"Vengo de una raza conocida por el vigor de su fantasía y por el ardor de su pasión" E.A.Poe

LA ESTRELLA DE LA CONCHA (2)

 2. ZUL, LA ESTRELLA DE LA CONCHA

Cuando llegaron las vacaciones de verano, decidieron pasar unos días en la playa. Aquello era estupendo: el mar, los paseos, los helados… ¡todo era genial! Pero cuando llegó el último día  Rebeca se enfadó mucho.  

Caminó enfurruñada por la orilla. Cerca de una pequeña roca, vio brillar algo intensamente. Se trataba de una concha. Era muy bonita y extraña, la más rara que nunca había encontrado. De un color dorado y brillante, estaba llena de pequeños agujeritos con forma de ventanas.

La niña se puso muy contenta con su hallazgo, era una concha fantástica. La cogió con cuidado y la guardó en su bolsa. ¡Aquel sería su mayor tesoro!

La noche cayó y había que ir a dormir, pero a ella no le apetecía en absoluto acostarse todavía. Al día siguiente era su cumpleaños. Ocho años… pero tendrían que regresar a casa.

Hubiera dado lo que fuera por celebrarlo en la playa, pero sus padres se empeñaban en que aquello no podía ser, y ella les regaló una de sus famosas rabietas sin escuchar las explicaciones que ellos trataban de darle. Desde luego, nadie la comprendía.

Ya en su dormitorio, y totalmente decidida a no dormir aún, Rebeca pensó que sería una buena idea observar su colección de conchas. Cuando cogió la bolsa, notó que estaba especialmente caliente. La extraña concha dorada que había encontrado esa mañana relucía dejando escapar por sus orificios una dulce y cálida luz. Una voz hermosa pero muy triste cantaba desde el interior.

Rebeca cogió la concha con mucho cuidado y se la acercó a los ojos para mirar por las minúsculas ventanitas. El interior estaba decorado como una acogedora casa diminuta. Rebeca giró poco a poco la concha hasta que encontró lo que buscaba. Sentada sobre una cama de nácar, había una minúscula criatura rodeada de luminosos destellos dorados. Era lo más hermoso que jamás hubiera visto, pero por sus diminutas mejillas corrían unas pequeñas lagrimitas plateadas. Su canción era tan triste como sus ojos.

—¡Hola! ¿Quién eres tú? —Preguntó la niña.

La pequeña criatura dio un respingo en la cama y miró sorprendida hacia la ventana, donde el ojo de Rebeca ocupaba todo el hueco.

—¡Cien centellas! Eso debería preguntarlo yo, ¿no te parece? Acabas de darme un susto de muerte. ¿Te parece bonito espiar a los demás cuando están tranquilamente en su casa?

—Esto… bueno… no…supongo que eso no está muy bien, pero debes reconocer que tu caso es un poco distinto. Resulta que eres más pequeña que mi dedo meñique, y que tu casa es una concha… en fin, creo que tengo derecho a sentir curiosidad, ¿no te parece?

—Ya, sí, tienes razón, lo siento. Es que estoy un poco sensible, ¿sabes? Me llamo Zul, soy una estrella.

—¿Una qué?… Eso es imposible, las estrellas no viven en las conchas, están en el cielo ¿no?

—Si, pero yo me he perdido. Me perdí hace casi ocho años y ahora no puedo regresar. Cansada de vagar por este mundo sin lograr ninguna forma de volver al mío, decidí instalarme aquí, e intentar vivir lo más cómodamente posible, a pesar de mi soledad.

—¡Oh! ¿Y cómo te perdiste?

—Bueno, fue extraño. Mañana hará justo ocho años de aquello. Resulta que unas amigas y yo teníamos que irnos aquella noche…

—¿Iros?, ¿adónde teníais que iros? —interrumpió Rebeca.

—Bueno, eso es un misterio, la verdad es que nadie lo sabe, sólo sabemos que, cuando las estrellas tenemos cierta edad, tenemos que marcharnos. Viajamos muy, muy deprisa, y mientras volamos, nuestra luz puede verse desde muchísimos lugares, pero después desaparecemos y… bueno, pues eso, que nadie sabe donde vamos, pero es algo que debemos hacer y con lo que soñamos desde que nacemos.

—¡Anda! Ya se lo que eres, mi madre me ha hablado mucho de vosotras. Eres una estrella fugaz. A veces se ven en el cielo y son como tú dices, muy rápidas y muy brillantes.

—Pues supongo que entonces soy una de esas. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—¡Ah!, soy Rebeca —contestó de forma automática y distraída, con su mente puesta en otros asuntos—. ¿Sabes una cosa?, yo sé algo sobre las estrellas fugaces.

—¿Ah sí, el qué? —exclamó Zul con su pequeño rostro iluminado.

—Mi madre me dijo que, cuando ves una estrella fugaz, hay que pedir un deseo porque ellas te los cumplen.

—Ah, era eso —dijo Zul decepcionada—. Sí, es cierto, cuando vamos de viaje se nos concede ese don. Es como un premio al mundo por habernos dejado vivir en él.

—Ya, pues yo te estoy viendo ahora mismo, ¿sabes?

—Sí, a menos que estés ciega —contestó algo malhumorada la estrella que no había tenido oportunidad de contar su historia—. Ya sé donde quieres ir a parar, quieres que te conceda un deseo, ¿no?

—¿Tienes ese poder? —grito Rebeca entusiasmada.

—Pues claro, después de todo aún estoy de viaje —suspiró decepcionada—. Sabía que al final me pedirías un deseo.

—Vale, pero creo que puedo pedirte varios, ¿no? Se supone que cada vez que te mire podré pedir uno, ¿verdad?

—Supongo… bueno, venga, ¿cuál es tu deseo? —dijo de manera no demasiado amable.

—Esto… déjame pensar… —Rebeca meditó durante un instante y después gritó— ¡Quiero que mis sueños se cumplan!

—Está bien, pero para ello primero deberás soñarlos. Cuando despiertes por la mañana, todo lo que recuerdes de tu sueño, se hará realidad —gruñó Zul, a quien la falta de sensibilidad e interés de Rebeca ante su tristeza, la había puesto de muy mal humor—. ¡Ahora duérmete! —le gritó con su melódica voz apagando así una protesta que empezaba a florecer en los labios de la niña. Haciendo una floritura con su manita, consiguió que Rebeca cayera en un sueño profundo—. Estos humanos sólo piensan en ellos, esta niña egoísta se llevará un escarmiento. Crearé un sueño para ella.

 

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- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (1)

- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (2)

- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (3 Y 4)

- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (5 Y 6)

  - LA ESTRELLA DE LA CONCHA (7)

- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (8)

- LA ESTRELLA DE LA CONCHA (9)

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