“Ahora soy capaz de volar allá donde el viento me lleve. Miro abajo y rio al ver a los hombres pelear por absurdos. Sin embargo, mi sonrisa está bañada en lágrimas por el tesoro de libertad que ellos jamás conocerán”
Sus largos cabellos cobrizos bailaban en una danza alocada acariciados por el juego travieso del viento, cuyos dedos helados arrancaba escalofríos de su espalda semidesnuda. Su falda hecha jirones acompañaba su carrera desesperada a través de los senderos de matorrales salvajes en el bosque. Su amado bosque…
Ni siquiera las lágrimas lograban ahora borrar la visión de aquellas vívidas imágenes que se agolpaban en sus ojos cristalinos. Su corazón trotaba en el pecho animado por el miedo, la carrera y los sentimientos de dolor.
¿Qué sentido tenía correr? Ninguno cuando aún en su nariz sentía el olor nauseabundo del humo y la carne quemada. Jamás escaparía de aquello por muy deprisa que sus fuertes piernas la llevaran.
Especialmente allí, en el claro, donde podía escuchar los gritos del bosque, el llanto de los espíritus, impotentes, clamando desde el mundo más allá. Los alaridos de los árboles violados, las plantas arrasadas, las vidas sesgadas…
Su mente había sido incapaz de asumir ese horror, no había dado crédito a lo que otros contaban desde sus castros. Ellos que jamás había perturbado la calma de lo que crecía con libertad, ellos que siempre habían estado dispuestos a abrazar a todos cuantos acudieran a sus humildes hogares de techos de paja.
Y de repente llegaron aquellos extranjeros, de metálicas corazas y cascos, portando hermosas lanzas y arcos, a lomos de preciosos caballos cuya libertad había sido robada hacía siglos. Traían lo que llamaron el mensaje de amor y paz al mundo entero, la palabra del más grande entre los hombres.
La paz era lo que ellos más amaban. La convivencia con todas las criaturas del mundo que la naturaleza les había entregado. El amor al río, al árbol, al ciervo, el perro, la serpiente… el respeto al rayo, la tormenta, la lluvia, el gran sol, la diosa luna… Y sobre todo el amor libre a todos los hombres, mujeres y niños.
Pero los extranjeros se sintieron horrorizados de su sencilla forma de vida. Vieron con horror tanto amor. No entendieron que cada hijo que nacía en el castro pertenecía a todos. ¿Qué importancia tenía quién lo había engendrado? Que todas las mujeres eran madres y esposas de todos. Que eran tan temibles en la batalla como sus guerreros.
No supieron entender que los árboles hablaban con la sabiduría de los siglos. Que sus ancianos druidas veían más allá de la esencia mortal y sabía entender el alma, que sus bardos cantaban con el lenguaje de la magia.
No quisieron respetar sus divinidades. El gran Lugh, Dagda, Brigid… Quisieron imponer a un pueblo libre, nacido en la esencia de la naturaleza, un dios único y omnipresente y al que decían fue su único hijo en la tierra.
Debieron haber sabido entonces que les aguardaba el final, cuando supieron que fueron ellos mismos quienes acabaron con ese hijo del dios al que ahora decían venerar.
¿Un mensaje de paz y amor? La pregunta acudía una y otra vez a su mente mientras veía el humo avanzar hacia ella después de arrasar todo lo que había sido su vida. ¿Era ese el mensaje que transmitían los gritos de aquellos que se negaron a asumir sus leyes?
Se rozó distraídamente el costado con la mano. La retiró empapada en sangre y sintió la debilidad apoderarse de todo su cuerpo. Sus rodillas se flexionaron y cayó al suelo. La tierra aún olía a barro y hierba, los árboles aún bailaban al son del viento, el sol aún brillaba alto en el cielo azul… sonrió. Moría libre, más sabia que cualquiera de aquellos extranjeros que los llamaban salvajes. ¿Creían ellos que habían arrasado su vida? A partir de ahora ella y los suyos estarían más vivos que nunca. Omnipresentes en la naturaleza para recordar por los siglos de los siglos la verdad.



LOS ECOS DE VUESTRAS VOCES