Todas las puertas se cerraron a la vez haciendo ese ruido atronador tan terriblemente familiar. Era en esos momentos cuando uno realmente se sentía carente de libertad. Pronto todo se quedaría a oscuras y no había otro remedio que tumbarse en la cama e intentar dormir. Aquello a veces era un alivio, pues uno siempre estaba deseando que pasara el tiempo lo más rápidamente posible allí dentro.
Pero, cuando no estabas lo suficientemente cansado para caer dormido en el acto, aquellas horas antes de conciliar el sueño podían ser realmente terribles. Dicen que es por la noche cuando te asaltan los pensamientos más pesimistas. La verdad es que cuando estás en prisión con una pena por cumplir, y eres joven además, la mente no está por la labor de ofrecerte imágenes demasiado positivas para alegrarte la vida.
Sólo llevaba un mes allí, y todos le habían dicho que con el tiempo se acostumbraría. Pero él no dejaba de llorar en esas horas terribles. Sin embargo no lloraba por la libertad perdida; para él hacía años que ya no existía. Añoraba su pasado, aquel que jamás regresaría. Tan solo le quedaban sus recuerdos, vagos resquicios de momentos felices.
Con los ojos cerrados pudo recordar cuando el miedo no lo atormentaba. Hacía años había poseído un gran poder. Uno que nadie más poseía: era capaz de hacer sus sueños realidad. Pero eso había sido antes de que el miedo se alojara en su cuerpo, porque el miedo trae malos pensamientos, y los sueños se vuelven pesadillas con los malos pensamientos.
Así fue como todo comenzó. Tuvo miedo cuando vio a su madre con el camisón empapado de sangre, caminando por la destrozada cornisa de su apartamento en el décimo piso. Deseó que entrara pero… tuvo miedo… ella cayó.
Sintió pánico tantas veces cuando su padre regresaba borracho y lo buscaba… deseó tanto desaparecer. Pero pocas veces lograba hacer sus sueños realidad entonces. Después, tumbado en la cama molido por los golpes, recordaba impotente como antaño había logrado sus sueños al desearlos.
Y el día que más miedo sintió, aquel que el pánico logró enajenarlo, esos sueños se convirtieron en terribles y crueles deseos. ¿Por qué en aquel momento su poder sí había funcionado? ¿Por qué cuando el miedo pesaba tanto, sus sueños sí se hicieron realidad?
Su padre había sido la víctima de su poder. Había deseado con todas sus fuerzas que los golpes cesaran, que su padre sufriera por mil el dolor que él padecía. Cuando su cuerpo se desangraba en la cocina con aquel enorme cuchillo en el cuello, fue incapaz de sentir lástima. Sólo sentía rabia y odio.
Ahora, tumbado en su desmadejado catre en la prisión de menores, no podía controlar las lágrimas. Y era incapaz de entender por qué no lloró entonces, cuando su padre extendía las manos desesperado hacia él.
Lloraba por todos los recuerdos felices de ayer, aquellos que jamás volverían. Por su pobre madre que tanto había llorado antes que él, tanto que buscó una desesperada liberación en la muerte. Incluso lloró por su padre. A pesar de tanto daño como les había hecho a ambos…era su padre.
Pero especialmente lloraba por todos esos deseos que habría podido obtener si no hubiera perdido su magnífico don. Aquellos sueños maravillosos que lo habrían llevado hacia un iluminado camino de felicidad. En lugar de ello, el miedo se había adueñado de su cuerpo y su alma estaba pútrida. Ahora sus sueños eran pesadillas y sus deseos muerte. En lugar de caminar feliz con sus seres queridos, estaba allí penando, en una oscura celda, acompañado por un muchacho tuerto apodado “el Lupa”.
Observó la silueta de su compañero. Su respiración era regular y sus ronquidos suaves revelaban un sueño tranquilo.
También él deseó poder soñar de nuevo. Cerró sus ojos y aspiró el tórrido aire de la celda. Sacudió su cabeza y se esforzó un poco más. Aquella noche lograría volver a soñar, alcanzaría ese mundo de sueños que desde hacía tanto se le resistía. Pronto lograría rozar con sus dedos todos los hermosos deseos reprimidos dentro de su corazón…
Nadie se extrañó demasiado por la suerte de aquel triste y débil muchacho. Algunos presos curiosos se agolparon en la puerta de la celda. “El Lupa” explicaba a todo aquel que quisiera escucharlo, que había intentado despertar al chico y al sacudirlo se había dado cuenta de que estaba “tieso”.
¿Cuáles fueron las pesadillas que poblaron su mente aquella noche? ¿Tan terribles le resultaron que no sintió deseos de seguir luchando?
Tal vez por el contrario, el miedo desapareciera por fin de su corazón. Quizás, después de tanto tiempo de sufrimiento, fue capaz de encontrar esos sueños perdidos largo tiempo atrás. Buscó en lo más profundo de su alma y encontró su más ansiado deseo, aquel que con más fuerza necesitaba hacer realidad.
¿Quién podría negarle ahora que tenía el don de hacer realidad sus deseos? Cuántas veces en todos aquellos días de dolor y agonía, no habría soñado aquel infeliz con recibir la muerte.



LOS ECOS DE VUESTRAS VOCES