"Vengo de una raza conocida por el vigor de su fantasía y por el ardor de su pasión" E.A.Poe

LA ESTRELLA DE LA CONCHA (9)

9. DE VUELTA A CASA

Rebeca volvió a reaparecer mágicamente junto a la fuente. Allí todo estaba como antes de marcharse.

—¿Ya estás de vuelta? —dijo Zul —. Dime, ¿se ha cumplido tu deseo?

—Sí, aunque no como yo esperaba. Pero es así como debe ser.

—Pareces feliz -dijo la estrella con una sonrisa.

—Lo soy. Siempre lo he sido. Tengo a mi familia y ella me tiene a mí. Somos felices, y ese es nuestro mayor deseo —Rebeca cogió a la pequeña Zul en sus manos y le habló dulcemente—. Sin embargo, sé que, en parte por mi culpa, alguien tuvo que dejar de ser feliz hace ocho años.

—¿A qué te refieres? —preguntó la estrella.

—Dime, Zul, ¿por qué te perdiste hace ocho años de tu viaje y de tus compañeras?

—Bueno… fui un poco tonta. Íbamos todas felices y cantando. Nos entusiasmaba la idea de partir. De repente algo llamó mi atención. Lo vi desde el cielo, a través de la ventana abierta de un hospital. Estaba como atontada por aquella visión, así que entré para verlo de cerca. Era un bebé. Estaba en una cuna. Yo jamás había visto a un humano de cerca y aquel me fascinó. Era muy hermoso. Tenía el pelo rubio y rizado, una cara muy dulce e inocente. Era tan débil… tan puro… Cuando le miré a los ojos, supe que aquel bebé sería especial —a Zul le brillaban los ojos de emoción al recordar aquella historia, pero de pronto recuperaron su tristeza-. Cuando quise volver junto a mis amigas, ellas se habían marchado. Traté de seguir el rumbo, pero no pude, estaba totalmente perdida, y aunque quise partir, no pude. Tampoco pude regresar a casa, no podía hacer nada. Supongo que el viaje final debe ser así: debes partir justo cuando te toca, sino… se acabó. La luz de la mañana me atrapó y ya no fui nunca más una estrella de la noche. Desde aquel día, fui un ser perdido en un mundo que no era el mío. Siempre soñé con volver a encontrar al hermoso bebé, pero también desapareció. Estaba sola.

Rebeca sintió ganas de llorar. El estómago se le comprimía y un nudo le ahogaba la garganta. Sentía la necesidad de pedir perdón, aunque sabía que ella poco podía haber hecho entonces para evitar la desgracia de su amiga.

—Zul, perdóname —dijo entre sollozos.

—¿Por qué? ¿Qué has hecho?

—Era yo. Yo era aquel bebé. Tú estabas allí el día que yo nací. Mi madre te vio. Ella vio una luz muy brillante junto a mi cuna aquel día, cuando se acercó vio una persona diminuta rodeada de destellos. Esa eras tú.

—¡Eras tú! —Exclamó Zul muy contenta—. Sabía que algún día te encontraría. En realidad no había perdido la esperanza.

—Sí, Zul. Para que un deseo se cumpla hay que luchar por él, jamás hay que abandonar la esperanza —Rebeca recitó lo que Hipo le había enseñado—. Te ayudaré a regresar a tu mundo.

—Pero, ¿cómo vas a hacerlo?

—Pidiendo un deseo –dijo Rebeca con resolución-. Zul, deseo que vuelvas a emprender tu viaje y que puedas encontrar a tus amigas, deseo que seas feliz para siempre.

—Pero Rebeca, si me voy, ya no podrás hacer realidad tus deseos.

-Por supuesto que podré. Sólo tengo que desearlos y luchar por ellos.

Zul estaba muy emocionada y sus ojos brillaban con lágrimas de felicidad.

—Eso es lo más bonito que jamás he visto hacer. Vas a renunciar a tus sueños por mí.

—Es lo que tenía que haber hecho desde el principio. Y aunque no lo creas, tú has hecho más por mí de lo que yo nunca podría hacer por ti. Me has enseñado a tener sentimientos. Creo que antes sólo me quería a mi misma. He sido una egoísta…

—¡Vaya! En verdad eres especial. No hay muchas personas como tú.

—¿Cómo yo? —pregunto Rebeca un poco incrédula.

—Tú te has dado cuenta a tiempo de lo que es realmente importante en el mundo. La mayoría de las personas mueren sin comprender que la verdadera felicidad no se encuentra en lo material, sino que debemos buscarla dentro de nosotros mismos. El mayor tesoro de una persona, es el amor, la felicidad y la ilusión. Con eso puedes crear todos los deseos del mundo. Tú sabes eso, y por ello eres especial, debes de ser una de las personas más sabias del mundo. Espero que nunca cambies.

—Te prometo que no cambiaré. Ahora se hace tarde. Pronto tendré que irme a casa —cogió a Zul y le dio un beso—. Adiós Zul, nunca te olvidaré.

—Yo tampoco. Te echaré de menos.

—Vamos Zul, cumple mi deseo… por favor.

Una fresca brisa se levantó en ese instante, escondiendo momentáneamente el calor del verano. Rebeca miró a Zul y vio que ésta brillaba con más intensidad que nunca. Apenas podía fijar los ojos en ella.

La pequeña estrella observaba extasiada algo en el cielo. La niña siguió su mirada y pudo ver el espectáculo más hermoso que jamás había presenciado. Miles de luces brillaban ahora en el firmamento sobre sus cabezas y un sendero de polvos de estrellas descendió desde el cielo e inundó a Zul. Ésta comenzó a elevarse mágicamente a través de él. Antes de llegar junto a sus amigas, Zul volvió la cabeza hacia la niña.

—¡Adiós, Rebeca! Este es el momento más feliz que he vivido nunca —Zul reía y gritaba de felicidad mientras se reunía con las demás estrellas—. ¡Gracias!

Cuando sus padres fueron a buscarla al patio Rebeca aún agitaba su mano en una despedida. Cientos de estrellas fugaces surcaban el cielo. Entre ellas, Zul brillaba con más intensidad que ninguna.

—¡Pide un deseo, Rebeca! —le dijo su padre.

—Papá, gracias a vosotros tengo todo lo que necesito —contestó dejando perplejos a sus padres—. ¡Buen viaje, Zul!

La niña pasó todo el viaje de regreso pensando en lo que había vivido con Zul. Repasó todo lo que había aprendido, y se prometió a sí misma que jamás volvería a ser la niña egoísta que había sido.

Al llegar a casa a Rebeca le esperaba un nuevo regalo de cumpleaños por parte de sus abuelos. Dos perras cachorritas correteaban juguetonas por la casa. Una de ellas era rubia, regordeta y chata, la otra era negra, de orejas y hocico puntiagudo. Ambas perseguían a una pequeña gata de pelo gris y blanco que no parecía asustarse demasiado de ellas.

—Las encontramos caminando por la carretera -dijo su abuelo.

 Rebeca chilló de alegría. Sin duda aquel era un deseo hecho realidad (partiera de quien partiera).

—¡Gracias abuelos! Son preciosas, las llamaré… Tara, Ofu e Hipo.

 FIN.

Estefanía Jiménez

VOLVER A INDICE 

- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (1)

- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (2)

- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (3 Y 4)

- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (5 Y 6)

 - LA ESTRELLA DE LA CONCHA (7)

- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (8)

- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (9)

 

 

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.