en representación del ejército de Egipto. Ciertamente estos invitados no eran demasiado gratos al faraón, enemigo de la violencia en todas sus formas, pero el sabio consejero Ay lo había estimado oportuno, y negarse hubiera supuesto una nueva crisis y un nuevo quebradero de cabeza que no deseaba en absoluto para aquella noche tan especial.</p>
<p>            El banquete estaba llegando a su fin. El muchacho apenas había probado bocado. Era la primera vez que acudía a un evento de tal magnitud y se sentía especialmente incomodo. Cuando días atrás le comunicaron que debía asistir al banquete del faraón, el joven no se había mostrado demasiado entusiasmado. Era un muchacho sencillo. No le gustaban las intrigas de la corte, odiaba la falsedad que se respiraba alrededor de la pareja real. Las mentiras y la envidia revoloteaban en aquella celebración como moscas alrededor de un cuero putrefacto. Todo era tan falso y superficial… Todo… excepto ella. Aquella muchacha era distinta. Su emoción le conmovió realmente. Su ilusión era verdadera, su afecto era sincero. Su sonrisa  era eterna bajo la luz del faraón, sus ojos eran magia iluminada con el fervor de un amor más allá de lo terrenal. Aquella joven era pura, hermosa… Su cuerpo temblaba emocionado ante la sola visión de aquel hombre cuyo poder la capturaba. Ella sí amaba al faraón, ella sí creía en aquel hombre extraño que había llegado al trono para crear desconcierto en Egipto, aquel faraón advenedizo al cual el trono no correspondía legítimamente. ¡Cuánto había pensado él en aquel hombre que a sus ojos sólo causaba problemas al país que tanto amaba, por el que tanto luchaba!</p>
<p>            Pero ella lo adoraba… ¿por qué? Por primera vez en la noche, Nedjem dirigió la vista detenidamente a la pareja real. La reina… su belleza sería legendaria sin duda,  pero sus ojos no gozaban de la claridad y dulzura que poseían los de la joven a la que ya creía amar. Él… ya le habían comentado acerca de la extraña apariencia física del faraón, así pues no se sorprendió al encontrar sentado en el trono a un hombre de constitución débil y aspecto enfermizo, cuyo cuerpo poseía rasgos casi femeninos: anchas caderas, delgadas extremidades, cintura estrecha… incluso a través de su túnica podían adivinarse unos pechos demasiado prominentes para un varón. Su rostro alargado y pálido, su nariz recta, sus labios carnosos, sus pómulos prominentes enmarcando una expresión dulce y demasiado agotada, sus ojos… Ahora pudo comprender en parte a la chica. Aquellos ojos sí sorprendieron a Nedjem. Su brillo no parecía de este mundo. Su calor y su luz eran tan intensos como los del Disco Solar.</p>
<p>            Observando los ojos del faraón, Nedjem sintió que él también comenzaba a amarlo. Olvidó lo que había pensado hasta el momento de él y su absurda manera de dirigir el Doble País.  Sintió en lo más profundo de su alma que cerca de aquel hombre nada malo podría alcanzarlo. La paz y el amor eternos acudirían a él si permanecía junto a aquel ser sobrenatural que brillaba con la luz de Ra.</p>
<p>            Ensimismado en sus pensamientos ni siquiera se percató de que en el salón se solicitaba silencio. El faraón se disponía a recitar su himno a Atón ante los individuos. El fervor lo invadió y el éxtasis eclipsó su penetrante mirada quedando momentáneamente cegada al resto del mundo. Nedjem deseó con todas sus fuerzas que realmente no pudiera ver lo que sucedía a su alrededor, los rostros de burla y escepticismo de casi todos los que se habían llenado el estómago a su costa. Sintió una punzada enorme de dolor en el pecho al imaginar la triste y dolorosa expresión que adoptarían esos mágicos ojos que ahora deseaba proteger hasta con la última gota de su sangre. Afortunadamente, en medio de aquel despreciable mar de falsedad, había gente que escuchaba con respeto y veneración. Y especialmente estaba ella, con toda la pasión que transmitía cada fibra de su cuerpo.</p>
<p><em>“[…] Cuando sale la criatura de las entrañas para respirar, el día de su nacimiento, le abres la boca de par en par, y le provees de todo lo que necesita”.</em></p>
<p>            El faraón finalizó y el silencio prosiguió un instante más, apenas interrumpido por los trazos en las tablas realizados por el escriba real.</p>
<p>            Tras su intervención se dio permiso a los músicos para tocar y unas hermosas muchachas semidesnudas penetraron en el salón y danzaron grácil y elegantemente mostrando sus hermosos cuerpos con cada pirueta. Nedjem pensó con pesar que pocos serían los que recordaran las palabras del faraón transcurridos unos minutos.</p>
<p>            El faraón permitió que sus fieles se le acercaran con excesiva libertad, estando más cerca de las figuras más importantes de Egipto de lo que jamás se había permitido en siglos.</p>
<p>            También ella se aproximó. Mitret, emocionada, miró con fervor a la pareja real y agachó la cabeza en una silenciosa reverencia ante el faraón. Él, con una dulzura sin igual, la tomó de las manos y la abrazó con cariño. Una enorme sonrisa cruzaba su demacrado rostro. El dueño de las Dos Tierras se alegraba enormemente de verla, el favorito de Atón la quería y la seguía considerando su amiga a pesar de su creciente poder. El afecto, el respeto y la fidelidad de Mitret hacia él se reforzaron en aquel momento y se forjaron inquebrantables en su alma.</p>
<p><strong>Continuará&#8230;</strong></p>
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		<title>ES EXTRAÑO</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Aug 2009 10:30:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[  Explícame ahora, viento. Dime qué es lo que estoy sintiendo. Por qué cuando él sufre a mi pesar su pesar se une. Por qué cuando él ríe su risa incita a la mía. Yo te confieso, viento, cuando él está alegre yo feliz por él me siento. Pero en cambio, escucha, es extraño… Quiero [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=169&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> </p>
<p>Explícame ahora, viento.</p>
<p>Dime qué es lo que estoy sintiendo.</p>
<p>Por qué cuando él sufre</p>
<p>a mi pesar su pesar se une.</p>
<p>Por qué cuando él ríe</p>
<p>su risa incita a la mía.</p>
<p>Yo te confieso, viento,</p>
<p>cuando él está alegre</p>
<p>yo feliz por él me siento.</p>
<p>Pero en cambio, escucha,</p>
<p>es extraño…</p>
<p>Quiero que sea feliz</p>
<p>y yo soy la primera en hacerle sufrir.</p>
<p>Cuando a escondidas lo veo llorar</p>
<p>a él siempre voy a abrazar.</p>
<p>Pero en el fondo, fíjate viento,</p>
<p>es extraño…</p>
<p>Me gusta hacerme llorar</p>
<p>porque yo soy la primera</p>
<p>que las lágrimas hago en él brotar.</p>
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		<title>EL CALLEJÓN DE LA ERMITA</title>
		<link>http://estefaniajimenez.wordpress.com/2009/08/03/el-callejon-de-la-ermita/</link>
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		<pubDate>Mon, 03 Aug 2009 10:27:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
				<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
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		<description><![CDATA[   La oscuridad se cernía sobre ella casi impenetrable mientras caminaba por aquel callejón húmedo y pestilente. El callejón de la ermita.             Las luces de la aldea brillaban lejanas y casi irreales en la distancia. Su titileo le pareció tan fantasmagórico como la niebla que la rodeaba.             De vez en cuando escuchaba algún [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=165&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em> </em></strong></p>
<p> La oscuridad se cernía sobre ella casi impenetrable mientras caminaba por aquel callejón húmedo y pestilente. El callejón de la ermita.</p>
<p>            Las luces de la aldea brillaban lejanas y casi irreales en la distancia. Su titileo le pareció tan fantasmagórico como la niebla que la rodeaba.</p>
<p>            De vez en cuando escuchaba algún revoloteo sobre su cabeza, murciélagos tal vez, nada inquietante. Los gatos huían aterrados de su camino y sonrió tensa. ¿Era  posible que alguien estuviera aún más asustado que ella?</p>
<p>            La soledad le pesaba tanto que su caminar le pareció lento y torpe, como si fuera arrastrando un pesado fardo que se enredara en sus pies y le impidiera salir corriendo. Sin duda eso es lo que era, una carga pesada que aumentaba con su creciente inquietud.</p>
<p>Sintió la necesidad de mirar atrás, una vez más. Tal vez entonces encontrara algo a su espalda. La idea la hizo estremecerse, pero a pesar de ello giró su cabeza. Nada. ¿Por qué seguía mirando si le aterraba encontrar a alguien tras ella? ¿Cuánto más debía cerciorarse de que no había nada que encontrar? Tan sólo su miedo absurdo, la peor de las amenazas.</p>
<p>            Una ráfaga de aire helado agitó su falda y el crujir de la lana resonó estruendoso en sus sensibles oídos. Su aliento se entrecortó y aceleró la marcha. El sonido de sus pasos sobre los adoquines le parecía el latir del corazón de alguna criatura en aquel extraño escenario. Un ser de pesadilla que caminara a su par para recordarle lo débil e indefensa que era.  Se detuvo y el silencio absoluto fue peor. Notó como se le erizaba el vello y sintió de nuevo la necesidad de volver su cabeza para enfrentar sus miedos vanos. En lugar de ello, se obligó a mirar al frente y a seguir caminando por aquel mar de oscuridad y silencio que amenazaba con ahogarla.</p>
<p>            Su mente no funcionaba con la claridad que debería. No sabía por qué sentía tanto miedo. Estaba sola, cierto, pero aquello no era una novedad. En la mayor parte de su miserable existencia, la soledad había sido su única amiga. Podía contar con los dedos los momentos en los que se había visto gratificada con la compañía de alguien. Y de todas ellas, no recordaba ninguna vez que hubiera salido bien parada. No, sin duda aquel no era el motivo. Estaba acostumbrada a vagar sola, a enfrentarse a desalmados y rufianes, a luchar día tras día con el hambre, la miseria y esa soledad. Y no siempre salía victoriosa de la contienda, bien que lo sabía ella. Así pues, aquella noche no podía entender sus miedos.</p>
<p>Nunca había sido una persona supersticiosa, la vida en la calle ya era lo bastante difícil como para añadirle complicaciones. Sin embargo, no dejaba de darle vueltas a algo. No conseguía recordar qué absurda causa la había llevado a adentrarse en aquel callejón de muerte. Tantas historias se contaban acerca de aquel lugar… tantas leyendas de aparecidos arrastraba a lo largo de su oscura historia. A pesar de su visión fría y objetiva de la vida, no pudo dejar de pensar en ello con inquietud. ¿Por qué estaba ella allí? ¿Por qué no recordaba el motivo?</p>
<p>Allí, donde tantos otros antes que ella habían penetrado… donde los ancianos contaban que tantos otros no habían regresado jamás. Allí donde se decía que las almas vagaban eternamente y se recreaban en atormentar a los vivos.</p>
<p>            El eco de un gruñido rompió la quietud. Su respiración se detuvo y pudo escuchar sus propios latidos resonando en el callejón. Trató de convencerse de que sólo había sido un gato, había cientos de ellos por las calles. Todos huyendo de ella, todos aterrados por su presencia.</p>
<p>            ¡Cuántas veces había desechado aquellas absurdas historias de aparecidos que había escuchado desde niña! El callejón de la ermita tan sólo era un callejón estrecho, húmedo y pestilente donde deambulaban ratas y gatos… Aquellas historias habían sido creadas siglos atrás para alejar a los merodeadores. Las propias monjas encargadas de la ermita las debieron dejar correr hasta que se convirtieron en un río desbordado y ya nadie se atrevió a frecuentar el lugar. Esa fue su sentencia. Las flores de la capilla ya jamás se cambiaban, las campanas sólo tañían agitadas por los vientos, los goznes de las puertas se oxidaron y descolgaron por falta de cuidados… la imagen de la pequeña ermita era ahora grotesca y siniestra, aquejada como estaba por un completo abandono.</p>
<p>Pero el correr de los años y el terrorífico aspecto del edificio, actuaron como el aire que avivara una hoguera sobre las leyendas e historias de fantasmas. Tanto que ya casi nadie recordaba las raíces de aquellas historias, aquellas que las monjas de la ermita habían sembrado arrastradas por su temor y habían regado gracias a los miedos de los aldeanos.     </p>
<p> Contempló las blancas y desconchadas paredes que irradiaban una luz fantasmagórica. Los pequeños ventanales, con sus cristales rotos y sus rejas oxidadas, parecían observarla y reírse de su temor.  Escuchó con atención los ruidos de la noche. Todo estaba bien. Cuando su corazón adquirió un ritmo casi normal, fue capaz de percatarse de que había detenido sus pasos. ¿Por qué cuando todos sus instintos la instaban a salir corriendo su cuerpo se negaba a obedecer?</p>
<p>            Aspiró hondo y expulsó el aire que había estado conteniendo en los pulmones. Éste salió blanco, casi palpable en la oscuridad. Entonces fue cuando se dio cuenta de que la temperatura había bajado notablemente. Se encogió en su toca de lana desgastada y suspiró. No recordaba que jamás hubiera tenido tanto frío. Era seco y doloroso. Lo sentía recorrer sus extremidades y ahondar en su piel hasta calar sus huesos, hasta congelar el tuétano. Sus dientes castañetearon convulsivamente, azotados por el frío y los nervios.  </p>
<p>            De nuevo un crujido. ¿Otra vez su falda? Hasta donde ella conocía la lana no sonaba como un crujir de huesos. Aquel chirriar siniestro le produjo dentera y debilitó completamente su escasa voluntad de continuar su caminar.</p>
<p>            Sintió como el miedo le congelaba los músculos, ¿o quizás fuera el frío sobrenatural que desde hacía un rato la rodeaba?  Más crujidos a su espalda, demasiado cerca esta vez. Allí donde su cuello deseaba girar y su sentido común le decía que no lo hiciera. Se escuchaban demasiado cercanos para tratar de engañar a su mente. Ahora casi tronaban sus oídos. Pero ella era incapaz de relacionar el ruido con nada que hubiera escuchado antes y aquello fue sin duda más terrible aún. Su mente, adormecida por el terror, se encontró desarrollando una increíble imaginación que jamás había sabido que poseyera. Mil ideas la recorrieron, un millar de posibles explicaciones para todo. Cada una de ellas más terrorífica que la anterior. Y en aquel momento de delirio y espanto, fue capaz de recordar las numerosas leyendas que se escuchaban acerca de ese lugar, las nuevas, pero principalmente las viejas. Aquellas que las monjas habían dejado sueltas para que se extendieran como una plaga de cucarachas.</p>
<p>El callejón de la ermita… el camino de los muertos. Aquellos que habían perdido su vida de manera violenta y aún no eran conscientes de ello, se paseaban por él en una noche eterna en la que la luna jamás brillaba, el frío golpeaba los huesos y la soledad se hacía más terrible que la más terrorífica de las pesadillas. Era allí donde los espíritus clamaban por un resquicio de la vida que habían tenido y no comprendían que habían perdido. Y aquellas almas carentes de cuerpo, caminaban con sus brazos extendidos abrazando a cualquier incauto que se atreviera a acercarse.</p>
<p>            Sus piernas reaccionaron. El momento de vacilar había pasado. El miedo era agudo y terrible, lo bastante como para imbuir de voluntad sus músculos ateridos por el frío y el terror.</p>
<p>            El callejón le parecía eterno. ¿Acaso no había visto ese cubo de basura tres veces ya? Y mientras sus pasos golpeaban los adoquines barnizados de escarcha, un jirón de nube corrió en el cielo a la par de sus piernas. La luna quedó al descubierto, una enorme luna que le pareció extraña y terrorífica. Se sintió pequeña e insignificante bajo aquella inmensa luna. Dentro del caos que era su mente una sombría pregunta se abrió paso en ella: ¿dónde estaba la luz que de aquella terrorífica luna debía irradiar?</p>
<p>            De nuevo sus pies se detuvieron como guiados por una voluntad externa. Su aliento entrecortado creaba nubes de vaho y su corazón acelerado era incapaz de detener su trotar desbocado. Alzó su rostro, pálido como el mármol y se enfrentó a aquella luna sobrenatural que la aterraba inexplicablemente.</p>
<p>            Sus pupilas dilatadas se detuvieron en el rostro de aquella diosa nocturna, más poderosa que el poder mismo. ¿Qué hacía de aquella luna algo tan aterrador? Su luz. ¿Por qué de una luna llena tan inmensa ella era incapaz de rescatar ni un vago destello de luz? ¿Por qué a su alrededor todo era impenetrable negrura y frío?</p>
<p>            Quiso cerrar los ojos y poner en orden sus pensamientos, alejar de ella ese miedo infundado, ese nerviosismo absurdo. Se dijo una y mil veces que todo era una ilusión, producto de su imaginación. La luna era como debía ser, la oscuridad como era la oscuridad en un callejón estrecho, el frío propio de la época… pero sus párpados se negaron a cerrarse, ¿cómo arriesgarse a dejar la visión de lo que estaba por venir? Pero ¿qué estaba por venir? Nada. Se esforzó en pensar que la luna no se burlaba de ella negándole su luz. Que los gatos no huían de su trayectoria. Se repitió una y mil veces que volvería a mirar atrás y no encontraría nada.</p>
<p>            Pero en su cuello sentía un cosquilleo inquietante. Una sensación horrible de querer y no querer. Cómo ansiaba mirar atrás y acabar de una vez con la inquietud… Pero su corazón se paralizaba con tan sólo pensarlo. Y sus instintos le rogaban que lo olvidara, que corriera.</p>
<p>            El corazón dio un salto y se instaló en su garganta cuando aquel chirrido angustioso resonó junto a su oído. Notó como todo el aire que guardaban sus pulmones salía a la inmensa noche. Sus ojos, resecos de tanto tiempo como llevaba sin parpadear, comenzaron a escocer y espesas lágrimas se escurrieron por sus mejillas heladas nublando su vista, ahora que tanto precisaba de ella. Y entonces algo en su mente atormentada le dijo que era tarde, que su tiempo de correr se había acabado, que era hora de pagar su insensatez.</p>
<p>            Crujir de huesos… susurros del viento acariciando su cabello… el frío aliento de algo inhumano besando su mejilla…</p>
<p>            Fue en el preciso instante que lo escuchó cuando su cuello comenzó a moverse con voluntad propia. En ese preciso instante en que debería haber corrido, en aquel momento en que apenas se sentía con fuerzas para gritar…</p>
<p>            Aquella ronca voz que más era un gañido… un suspiro atormentado clamando por un poco de aire… su aire. Y su cabeza que aún seguía girando, aun a sabiendas de que sólo encontraría horror.</p>
<p>            Casi pudo oler la excitación de aquello que aguardaba tras ella… casi pudo saborear el placer de su triunfo. Y mientras ella ya se sentía perdida. Perdida en la fascinación de lo desconocido. Acechada por una pesadilla que no la dejaría despertar… apresada por su propia insensatez…</p>
<p>            Y fue en aquel momento, en aquellos segundos escasos en los que su cuello giraba, cuando las impenetrables brumas de su mente se despejaron y recordó…</p>
<p>            Recordó y ahora sí que temió, pues supo exactamente qué era lo que aguardaba tras ella. Lo supo con tanta seguridad… Entendió que correr no serviría de nada, que no existía lugar en el que pudiera esconderse.</p>
<p>Su alma había intentado huir de lo inevitable y ahora clamaban por ella.  Pero hacía tiempo que no le pertenecía y lo comprendió mucho antes de que su cuello hubiera acabado de girar para enfrentar el horror…</p>
<p>            ¡Horror! Un rostro desfigurado que mostraba terribles grietas y contusiones… La sangre reseca cubría su mitad izquierda en una cascada procedente de su cráneo. Allí la sangre era más espesa, mezclada con una sustancia grisácea y repugnante. Unas manos suplicantes se alargaban anhelantes hacia ella. Sus dedos temblorosos le rozaban el pelo, su aliento helado le congeló la sangre. Y, aquel cuerpo horrible que se arrastraba hacia ella, crujía con aquel terrible sonido. Las extremidades rotas y astilladas luchaban en aquella carcasa inservible, tratando de caminar a su paso produciendo aquel infernal sonido sacado de una pesadilla.</p>
<p>            Pero no lo era. No era un sueño aquello que vivía. Lo presintió mucho antes de haber comenzado a temer… lo supo entonces, mientras su alma era engullida por aquella abominación… Lo supo especialmente cuando miró aquellos ojos vacíos y carentes de vida y se reconoció en ellos. Entendió que todo había acabado mucho antes de comenzar, cuando recordó que su cuerpo ya no estaba entre los vivos cuando comenzó su odisea, cuando supo que aquella terrible criatura que la perseguía era ella misma, caminando tras su propia alma en aquel oscuro callejón de la ermita. El sendero de los muertos que no hallaban descanso.</p>
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			<media:title type="html">Estefanía Jiménez</media:title>
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		<title>CULPABLE</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Jun 2009 17:05:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[  El calor de esta noche de verano acompaña a mi angustia. La tristeza que en mi corazón se está alojando es vecina ya de la ansiedad que habita mi alma. La luna llena fue la culpable. A esta luna llena le reprocho. Ella celosa y envidiosa la causante de mi dolor es. Ella fue [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=154&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> </p>
<p>El calor de esta noche de verano</p>
<p>acompaña a mi angustia.</p>
<p>La tristeza que en mi corazón se está alojando</p>
<p>es vecina ya de la ansiedad que habita mi alma.</p>
<p>La luna llena fue la culpable.</p>
<p>A esta luna llena le reprocho.</p>
<p>Ella celosa y envidiosa</p>
<p>la causante de mi dolor es.</p>
<p>Ella fue la que caprichosa y altanera</p>
<p>de mí te separó.</p>
<p>Ella fue, sí, la que causó  mi dolor.</p>
<p>La luna llena que con tanta belleza y grandeza</p>
<p>tu corazón no pudo robarme</p>
<p>y ahora, como una niña caprichosa,</p>
<p>de mí te aleja sin más,</p>
<p>sin sentir compasión por mi dolor,</p>
<p>sin pensar en mi angustia,</p>
<p>sin comprender siquiera</p>
<p>que también a ti podría doler esto.</p>
<p>No, sin querer saber nada.</p>
<p>Sin importarle nada.</p>
<p>Con su poder te arrastró de mi lado,</p>
<p>para tenernos padeciendo a los dos.</p>
<p>Y que otro remedio nos queda que decirnos adiós.</p>
<p>Decirnos adiós pero sin renunciar a nuestro amor,</p>
<p>porque a pesar de las distancias,</p>
<p>a pesar del tiempo,</p>
<p>a pesar de la luna llena,</p>
<p>nuestros corazones se seguirán amando,</p>
<p>y nuestras almas,</p>
<p>unidas a pesar de las distancias,</p>
<p>se seguirán queriendo por siempre.</p>
<p>Enjuagando sus lágrimas de ansiedad</p>
<p>en los destellos de la luna llena.</p>
<p><strong><em>Estefanía Jiménez</em></strong></p>
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		<title>RENUNCIAR</title>
		<link>http://estefaniajimenez.wordpress.com/2009/06/25/renunciar/</link>
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		<pubDate>Thu, 25 Jun 2009 16:57:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[  Los ojos se me inundan y grabo en  ellos el dolor. ¿Por qué tengo que sufrir si puedo vivir feliz? A veces ni yo lo entiendo, pero sin embargo lloro y sufro por un por qué lejano. En mi amor ahogo mi angustia llegada a mi alma, arrancando y retorciendo con sus manos mis [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=150&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> </p>
<p>Los ojos se me inundan</p>
<p>y grabo en  ellos el dolor.</p>
<p>¿Por qué tengo que sufrir</p>
<p>si puedo vivir feliz?</p>
<p>A veces ni yo lo entiendo,</p>
<p>pero sin embargo lloro y sufro</p>
<p>por un por qué lejano.</p>
<p>En mi amor ahogo mi angustia</p>
<p>llegada a mi alma,</p>
<p>arrancando y retorciendo con sus manos</p>
<p>mis más puros sentimientos,</p>
<p>doliéndome cuando podría vivir feliz.</p>
<p>¡Qué duro es abandonar algo tan bello!</p>
<p>¿Cómo abandonaría un oso su miel?</p>
<p>¿Cómo una abeja su polen?</p>
<p>¿Podría la noche desligarse de su cielo?</p>
<p>Nunca podría ser…</p>
<p>Debí haberlo descubierto a tiempo.</p>
<p>¿Cómo podría yo ser feliz?</p>
<p>Cómo, si ya desde el principio,</p>
<p>como el sol y las estrellas</p>
<p>separados por la aurora,</p>
<p>nos separaba nuestro destino,</p>
<p>ese destino tejido ciegamente,</p>
<p>ahondando en mi pesar.</p>
<p>Recordar, recordar los buenos momentos…</p>
<p>Sentir, sentir que ya están lejos,</p>
<p>que te tuve y que te he dejado marchar.</p>
<p>Cómo vivir así,</p>
<p>no sintiéndolo más.</p>
<p>Sabiendo que como el viento,</p>
<p>dejando su anhelante aliento,</p>
<p>se ha escapado de mis manos.</p>
<p>Sabiendo que el llanto ya es incesable.</p>
<p>Que mi pecho se abrirá.</p>
<p>Que no se volverá a cerrar.</p>
<p>Y que mi alma helada</p>
<p>romperá en silencio y dolor,</p>
<p>apagando la llama que encendiste.</p>
<p>Y que no volverá a prender</p>
<p>hasta que vuelvas</p>
<p>y te sepa sincero,</p>
<p>y te sepa capaz</p>
<p>de avivar el fuego</p>
<p>de derretir mi alma.</p>
<p><strong><em>Estefanía Jiménez</em></strong></p>
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	</item>
		<item>
		<title>LA CIUDAD DE LAS ESPINAS</title>
		<link>http://estefaniajimenez.wordpress.com/2009/06/25/la-ciudad-de-las-espinas/</link>
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		<pubDate>Thu, 25 Jun 2009 10:20:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
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		<description><![CDATA[              En un rincón de mi imaginación, existió hace tiempo una hermosa ciudad. Palpitaba de vida y alegría, y sus habitantes eran personas sencillas, trabajadoras y amistosas con todo el mundo. Al menos la mayoría.             Más allá del río que la bordeaba, se alzaba un imponente palacio. Pocos eran los ciudadanos que habían [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=159&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> </p>
<p>            En un rincón de mi imaginación, existió hace tiempo una hermosa ciudad. Palpitaba de vida y alegría, y sus habitantes eran personas sencillas, trabajadoras y amistosas con todo el mundo. Al menos la mayoría.</p>
<p>            Más allá del río que la bordeaba, se alzaba un imponente palacio. Pocos eran los ciudadanos que habían osado acercarse al lugar, pues se contaban terribles historias acerca de su habitante.</p>
<p>            Stephen, era un príncipe orgulloso y frío, con increíbles dotes para la magia y hambriento de poder. Ser temido por todos era su máximo placer, pues el miedo y el respeto lo hacían sentirse aún más poderoso de lo que ya se sabía. Se aislaba a propósito, siempre estudiando cómo aumentar su magia y poder. Pero lo que en realidad aumentaba era su amargura, pues esa seguridad que parecía sentir Stephen, no era más que una mascarada, ya que algo en su interior lo hacía sentirse incompleto e infeliz.</p>
<p>             Hacía ya muchos años que había abandonado a su maestro, mentor y amigo. Aquel viejo lo había querido como un padre y le había jurado transmitirle todo su saber. Sin embargo,  Stephen no lograba alcanzar la plenitud de poder y seguridad que poseía el anciano.</p>
<p>            La paciencia no era una de las virtudes del joven príncipe. Menos aún ahora que había acariciado el placer que otorgaba el saberse poderoso y superior al resto. Esto le llevó a exigirle a su mentor que le desvelara el secreto de su supremo poder.</p>
<p>            Por toda respuesta, el anciano le regaló un extraño rosal. El joven príncipe quiso saber su misterio, pero el anciano le dijo que, aunque único en el mundo, el rosal carecía de poder mágico, y que la respuesta a su pregunta debía encontrarla él mismo. Stephen se enfureció y se marchó de su lado diciéndole palabras crueles e hirientes.</p>
<p>            Tras muchos años de estudio, aún desconocía el secreto del poder supremo. Ciertamente, el rosal era extraño y hermoso, y ahora crecía libremente en el jardín del palacio, mostrando unas relucientes rosas de plata que se convirtieron en el orgullo y la obsesión de Stephen.</p>
<p>            Una extraña mañana, cuando los habitantes de la ciudad se encontraban en plena actividad diaria, algo ocurrió en el cielo. Comenzó como un extraño crepúsculo. El cielo se vio cubierto por una oscuridad sobrenatural que dejó a la ciudad sumida en las sombras. Todo aquel que miraba al cielo en busca del sol, acababa con su vista gravemente dañada.</p>
<p>            Aquello sólo podía ser cosa de magia y los ciudadanos sintieron pánico a no volver a ver la luz del sol que les daba la vida. No se pararon a pensar demasiado. Sólo supieron culpar al único del que sabían tenía relación con lo sobrenatural, pensando que la oscuridad que habitaba en su corazón había ocultado el sol.</p>
<p>            Así fue como un grupo de ciudadanos, cegados por el miedo y la rabia, se armaron con antorchas y rastrillos, y se dirigieron al palacio de Stephen. Plantados junto a la verja, ni siquiera dieron opción al mago de ofrecer una explicación. Alguien acercó la antorcha a la hiedra y el fuego se extendió en cuestión de segundos.</p>
<p>            Stephen fue rápido con sus hechizos y pudo salvar el palacio, pero nada pudo hacer, a pesar de su poder, por el hermoso jardín. Impotente, fue testigo de la destrucción de su amado rosal de plata. La furia y el odio que lo invadieron fueron inmensos, y, en el preciso instante en que el sol volvía a aparecer en el cielo tras su fugaz unión con la luna, su voz comenzó a tronar en los oídos de todos los ciudadanos clamando venganza. Cada día que transcurriera, él tomaría en prenda algo hermoso de sus vidas, hasta que le entregaran un tesoro que fuera capaz de sustituir en belleza y valor a su rosal de plata. </p>
<p>Los ciudadanos comprendieron horrorizados que habían cometido un  error, pero ninguna frase rogando perdón ablandó el corazón del mago.</p>
<p>            Al principio, todos se movilizaron para dar con un tesoro adecuado a sus exigencias. Cientos fueron los regalos sorprendentes, traídos todos ellos de extrañas y lejanas tierras. Pero él los despreciaba todos con desdén.</p>
<p>            Y así fue como todo lo vital y hermoso fue desapareciendo. Un día fueron las flores, otro la hierba, otro el perfume del campo, los pájaros, la claridad de la mañana… Todo se tornó gris y triste. La gente comenzó a enfermar de tristeza y melancolía, nada les motivaba a seguir viviendo. Los niños no cesaban de llorar y ya nada crecía en los alrededores.</p>
<p>            Una noche, venciendo el temor, una muchacha llamada Aria, se presentó a las puertas de Stephen, suplicándole ser escuchada. Su padre, como otros muchos, estaba muy enfermo y necesitaba agua y plantas medicinales. El príncipe se sintió intrigado por la valentía de la joven y decidió recibirla.</p>
<p>             Le bastó una sola mirada para sentirse cautivado por la belleza de la mujer que, aunque demacrada y triste, brillaba con más intensidad que las propias estrellas. Entonces tomó su decisión ante el horror de la muchacha: la escogía a ella. Pero puso una condición. Por cada sonrisa verdadera que viera en sus labios, él devolvería algo a la ciudad. Pero, por cada lágrima que ella derramara, un rosal sin flores, sólo de espinas, crecería en la ciudad.</p>
<p>             Aria trató de ser fuerte. Pero en el palacio del príncipe se sentía desgraciada. Temía por sus padres ya ancianos y por sus vecinos que vivían en la miseria mientras que a ella se la colmaba de lujos. Así su sufrimiento se tradujo en llanto, y en pocos días, en la ciudad apenas sí había un espacio libre de espinas por el que transitar.</p>
<p>             Pero algo comenzó a cambiar en el corazón de Stephen. Ya no sentía deseos de castigar a nadie, y sólo vivía por ver sonreír a la muchacha. Sintió que cada lágrima de ella era como una espina clavada en su propio corazón. Deseó con todas sus fuerza aliviar su dolor y se esforzó por hacerla feliz. Poco a poco, comenzó a recaudar sonrisas verdaderas, tantas, que la ciudad acabó adquiriendo una belleza superior a la de antes.</p>
<p>             Aria descubrió entonces que se había enamorado de él. Completamente segura de ser correspondida en su sentimiento, confesó su amor a Stephen y selló sus palabras con un beso.</p>
<p>            Tanto había deseado él aquel beso, tan fuerte fue el sentimiento que experimentó, que todo su poder y su fuerza se tambalearon en un instante, y sintió algo que hasta entonces desconocía: miedo. Cobardemente, culpó de esa inseguridad a la persona que menos culpa tenía de todo, y, utilizando terribles palabras, expulsó a Aria de su lado.</p>
<p>             Ella, destrozada, desapareció de su vida, y, aunque el hechizo de las espinas se había roto hacía tiempo, éstas volvieron a brotar y a cubrirlo todo, testigos del dolor de la muchacha.   </p>
<p>            En el palacio ocurrió algo similar. Todo se volvió oscuro, triste y sin vida. El dolor de Stephen no era menor al de Aria.</p>
<p>            Los días transcurrieron y el mago sintió que su vida se escapaba con cada minuto que permanecía alejado de Aria.  Se dio cuenta de que, todo el poder y el orgullo, eran nada en comparación con aquellos hermosos momentos que había vivido junto a ella. Así pues, una mañana no aguantó más y corrió en busca de la muchacha.</p>
<p>            La buscó y buscó sin éxito durante semanas. Nadie supo darle ninguna pista sobre su paradero y él sintió que su vida se deshacía en el dolor. Con el alma destrozada y perdida toda esperanza, cayó de rodillas junto al río donde lloró durante horas, regando un hermoso rosal silvestre con sus propias lágrimas. Sólo cuando los rayos del sol de la mañana incidieron sobre el rosal, descubrió que éste era de oro puro y su brillo tan radiante como la sonrisa de Aria.</p>
<p>              No entendió qué alquimia o magia habían obrado tal milagro, pero sí entendió que aquella era Aria, transformada en rosal de oro a causa del dolor que él mismo le había causado. Caminó y caminó alrededor del hermoso rosal sin dejar de derramar lágrimas de arrepentimiento y desesperación. ¡Con todo el poder que había creído poseer y ahora se sentía incapaz de revertir aquel terrible hechizo de desamor!</p>
<p>             Su llanto y sus gritos atrajeron a todo el pueblo que contemplaron con pesar como aquel joven poderoso y altanero se derrumbaba por el dolor y la impotencia. Mil veces acudió a ellos suplicando ayuda, pero nadie pudo ayudarle.</p>
<p>             La sangre bañaba su cuerpo hermoso cada vez que trataba de abrazar el rosal, ansioso por encontrar el calor perdido de ella. Fue entonces y sólo entonces, cuando por fin fue capaz de comprender el secreto de su maestro. Aquel que hacía a un hombre poderoso y pleno. Una vida sin amargura, sin orgullo, una vida en la que el amor fuera lo más importante. Ese era el secreto que a él, consumido por la ambición, se le había escapado.  Él lo había tenido en sus manos y lo había dejado escapar.</p>
<p>A aquella ciudad se la comenzó a conocer desde entonces como “La Ciudad de las Espinas”, a pesar de que ya jamás volvieron a crecer espinas en sus calles llenas de vida y color.</p>
<p>A orillas del río que bordeaba esa hermosa ciudad, se alzaban imponentes dos deslumbrantes rosales. Uno era de oro puro y otro de la plata más fina. Ambos se abrazaban para toda la eternidad, bajo un cielo testigo de un amor más allá de las normas de la magia ni la naturaleza. Sol y luna unidos en un tesoro único e inmortal que los ciudadanos custodiaron por los siglos de los siglos.</p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>FIN</strong></p>
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			<media:title type="html">Estefanía Jiménez</media:title>
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		<title>LEJANO</title>
		<link>http://estefaniajimenez.wordpress.com/2009/06/24/lejano/</link>
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		<pubDate>Wed, 24 Jun 2009 16:47:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
				<category><![CDATA[POESÍA]]></category>
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		<description><![CDATA[Susúrrame al oído. Háblame con suavidad. Háblame y acaríciame. Déjame sentir tus manos frías. Permite que las sienta explorar mi cabello y con sigilo abrazarme sin más. ¡Ay, quién fuera tan libre como tú, viento! ¡Ay, quién tú fuera! Ojalá me fundieras en una caricia y junto a ti volar pudiera. En tus brazos me [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=146&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Susúrrame al oído.</p>
<p>Háblame con suavidad.</p>
<p>Háblame y acaríciame.</p>
<p>Déjame sentir tus manos frías.</p>
<p>Permite que las sienta explorar mi cabello</p>
<p>y con sigilo abrazarme sin más.</p>
<p>¡Ay, quién fuera tan libre</p>
<p>como tú, viento!</p>
<p>¡Ay, quién tú fuera!</p>
<p>Ojalá me fundieras en una caricia</p>
<p>y junto a ti volar pudiera.</p>
<p>En tus brazos me mecieras</p>
<p>y me susurraras lentamente.</p>
<p>Ves que difícil es amarte, viento.</p>
<p>Es muy difícil tenerte</p>
<p>porque aunque estés junto a mí</p>
<p>te siento lejos.</p>
<p>Al contrario estoy con él</p>
<p>podría yo amarle,</p>
<p>pero todo nos separa.</p>
<p>Nos separan las montañas.</p>
<p>Nos separan las distancias.</p>
<p>Nos separas tú, viento.</p>
<p><strong><em>Estefanía Jiménez</em></strong></p>
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			<media:title type="html">Estefanía Jiménez</media:title>
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		<title>VERDUGO</title>
		<link>http://estefaniajimenez.wordpress.com/2009/06/21/verdugo/</link>
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		<pubDate>Sun, 21 Jun 2009 17:23:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
				<category><![CDATA[POESÍA]]></category>
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		<description><![CDATA[Ojalá llegue pronto el día en que no se escriban poemas como éste en honor a ninguna mujer.   Ni siquiera la nieve pobló su rostro al completo. Fueron tantos los lirios que florecían aún en su cuerpo muerto. Los ojos ya cerrados reflejan los signos del sufrimiento. Sus labios por siempre sellados ya no [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=137&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>Ojalá llegue pronto el día en que no se escriban poemas como éste en honor a ninguna mujer.</em></strong></p>
<p><strong><em> </em></strong></p>
<p>Ni siquiera la nieve</p>
<p>pobló su rostro al completo.</p>
<p>Fueron tantos los lirios</p>
<p>que florecían aún</p>
<p>en su cuerpo muerto.</p>
<p>Los ojos ya cerrados</p>
<p>reflejan los signos del sufrimiento.</p>
<p>Sus labios por siempre sellados</p>
<p>ya no suspiran,</p>
<p>ya no hay aliento.</p>
<p>Por siempre callada.</p>
<p>Eternamente en silencio.</p>
<p>Injusto destino,</p>
<p>un castigo sin delito.</p>
<p>Juzgada y castigada</p>
<p>sin ley humana,</p>
<p>sólo un sentimiento maldito.</p>
<p>Extraño amor.</p>
<p>No le tembló la mano.</p>
<p>Jamás sintió compasión.</p>
<p>Pero mientras su vida se quebraba,</p>
<p>el verdugo lloró.</p>
<p><strong><em>Estefanía Jiménez</em></strong></p>
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		<item>
		<title>¿ÁNGEL?</title>
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		<pubDate>Sat, 20 Jun 2009 17:16:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>estefaniajimenez</dc:creator>
				<category><![CDATA[RELATOS]]></category>
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		<description><![CDATA[&#8230; cuando los sueños hermosos se convierten en terribles pesadillas&#8230; Sonámbulo. Como una sombra más de aquella noche helada. Como un rayo más de aquella luna vigía. El camino empedrado se hacía la más alta montaña a mis pasos torpes y desvalidos. Mi caminar cansino, traducción del peso en mi alma.             Aquella bóveda nocturna, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=estefaniajimenez.wordpress.com&amp;blog=8000414&amp;post=134&amp;subd=estefaniajimenez&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>&#8230; cuando los sueños hermosos se convierten en terribles pesadillas&#8230;</em></strong></p>
<p>Sonámbulo. Como una sombra más de aquella noche helada. Como un rayo más de aquella luna vigía. El camino empedrado se hacía la más alta montaña a mis pasos torpes y desvalidos. Mi caminar cansino, traducción del peso en mi alma.</p>
<p>            Aquella bóveda nocturna, atenta a mi terrible tormento, parecía sonreír desde su trono de diamantes.  Los sonidos del silencio atronaban mis oídos. Todo era ruido estentóreo si no tenía el eco de su voz, todo era brumas, putrefacción y hastío, si no existía la sombra de su ser.</p>
<p>            El río, aquel que junto a ella me había parecido hermoso y perfumado, me resultaba hediondo y horrible, con aguas negras y pútridas cuan mortajas azabache que envolvieran la vida vibrante para arrastrarla al olvido para siempre. Ni siquiera la enormidad de la diosa del firmamento lograba otorgar luz a aquella terrible oscuridad que mi pesar acrecentaba. Las aguas eran negras, el olor repulsivo, el silencio terrible…</p>
<p>            Y supe entonces, allí en el puente empedrado, junto a las estatuas guardianas, que no era sino yo el que corrompía el mundo. Que no era sino mi mente atormentada la que  mancillaba la belleza de Cibeles. Que jamás volvería a brillar el sol para mí, que jamás encontraría la beldad en la luna, que jamás me embriagaría con el perfume del amor. Que sin ella ya en el mundo la belleza estaba vacía.</p>
<p>            El río… corría silencioso, en ese silencio estruendoso a mis oídos castigados por su ausencia. Sus aguas de la profundidad del abismo abierto en mi alma, su frialdad, más templada que el helor en mis venas… Quise ser río, correr libre de mi tormento, fundirme con las rocas resbaladizas, nadar junto a los sueños de un millar de enamorados, junto a los miedos de los moribundos, junto al terror de los desesperados. Limpiar la desesperación que era mi dueña, romper las cadenas que ella me había forjado, pulir el óxido que impedía  que las soltara, que impedía mi liberación.</p>
<p>            Cerré los ojos, aspire el aire de la noche  que no satisfacía mi asfixia, saboreé aquel sabor del ambiente que antes había amado. Un frío terrible recorrió mis miembros, un escalofrío de muerte sacudió mi corazón tan fuerte que me sentir caer… caer… y…</p>
<p>            …y los olores se tornaron perfume, el silencio paz. Abrí mis ojos extrañado y el paisaje se me presentó hermoso… tan amado… tan hermoso. Las aguas del río deambulaban plácidas, brillantes bajo la luna.</p>
<p>            Una lágrima resbaló hacia el río, creando círculos de espuma brillante, deslumbrantes junto a las luces de la noche. Volví mi rostro sobresaltado. Allí, a tan sólo unos pasos de mí creí divisar a la mismísima Nut. Hermosura en esencia pura. Su cabellera era ébano de seda, su piel el nácar de Venus, sus ojos dos astros de plata líquida que derramaban su pena a las aguas. Aquella boca, la respuesta a cualquier incógnita sobre la sabiduría de la naturaleza, símbolo de la perfección. Campo de amapolas en el que gustoso me habría tumbado para perderme por siempre en su perfume adictivo, en su embriagador sopor.</p>
<p>            Aquella embrujadora figura, envuelta en satén blanco, brillaba en el puente con un haz cegador e hipnótico, llegando a eclipsar la luz de la noche, de tal modo que el reflejo de la luna en las aguas se veía como una tenue diadema de luz que la coronara.</p>
<p>            Aquel rostro perfecto, competía y ganaba con creces los de las virginales estatuas que la miraban celosas desde sus pedestales. Pero una tristeza desoladora lo cubría, como una capa suave de maquillaje que realzara aún más su hermosura, pero no se cubría su rostro de la blancura del artificio, sino del terrible mármol del dolor.</p>
<p>            Mis pasos se hicieron ágiles al fin, mi cuerpo pareció volar hasta ella. Quise extender mis brazos, estrecharla en la paz que yo quería brindarle, limpiar aquel dolor con el jabón de mis besos, secar su llanto con el suave lienzo de mis caricias. Pero una mirada suya me detuvo. Sus ojos se tornaron diamantes, bellos y fríos. Su dolor era ahora… ¿odio? ¡Odio hacia mí! Yo que ya la amaba, yo que ansiaba arrancar su sufrimiento con mi propio dolor si fuera preciso. Y sus manos se alzaron crispadas hacia mí, la dulzura de su piel convertida en el arma más eficaz.</p>
<p>            Sacudí mi cabeza sin comprender. No podía entender aquella reacción en aquel ángel. ¿Por qué de repente sentía rencor hacía mí? ¿Por qué su belleza se tornaba líquida y helada como las aguas del río, por qué oscura y siniestra como la mortaja de mi alma?</p>
<p>            Y de repente su expresión de odio cambió. Bajó sus manos a sus caderas.  Percibió mi desconcierto, me contempló con curiosidad, me observó, me analizó y finalmente me sonrió.</p>
<p>            Pero aquella sonrisa no estaba destinada a darme calor, por el contrario me fulminó. Era la sonrisa de la crueldad, de la más oscura satisfacción en el dolor, era la sonrisa del diablo…</p>
<p>            Involuntariamente di un paso atrás. El puente me pareció demasiado corto ahora, ni todo el espacio del firmamento me serviría para poner distancia entre los dos. Separó sus deseables labios y mostró unos finos y blanquísimos dientes al ensanchar su sonrisa terrible. Con un delicado gesto de su cabeza señaló el río, abajo, en las oscuras aguas…</p>
<p>            No vi nada. Las nubes ensombrecían la luna entonces, todo era oscuridad. Volví a fijar mi vista en ella rápidamente, temeroso de no controlar sus movimientos. Ella clavó sus enormes y crueles ojos en mi y un destelló carmesí pareció iluminarlos por un instante.</p>
<p>-¡Vaya, ya no serás para mí! –encogió sus delicados hombros en un gesto de resignación y su sonrisa se tornó traviesa mientras volvía a señalar las profundidades del río.</p>
<p>            Las nubes desnudaron despacio a la luna arriba en el cielo, las aguas negras se vistieron de su luz. Y al fin lo ví… y al volver mi rostro desencajado a la mujer la vi evaporarse en las sombras como también lo hacían las ligaduras que me ataban a esta vida de la que horas antes deseaba marcharme. Pero ahora, allí, junto al puente, vigilado por las estatuas, al contemplar mi cadáver arrastrado por las aguas heladas, mi chaqueta flotando junto a mi cabello desmadejado, mis brazos otrora fuertes, moviéndose al son de la música de la noche en una danza acompasada con las aguas, la escasa dependencia que me amarraba a esta que ya no era mi vida, me desgarraba un pecho que ya no existía y me mostraba un dolor que ya no era más que ilusorio. Dolor por perder lo que yo había rechazado.</p>
<p>            Ahora veía marchar mi cuerpo sin vida con unos ojos que no lograba comprender de dónde venían. Y sufría irremediablemente por esa vida de la que había sido incapaz de hacerme dueño, por esa felicidad que había alejado de mi lado cerrando las puertas a todo resquicio de luz al sumirme en mis propias sombras.</p>
<p>            Y mientras aquel que era yo, un fantasma sin rumbo, vagando en un limbo de eternidad en donde sólo cabía ya lugar al arrepentimiento, perseguía la sombra de lo que fue mi cuerpo arrastrado por la corriente, siendo consciente del transcurrir del tiempo. Lo que antaño fue un cuerpo con el que reí, sufrí, amé, odié, gocé, sentí… ahora tan sólo era una carcasa vacía, sintiendo el azote de los elementos, consumiéndose en sus propios vapores de putrefacción, nadando con las sombras de lo que antaño fue una vida plena que rechazó.</p>
<p>            Pienso a menudo, en mi viaje sin final, en aquella figura hermosa que por un instante amé y al segundo temí. ¿Quién sería aquella imagen de la perfección? ¿Quién aquel ángel tornado demonio? Y mi mente, que ya no existe y no es más que un fuego fatuo de lo que ansío y ya jamás recuperaré, me dice que es posible escapar al diablo. Que ella era el mismo ángel caído que venía a hacerse fuerte en mi dolor, que venía a comer de las pústulas de mi alma destrozada, a torturarme con su hermosura dolorosa para después reforzar esas cadenas que me habían llevado a abandonar mi vida al cuidado de las aguas. Fundirlas con mi propia piel para ya jamás volver a sentir la vida, para no volver a conocer la paz.</p>
<p>            Así este vano fantasma en el que, dado a mi estupidez me he convertido, entre las lágrimas y la amargura de mi patética existencia, aún guardo una sonrisa burlona para aquella criatura del Amenti que vino en la noche de la desolación a esclavizar mi alma.</p>
<p>            Aun en mi triste viaje sin retorno, soy capaz de reírme de aquella beldad de Satán de la que supe escapar. Es posible huir de las garras del mal. Es posible burlar al ángel de la muerte, es posible si te condenas tú mismo, si tú te conviertes en tu propia Parca, si tú mismo cortas los hilos. A pesar del largo deambular… a pesar de que ahora mi angustia jamás menguará. De que busqué la muerte para volver a encontrar a aquella amada a la que había perdido, y encontré la soledad más siniestra y fría, condenado a vagar sin rumbo para toda la eternidad.</p>
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