LA CIUDAD DE LAS ESPINAS

junio 25, 2009 at 10:20 am (INFANTIL) (, , , , , , , , , , , , , , , )

 

            En un rincón de mi imaginación, existió hace tiempo una hermosa ciudad. Palpitaba de vida y alegría, y sus habitantes eran personas sencillas, trabajadoras y amistosas con todo el mundo. Al menos la mayoría.

            Más allá del río que la bordeaba, se alzaba un imponente palacio. Pocos eran los ciudadanos que habían osado acercarse al lugar, pues se contaban terribles historias acerca de su habitante.

            Stephen, era un príncipe orgulloso y frío, con increíbles dotes para la magia y hambriento de poder. Ser temido por todos era su máximo placer, pues el miedo y el respeto lo hacían sentirse aún más poderoso de lo que ya se sabía. Se aislaba a propósito, siempre estudiando cómo aumentar su magia y poder. Pero lo que en realidad aumentaba era su amargura, pues esa seguridad que parecía sentir Stephen, no era más que una mascarada, ya que algo en su interior lo hacía sentirse incompleto e infeliz.

             Hacía ya muchos años que había abandonado a su maestro, mentor y amigo. Aquel viejo lo había querido como un padre y le había jurado transmitirle todo su saber. Sin embargo,  Stephen no lograba alcanzar la plenitud de poder y seguridad que poseía el anciano.

            La paciencia no era una de las virtudes del joven príncipe. Menos aún ahora que había acariciado el placer que otorgaba el saberse poderoso y superior al resto. Esto le llevó a exigirle a su mentor que le desvelara el secreto de su supremo poder.

            Por toda respuesta, el anciano le regaló un extraño rosal. El joven príncipe quiso saber su misterio, pero el anciano le dijo que, aunque único en el mundo, el rosal carecía de poder mágico, y que la respuesta a su pregunta debía encontrarla él mismo. Stephen se enfureció y se marchó de su lado diciéndole palabras crueles e hirientes.

            Tras muchos años de estudio, aún desconocía el secreto del poder supremo. Ciertamente, el rosal era extraño y hermoso, y ahora crecía libremente en el jardín del palacio, mostrando unas relucientes rosas de plata que se convirtieron en el orgullo y la obsesión de Stephen.

            Una extraña mañana, cuando los habitantes de la ciudad se encontraban en plena actividad diaria, algo ocurrió en el cielo. Comenzó como un extraño crepúsculo. El cielo se vio cubierto por una oscuridad sobrenatural que dejó a la ciudad sumida en las sombras. Todo aquel que miraba al cielo en busca del sol, acababa con su vista gravemente dañada.

            Aquello sólo podía ser cosa de magia y los ciudadanos sintieron pánico a no volver a ver la luz del sol que les daba la vida. No se pararon a pensar demasiado. Sólo supieron culpar al único del que sabían tenía relación con lo sobrenatural, pensando que la oscuridad que habitaba en su corazón había ocultado el sol.

            Así fue como un grupo de ciudadanos, cegados por el miedo y la rabia, se armaron con antorchas y rastrillos, y se dirigieron al palacio de Stephen. Plantados junto a la verja, ni siquiera dieron opción al mago de ofrecer una explicación. Alguien acercó la antorcha a la hiedra y el fuego se extendió en cuestión de segundos.

            Stephen fue rápido con sus hechizos y pudo salvar el palacio, pero nada pudo hacer, a pesar de su poder, por el hermoso jardín. Impotente, fue testigo de la destrucción de su amado rosal de plata. La furia y el odio que lo invadieron fueron inmensos, y, en el preciso instante en que el sol volvía a aparecer en el cielo tras su fugaz unión con la luna, su voz comenzó a tronar en los oídos de todos los ciudadanos clamando venganza. Cada día que transcurriera, él tomaría en prenda algo hermoso de sus vidas, hasta que le entregaran un tesoro que fuera capaz de sustituir en belleza y valor a su rosal de plata. 

Los ciudadanos comprendieron horrorizados que habían cometido un  error, pero ninguna frase rogando perdón ablandó el corazón del mago.

            Al principio, todos se movilizaron para dar con un tesoro adecuado a sus exigencias. Cientos fueron los regalos sorprendentes, traídos todos ellos de extrañas y lejanas tierras. Pero él los despreciaba todos con desdén.

            Y así fue como todo lo vital y hermoso fue desapareciendo. Un día fueron las flores, otro la hierba, otro el perfume del campo, los pájaros, la claridad de la mañana… Todo se tornó gris y triste. La gente comenzó a enfermar de tristeza y melancolía, nada les motivaba a seguir viviendo. Los niños no cesaban de llorar y ya nada crecía en los alrededores.

            Una noche, venciendo el temor, una muchacha llamada Aria, se presentó a las puertas de Stephen, suplicándole ser escuchada. Su padre, como otros muchos, estaba muy enfermo y necesitaba agua y plantas medicinales. El príncipe se sintió intrigado por la valentía de la joven y decidió recibirla.

             Le bastó una sola mirada para sentirse cautivado por la belleza de la mujer que, aunque demacrada y triste, brillaba con más intensidad que las propias estrellas. Entonces tomó su decisión ante el horror de la muchacha: la escogía a ella. Pero puso una condición. Por cada sonrisa verdadera que viera en sus labios, él devolvería algo a la ciudad. Pero, por cada lágrima que ella derramara, un rosal sin flores, sólo de espinas, crecería en la ciudad.

             Aria trató de ser fuerte. Pero en el palacio del príncipe se sentía desgraciada. Temía por sus padres ya ancianos y por sus vecinos que vivían en la miseria mientras que a ella se la colmaba de lujos. Así su sufrimiento se tradujo en llanto, y en pocos días, en la ciudad apenas sí había un espacio libre de espinas por el que transitar.

             Pero algo comenzó a cambiar en el corazón de Stephen. Ya no sentía deseos de castigar a nadie, y sólo vivía por ver sonreír a la muchacha. Sintió que cada lágrima de ella era como una espina clavada en su propio corazón. Deseó con todas sus fuerza aliviar su dolor y se esforzó por hacerla feliz. Poco a poco, comenzó a recaudar sonrisas verdaderas, tantas, que la ciudad acabó adquiriendo una belleza superior a la de antes.

             Aria descubrió entonces que se había enamorado de él. Completamente segura de ser correspondida en su sentimiento, confesó su amor a Stephen y selló sus palabras con un beso.

            Tanto había deseado él aquel beso, tan fuerte fue el sentimiento que experimentó, que todo su poder y su fuerza se tambalearon en un instante, y sintió algo que hasta entonces desconocía: miedo. Cobardemente, culpó de esa inseguridad a la persona que menos culpa tenía de todo, y, utilizando terribles palabras, expulsó a Aria de su lado.

             Ella, destrozada, desapareció de su vida, y, aunque el hechizo de las espinas se había roto hacía tiempo, éstas volvieron a brotar y a cubrirlo todo, testigos del dolor de la muchacha.   

            En el palacio ocurrió algo similar. Todo se volvió oscuro, triste y sin vida. El dolor de Stephen no era menor al de Aria.

            Los días transcurrieron y el mago sintió que su vida se escapaba con cada minuto que permanecía alejado de Aria.  Se dio cuenta de que, todo el poder y el orgullo, eran nada en comparación con aquellos hermosos momentos que había vivido junto a ella. Así pues, una mañana no aguantó más y corrió en busca de la muchacha.

            La buscó y buscó sin éxito durante semanas. Nadie supo darle ninguna pista sobre su paradero y él sintió que su vida se deshacía en el dolor. Con el alma destrozada y perdida toda esperanza, cayó de rodillas junto al río donde lloró durante horas, regando un hermoso rosal silvestre con sus propias lágrimas. Sólo cuando los rayos del sol de la mañana incidieron sobre el rosal, descubrió que éste era de oro puro y su brillo tan radiante como la sonrisa de Aria.

              No entendió qué alquimia o magia habían obrado tal milagro, pero sí entendió que aquella era Aria, transformada en rosal de oro a causa del dolor que él mismo le había causado. Caminó y caminó alrededor del hermoso rosal sin dejar de derramar lágrimas de arrepentimiento y desesperación. ¡Con todo el poder que había creído poseer y ahora se sentía incapaz de revertir aquel terrible hechizo de desamor!

             Su llanto y sus gritos atrajeron a todo el pueblo que contemplaron con pesar como aquel joven poderoso y altanero se derrumbaba por el dolor y la impotencia. Mil veces acudió a ellos suplicando ayuda, pero nadie pudo ayudarle.

             La sangre bañaba su cuerpo hermoso cada vez que trataba de abrazar el rosal, ansioso por encontrar el calor perdido de ella. Fue entonces y sólo entonces, cuando por fin fue capaz de comprender el secreto de su maestro. Aquel que hacía a un hombre poderoso y pleno. Una vida sin amargura, sin orgullo, una vida en la que el amor fuera lo más importante. Ese era el secreto que a él, consumido por la ambición, se le había escapado.  Él lo había tenido en sus manos y lo había dejado escapar.

A aquella ciudad se la comenzó a conocer desde entonces como “La Ciudad de las Espinas”, a pesar de que ya jamás volvieron a crecer espinas en sus calles llenas de vida y color.

A orillas del río que bordeaba esa hermosa ciudad, se alzaban imponentes dos deslumbrantes rosales. Uno era de oro puro y otro de la plata más fina. Ambos se abrazaban para toda la eternidad, bajo un cielo testigo de un amor más allá de las normas de la magia ni la naturaleza. Sol y luna unidos en un tesoro único e inmortal que los ciudadanos custodiaron por los siglos de los siglos.

 

FIN

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1 comentario

  1. Regalos: LA CIUDAD DE LAS ESPINAS para regalar LA CIUDAD DE LAS ESPINAS dijo:

    [...] todo lo vital y hermoso fue desapareciendo. Un día fueron las flores, otro la hierba, …Ver el regalo o el artículo originalhttp://estefaniajimenez.wordpress.com/2009/06/25/la-ciudad-de-las-espinas/LA CIUDAD DE LAS [...]

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