"Vengo de una raza conocida por el vigor de su fantasía y por el ardor de su pasión" E.A.Poe

Esta es una entrada que hace tiempo que tenía ganas de hacer y no sabía muy bien dónde ubicarla. Y ahora que he decidido reabrir este blog como algo más personal que Ecos de la Distancia, pues creo que es el sitio adecuado :D

Se la dedico con mucho cariño a Mara, claro, ya que como gemela mia sé que le gustan todas estas chorraditas :D y a Luis, que me ayudó a buscar los actores (con alguna que otra discusión jajaja)

¡Nuestro casting particular de “El lamento del chacal”!

IRIS: Muy bien, comencemos por la protagonista. Esta mujer nos ha costado a Luis y a mi alguna que otra discusión, pero finalmente me propuso la adecuada, desde luego. Así que ganó él. Sí, sin duda, si pudiera elegir sería ella.

Rachel Weisz- Iris

Tiene unos ojos preciosos y puede ser dulce, sexy o guerrera. Creo que sería perfecta.

 

 

 

Taylor Kitsch- Khamuni

KHAMUNI: Bueno, Khamuni me costó mucho porque yo lo veo de una manera en mi cabeza y no encuentro a nadie que se le parezca… pero supongo que solo necesitaba una segunda visión. Así que le he robado el “muso” a Mara, y ¡sí, señor! y ¡ay, oma!

DAMIA: ¡Uf! Esta está aún por pulir así que se admiten sugerencias. Yo la imagino así:

Isla Fisher

pero Luis la imagina así:

Diane Kruger

AHA: Bueno, creo que es el único que he tenido claro desde el principio :P ¡Guapísimo!

Takeshi Kaneshiro- Aha

SET: Bastante claro también. Lo pongo con dos “estilillos” diferentes :D El Set, Set, y el Set menos Set y más “tito” de Iris.

Rodrigo Santoro- Set

ANUBIS: Dudé bastante, pero creo que este tío podría meterse en su papel de escándalo, además ¡que tiene que estar y punto o si no mi hija me mata! :D

Johnny Depp- Anubis

SOBEK: ¡Vaaale! Lo confieso, este ha sido un capricho, pero es que quería poner esta foto, :P   Aunque no me negaréis que le pega el papel. A este tío le pega cualquier papel.

Gary Oldman-Sobek

El resto de personajes nos los he pensado, la verdad. Ya se me irán ocurriendo, y repito: se admiten sugerencias :D

Bueno, espero que os guste mi selección de personajes a los que habéis leído el libro y a los que no, bueno ojalá que no os estropé nada.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

“EL LAMENTO DEL CHACAL” (SINOPSIS)

HABITANDO LA ETERNIDAD I. EL LAMENTO DEL CHACAL.

El gran continente se hunde bajo el mar. Durante siglos sus habitantes han vivido aislados, manteniéndose ocultos al resto de la humanidad.

Ellos eran los grandes elegidos, los seres más evolucionados sobre la tierra… Pero su gran ambición los ha llevado al desastre. Han jugado a ser dioses y la Naturaleza los ha castigado.

Ahora, los atlantes ven como su gran imperio es engullido por la furia del mar mientras ellos, divididos y desolados, parten en busca de un nuevo hogar.

El país de Kemet les abre las puertas, pues perciben que aquellos seres procedentes del mar poseen un poder muy superior al de resto de los hombres. Ellos, agradecidos, juran cuidar de aquellos hombres eternamente.

Sin embargo, no todos los atlantes están de acuerdo con este pacto. La antigua ambición aún pervive en el corazón de Set, quien hará todo lo posible por imponer su superioridad. Tras años de planear su estrategia, se ha aliado con los bárbaros hicsos, que siempre han ambicionado las riquezas de Egipto.

Iris, conocida en Egipto como “Sejmet” (diosa de la guerra), reside en Menfis, tratando de pasar desapercibida. Pero la guerra ha estallado, Egipto se enfrenta a una terrible amenaza y tan sólo ella puede detener la furia y ambición de Set.

Iris preparará al país para la guerra, reuniendo un poderoso ejército de hombres fieles. Será de este modo como el destino la conducirá hasta Khamuni, un preso fugado de las canteras, que con el tiempo llegará a convertirse en una pieza clave para el ejército menfita.

Ambos se verán arrastrados por una profunda pasión, a pesar de pertenecer a mundos distintos y de la constante amenaza de la muerte.

En medio de cruentas batallas, en un tiempo azotado por la debilidad del régimen faraónico, la traición y la crueldad de los invasores, ambos comprenderán que sus sentimientos son más fuertes que la guerra, la distancia, la muerte, e incluso que la eternidad.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

Si quieres conocer a Iris y a Khamuni, te invito a que eches un vistazo al prólogo y a los dos primeros capítulos del libro.

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1.  1/3

CAPÍTULO 1.  2/3

CAPÍTULO 1.  3/3

CAPÍTULO 2.  1/2

CAPÍTULO 2. 2/2


ASESINO

Mucho se ha hablado de mí, pero nadie pudo penetrar en mi mente entonces y ninguno podrá hacerlo ahora.

No podría decir cuándo comenzó todo. Quizás aquel día en el que volvía agotado después de un duro trabajo.

Había trabajado como albañil desde hacía años, ganaba bastante dinero y no me importaba en absoluto las duras condiciones. Ni el frío, ni el calor, ni el dolor de espalda; al llegar a casa mi esposa siempre me esperaba con una sonrisa y yo me sentía satisfecho. Me gustaba mi trabajo y madrugaba gustoso para desempeñarlo. Sin embargo, un día todo pareció detenerse. Había escuchado por la tele todo eso de la crisis, pero jamás llegas a imaginarte que algo así pueda alcanzarte a ti que tienes tantas ganas de trabajar. Pero lo hizo. El trabajo escaseaba y me enviaron al paro. 

Recuerdo aquel día como uno de los más trágicos en mi vida. Busqué trabajo por todas partes y tan sólo logré uno como comercial de cursos a distancia para trabajadores. Pagaban una miseria y tenía que recorrer muchos kilómetros para vender algo. En tiempos de crisis la gente necesita trabajar, no estudiar.

Aquel día, como digo, había sido horrible. Tuve un percance con una clienta descontenta y casi me despiden. Dejé mi coche en el parking, ese coche que a penas podía pagar en esa plaza de aparcamiento que debía abandonar a final de mes.

Era bastante tarde y no había nadie. El chico de seguridad estaba enfrascado en una discusión telefónica y ni siquiera me miró cuando lo saludé con la mano. Me dirigí al ascensor y entonces lo escuché. Unos pasos lentos y acompasados a mi ritmo. Al principio me pareció el eco, pero pronto descubrí que no era así. Aceleré el ritmo sintiéndome un poco inquieto. No quería mirar hacia atrás. Quise  pensar que todo eran paranoias mías, que tal vez sólo era otro usuario del parking que regresaba a su casa. Pero él me seguía a mí. Me detuve con la excusa de sacar un cigarrillo y él se detuvo también. Aquello me dio muy mala espina así que giré en redondo, con la mirada más amenazante que pude encontrar entre el hormigueo de sueño de mis ojos. Tras de mí sólo había sombras y coches oscuros durmiendo entre la humedad. Aspiré hondo y traté de calmarme. Pero no lo logré. Seguí caminando deprisa para alcanzar el ascensor que ya estaba muy cerca y los pasos siguieron sonando tras de mí.

Comencé a correr entonces. No me importa reconocerlo, estaba bastante asustado. Cuando llegué ante la puerta del ascensor golpeé el botón con el corazón acelerado. Sentía la presencia del desconocido cerniéndose sobre mí desde la oscuridad. Di un suspiro de alivio cuando la puerta se abrió al instante y la luz lo iluminó todo. Entré y volví a presionar el interruptor varias veces, impaciente por ver las puertas unirse al fin, aislándome de mis temores.

Ya casi estaban cerradas y suspiré aliviado. Entonces una mano se coló entre ella y casi grité del sobresalto. Ésta empujó hasta lograr abrir las puertas.

-¡Uf, por poco! Buenas noches –un hombre entró en el ascensor que yo había convertido en mi pequeño refugio.

-Buenas noches- gruñí.

¿Sería éste mi perseguidor misterioso? El hombre se situó frente a mí, dándome la cara. Lo observé con disimulo. Era un hombre bastante enjuto, de aspecto gris. Su pelo negro moteado de caspa estaba pegado a la cara de tanta grasa como tenía. Lo llevaba peinado con raya muy bien perfilada a un lado y pensé que le daba un aire estúpido. Le miré a los ojos y me sorprendió el brillo en sus pupilas. Aquellos ojos no parecían brillar con una luz natural, parecían algo perdidos, pero vivaces y atentos, como los de un animal amenazado. Redondos y oscuros me contemplaban con descaro. Tenía un bigote largo y algo retorcido en las puntas. Vestía como un hombre de sesenta años y sin embargo no debía de tener más de treinta. Percibí que tras su aspecto ridículo se escondía un hombre bastante siniestro.

Respiré aliviado cuando la puerta se abrió al fin y salí del ascensor. Corrí hacia la calle mirando hacia atrás en todo momento. Tenía la terrible certeza de que aquel desconocido me seguía. Sólo me sentí a salvo cuando cerré la puerta de mi casa y me adentré en la familiar rutina de mi hogar.

Aquella noche a penas pude pegar ojo. No paraba de pensar en el desconocido del ascensor y, para cuando la mañana me alcanzó, ya estaba bastante seguro de que aquella no era la primera vez que lo había visto.

Cuando al día siguiente acudí al parking mi corazón casi dio un vuelco al verlo allí, hablando con el vigilante. Ambos me saludaron con una sonrisa, pero yo adiviné algo oculto en la mirada del desconocido.

Volví a encontrarlo por la noche, y volvió a subir conmigo en el ascensor. Su mirada me quemaba como fuego pues en ella iba descubriendo ese poder que él cada vez más iba adquiriendo sobre mí. No me dirigió la palabra y sin embargo no fue necesario, con su presencia lo decía todo. Había una amenaza latente en su persona.

A partir de entonces lo encontraba a diario. No importaba cuantas veces yo tratara de variar mi rutina, siempre había una esquina que él torcía, un paso de peatones, una calle… él siempre se cruzaba conmigo.

Confieso que su imagen comenzó a convertirse en una obsesión. El desconocido nunca decía nada, pero sus ojos me atravesaban como lanzas. ¿Qué podía querer de mí aquel extraño? ¿Por qué me perseguía cada día?

Se escuchaban tantas historias en la tele, tantos sucesos en los periódicos… Aquel hombre me asustaba de veras, aunque nunca fui capaz de hablar del tema con nadie, ni siquiera con mi mujer. ¿Para qué darle más preocupaciones de las que ya tenía?

Por las noches no conseguía conciliar el sueño y como consecuencia por las mañanas me sentía de mal humor. Estaba irritable y nervioso y contestaba mal a todo el mundo. Tuve varios enfrentamientos con mi jefa y finalmente ella me puso en tal estado de nervios que estuve a punto de darle un puñetazo. Me despidió, por supuesto.

No tenía ni idea de qué le iba a decir a mi mujer. Aquel día me emborraché y llegué a casa bastante tarde. Mi hija ya estaba dormida y mi esposa me esperaba en el salón con su horrible bata puesta y cara de pocos amigos. Comenzó a reprocharme mi actitud en susurros y me enfureció hasta tal punto que le grité antes de irme a dormir. A la mañana siguiente, ella presentaba un ojo hinchado y algo amoratado. Me hubiera gustado preguntarle qué le había ocurrido, pero aún estaba disgustado con ella y además tenía una resaca de muerte. Por otro lado, ella se mostró esquiva, casi como si quisiera esconderse de mí y eso no me hacía ninguna gracia. 

Aquel día decidí no coger el coche. Lo dejé en el garaje y me fui dando un paseo hacia ningún sitio en especial. Caminé sin rumbo, tratando de mantener mi mente en blanco, no quería pensar en nada, me dolía mucho la cabeza. Sin embargo, cuando el primer hombre de traje gris se cruzó en mi camino, me puse en guardia involuntariamente.

Me sentía perseguido en todo momento, no podía dejar de pensar en el hombre del parking. Sabía que tarde o temprano aparecería y no me equivoqué. Lo encontré sentado en un banco junto a la fuente del parque. No podía ser una coincidencia, imposible. Puede que viviera en un pueblo, pero no era un pueblo pequeño en absoluto. ¿Era una casualidad encontrarlo a diario? Yo estoy convencido de que no. Pasé por delante de él, sin apartar mis ojos de su rostro, escrutándolo, tratando de encontrar respuestas. Él me devolvió la mirada con descaro, y en aquellos ojos vivaces fui capaz de descubrir de nuevo aquellos destellos crueles y fríos que tanto me habían asustado en el ascensor. Aquel no era un hombre normal, jamás había estado tan seguro de algo. Todo su aspecto era sospechoso. Su mirada estúpida escondía un brillo de inteligencia y crueldad, espejo de su mente. Y aquella mente, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, había puesto sus miras en mí.

Me siguió con los ojos, sin importarle las miradas asesinas que yo le lanzaba. Él lanzó su desafío, escondido tras esa sonrisa suya, tan sólo un psicópata podría sonreír de aquel modo mientras escondía tan oscuros sentimientos. Y existían, de eso estaba seguro. Aquel hombre albergaba oscuros sentimientos, y terribles planes. ¿Qué podría estar maquinando una mente tan perturbada como aquella? ¿Por qué me había elegido a mí?

Me sentí acorralado, atrapado y asfixiado a pesar de estar al aire libre. Avancé a paso rápido y me alejé de él. Entonces él fingió mirar su reloj y se puso en pie. Caminó unos metros tras de mí. De nuevo me seguía. ¿Qué diablos quería?

Sentí que el aire me faltaba y dirigí mi mirada nerviosa a todos los rincones del parque. Estaba casi desierto. Me estremecí y no dudé en salir corriendo. ¿Qué me importaba lo que la gente pudiera pensar de mí?

No me sentí a salvo hasta que no llegué a la parada de autobús más próxima. Estaba abarrotada y me fundí entre la gente. Pensé en coger aquel autobús y así huir más rápido de mi perseguidor. Entré, perdido entre la masa, sin saber siquiera dónde me dejaría aquel vehículo. Caminé por el pasillo y cuando el autobús arrancó, miré a mi alrededor. Mi corazón casi se detuvo entonces. Allí estaba él, sentado varios asientos más adelante, mirándome.

El tiempo que tardamos en alcanzar la parada más próxima se me hizo eterno. Bajé empujando a todo el mundo entre murmullos y protestas. Vi alejarse el autobús, y a él en la ventanilla, con su periódico en el regazo y su sonrisilla siniestra.

Llegué a casa temprano y no dirigí la palabra a mi esposa. Comí en silencio, mientras en mi mente se agitaban un millón de voces. Sabía que tenía que hacer algo o aquello acabaría volviéndome loco. Aquel desconocido me perseguía por todos lados y yo ya no me sentía a salvo en ningún sitio. Esa situación estaba acabando con mi cordura. No me atrevía a hablar con nadie del asunto porque después de todo no tenía pruebas contra él. Pero para mí era más que obvio que era una amenaza.

Había decidido no salir de casa aquella tarde, y me fastidió muchísimo cuando mi hija me llamó desde la biblioteca para que fuera a recogerla. Había olvidado su paraguas y llovía a mares. ¿Qué era un poco de lluvia cuando mi vida estaba en peligro?

Aún gruñendo, salí a la calle maldiciendo a mi esposa que había decidido salir a comprar justo en ese momento. Recorrí las calles con nerviosismo, mirando a todas partes un millón de veces. Sabía que él andaba cerca y que tarde o temprano me alcanzaría. La calle estaba desierta y la lluvia caía con fuerza, ahogando cualquier otro ruido. Aquello no hizo sino aumentar mi inquietud.

En la biblioteca las niñas se agolpaban en la puerta esperando a sus padres. Había oscurecido mucho y regañé a mi hija por salir en una tarde tan fea. Ella protestó pero yo ya no la escuchaba. De nuevo, allí estaba él, saliendo de la biblioteca, con su traje gris y su pelo grasiento. Lo miré con los ojos desorbitados y él sonrió. Mi hija siguió mi mirada y me dijo:

-¡Qué fastidio, papá! Había tanta gente hoy en la biblioteca que tuvimos que compartir las mesas y ese tío tan raro se sentó junto a mí. No paraba de mover las piernas, me ha puesto de los nervios.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. El detonante de todo. En el fondo yo ya me temía algo así. Sabía que aquel tipo estaba loco y que me perseguía por todos lados con algún propósito oscuro. Pero el que acosara a mi pequeña… aquello encendió un fuego oscuro dentro de mí. Jamás había sentido tanta ira…

Dejé a la niña en casa y salí de nuevo a la calle. No había ni un alma y aun así yo sabía que no caminaba solo. Tarde o temprano él aparecería, y por fin pondría fin a todo. En el momento en que lo viera me dirigiría hacia él y le pediría explicaciones. La situación ya había llegado demasiado lejos.

Temblaba como un cachorro y mi corazón trotaba en el pecho. No dejaba de escuchar pasos a mi espalda, pero él no se dejaba ver. Comencé a temer que el muy cobarde me asaltara por la espalda, me cogiera del cuello y acabara con mi vida allí mismo, en mitad de la calle sin ser visto por nadie.

Seguí caminado en dirección al garaje, parecía que aquel lugar le gustaba bastante, además albergaba esperanzas de que si la cosa se ponía fea, el guardia de seguridad podría ayudarme. Las sombras se hacían cada vez más impenetrables, y los sonidos de la noche que se cerraba sobre mí me hacían votar a la más mínima. Estaba solo en la calle, pero sentía su presencia. Era como un olor, un sexto sentido que no lograba comprender.

De repente escuché un suspiro, algo muy leve y apenas audible, pero para mí resonó en la noche como un grito de guerra. Él me acechaba desde atrás, tal como yo había temido, pronto todo acabaría, me asaltaría, me estrangularía o quizás algo peor. Nadie vendría en mi ayuda…

No sé de dónde saqué las fuerzas, algún poder sobrenatural se adueñó de mí, o tal vez tan sólo fue el instinto de supervivencia. Sabía que si no hacía algo pronto aquel sería mi fin. No quería morir, no quería ser la víctima de aquel psicópata asesino.

Giré veloz y ni siquiera me detuve al contemplar los ojos de sorpresa que puso. Él estaba allí, a mi espalda, ¿acaso necesitaba más pruebas de su locura? Corrí hacia él, ignorando su cara de desconcierto y temor. El muy cerdo no esperaba mi reacción, lo cogí totalmente por sorpresa. Salté sobre él con los brazos hacia delante y lo derribé en el suelo. Caí encima de él con las manos apretando su cuello. Sentí como soltaba el aire de golpe debido a la caída y comprendí que si aminoraba mi furia estaba perdido, era matar o morir.

Apreté y apreté mis manos, sintiendo su nuez agitarse bajo las yemas de mis dedos. Emitía unos patéticos ruidos que me causaban dentera, aún lo odié más por ello. Cuando el aire comenzó a serle precioso, se agitó con nerviosismo debajo de mí. Me sorprendí de la fuerza que tenía, tal vez el ver la muerte de cerca le otorgaba aquella fortaleza. Temí que en una de aquellas sacudidas lograra soltarse y entonces todo habría acabado para mí, llevó su mano al bolsillo de su espantosa chaqueta y supe que entonces sacaría su arma. No estaba dispuesto a darle ese gusto. Le alcé la cabeza y, con todas las fuerzas que la desesperación me otorgaba, se la golpeé contra el suelo. Una vez, otra vez, un centenar de veces. Sentía la sangre pegajosa salpicarme en la cara y sentí náuseas, sin embargo no dejé de golpear, ni siquiera cuando él dejó de moverse. Seguí golpeándolo con furia animal hasta que sentí unas fuertes manos aferrarme desde atrás y sujetarme los brazos.

Era matar o morir…

Hace tres años que estoy encerrado. Todos dicen que no es una cárcel, sino un centro psiquiátrico. Para mí no hay diferencia. Creo que incluso esto es peor. Cuando paseo por el patio veo decenas de hombres grises, con sus pelos grasientos y sus estúpidas sonrisas que tantos secretos esconden. Sus ojos me persiguen, como en su día me perseguían los de aquel desconocido.

Dijeron que aquel hombre tenía un pequeño grado de minusvalía psíquica. Hacía poco que había conseguido un trabajo como limpiador en varios garajes y se afanaba en su tarea. Jamás llegaba tarde. En el juicio la acusación lo pintó casi como a un héroe, yo no daba crédito a lo que escuchaba. Al parecer aquella noche regresaba a casa después de cobrar su primer sueldo. Decían que con él había comprado una pequeña medalla de oro a su anciana madre con la que vivía. La llevaba en el bolsillo guardada y con su último aliento se había aferrado a ella. La vieja lloraba desconsolada, ¡como si la muy arpía no supiera qué clase de monstruo era su hijo!

Me defendí diciendo que aquel “santo” quería matarme, que había llegado incluso a acosar a mi hija. Aquello sólo empeoró las cosas.

Mi abogado alegó que yo padecía esquizofrenia. Ni siquiera se cuestionaron la inocencia del muerto… Según ellos yo ya tenía antecedentes de violencia: había golpeado a mi mujer, gritado a mi hija en público y amenazado a mi antigua jefa.

No suelo pensar demasiado en todo aquello. No me hace bien, me pone muy nervioso y acabo gritándole a todo el mundo. Como consecuencia me inyectan unos calmantes muy fuertes que me impiden sentir mis instintos, aquellos que me salvaron aquella noche.

Y no es eso lo que deseo. Necesito todos mis sentidos alerta ahora, pues en este sitio me acosan los hombres de gris. Anoche mismo, cuando estaba sólo en mi habitación, me levanté y me acerqué a la ventana. Allí estaba él de nuevo, o alguien muy parecido a él. Debí gritar entonces, porque los enfermeros vinieron a sujetarme. Trataron de calmarme y me decían que no temiera, que aquello que yo veía sólo era mi reflejo en el cristal… Yo no les creo. Tendré que estar alerta.


"PRECIPICIO" Marisa Moral Moreno http://www.myspace.com/lienzoycarboncillo

Me gustaría dar un millón de gracias a Marisa por confiarme sus dibujos y sobre todo por confiarme su corazón con ellos. Para mí siempre serás musa.

Espero haber sabido poner palabras a tanto sentimiento y no haber empobrecido tu trabajo. Muchísimas gracias de nuevo, espero que éste sea el comienzo de la futura “Generación del 2000″, aunque en realidad no importa, ya me siento afortunada de encontrarme entre tus amigos.

Podéis echar un vistazo a alguno de sus trabajos en:

http://www.myspace.com/lienzoycarboncillo

Las nubes viajan de nuevo en un cielo cubierto de vida. Algunos destellos del astro rey se despiden del día, apenas visibles ya en las brumas del crepúsculo.

Y yo vuelvo a creer. Puedo creer de nuevo que mi historia fue real. Observando la grandeza del firmamento al alcanzar la oscuridad de la noche. Esa tierra de fuego se tiñe de luces, miles de ojos de las hadas que desde el cielo me miran, y sonríen…

También yo río. Ahora, al pie del acantilado, mientras escucho las olas luchar. Sintiendo el frío aire del anochecer acariciar mi cuerpo… de nuevo. Mientras siento la vida envolver mi ser… de nuevo. Pero mi risa no es como antaño. Ahora conozco que significa “amargura”.

Supongo que el recuerdo no debería existir. ¿Tal vez un error de seres mucho más sabios que yo? Lo dudo. Sin duda los recuerdos son un don otorgado por los dioses. Algo preciado que se nos otorga con el fin de revivir la felicidad perdida y enmendar las torpezas del pasado.

Pero mi recuerdo es tan especial y mágico como esas estrellas que desde el cielo me sonríen ahora. Soy yo, aquella que un día voló en esté mismo acantilado y ahora vuelve a pisarlo con sus pies descalzos.

Recuerdos… Ellos me trajeron de nuevo a este lugar para confirmar que mi mente no desvariaba. Yo estuve aquí. En otro tiempo yo miré las estrellas en este mismo lugar. Hoy miro el mar batirse contra las rocas y un escalofrío recorre mi espalda.

Sé que salté… lo hice y puedo recordar con claridad la sensación. La fuerza del viento golpear mi rostro. ¡Yo era dueña del mar y el cielo!

Y desde él, desde la grandeza de su altura, podía observar impasible el vaivén del mundo. Reía con su risa, lloraba con su llanto… Mi alma vivía sus vidas, mi mente acompañaba sus sueños. ¡Yo era amante del destino! Lo fui todo…

Mas ahora soy poco más que nada. Y recuerdo… ¿Qué cruel magia obra sobre mí? ¿Por qué recuerdo lo que no debería ser recordado?

Cuando esas imágenes imposibles regresan a mi mente, mi vida se torna miseria. Yo que fui musa, reina de los sueños… ahora lloro amargamente al despertar de los míos. Y sufro doblemente al no saber con exactitud el motivo de mi llanto. ¡No deseo más una vida de fantasía! ¡No más vivir un sueño que nunca fue real! Pero aún así extraño ese poder maravilloso que me otorgaba el ser dueña de las almas…

¡Mentiras! Me angustia añorar una vida repleta de ellas. ¿Yo reina del mundo? ¿Yo poderosa criatura, dichosa, plena?… ¡Oh, cómo debe reírse de mí el destino ahora!

¿Dueña del cielo?… Casi me parece contemplarlos a todos desde mi trono de fantasía,en el que fue mi vertiginoso palacio más allá de las nubes. El mundo era ínfimo entonces cuando yo era musa… Mas hoy el mundo me devora como si fuera una criatura insignificante perdida en su grandeza. ¡Qué lejano me parece aquel que entonces me pareció mío! El mundo… ya no baila al son de mis deseos. No soy más que un ser extraño ansiando ser uno más en él. Clamando por un hueco en él.

-¡No más sueños, por favor!- Mis gritos desesperados son borrados por el viento, el mismo viento que antaño se arrodillaba ante mí- ¡No más mentiras!

Pero incluso mientras grito y rabio, mi corazón, estúpido traidor, vuelve a latir con fuerza, ansiando que cierre mis ojos rojos. Suplicándome que vuelva a perderme en esos sueños que fueron mi día a día en otra vida, cuando yo era reina de la dicha y sentada en mi trono contemplaba el mundo.

INDICE

ACERCA DE MÍ


ESPÍRITU DEL VIENTO

Últimamente mi mente rueda y rueda de manera extraña. Regreso un millón de veces al pasado. Sueño con personas que hace años que no veo y extraño aquellos días, aquellas sensaciones.

Afortunadamente, hay gente que jamás se ha marchado de mi lado y deseo con todas mis fuerzas que nunca lo hagan. Tal vez no haga falta nuestra presencia para mantener viva la amistad. Estoy convencida de que a pesar de las distancias somos capaces de mantener vivo nuestro vínculo (somos brujas y ya nos conocimos en otra vida, no lo olvides).

Esto es un regalo, muy humilde, pero escrito con el corazón. En este cuento te envío mil abrazos, una litrona en el parque y unas risas como las de antes.

Espero que te guste y, como siempre, espero no ofender a nadie. Sólo es el producto de mi mente que rueda y rueda.

Cada respiración le suponía una tortura. Cuando el corazón está tan dolido que lo sientes hinchado, es capaz de obstruir los pulmones.

              Recordó que apenas unos meses atrás su corazón saltaba alegre en su pecho, sus pulmones se atoraban de pura felicidad. Cerró los ojos para tratar de atrapar aquella imagen que amenazaba con esfumarse para siempre… su rostro sonriente, su sensación de plenitud… ¡Todo mentira!

            El espejo tan sólo le devolvía una imagen de su rostro surcado por las lágrimas. Una máscara de tristeza y dolor… ¡Cómo odiaba aquella sensación de debilidad! Sus ojos verdes se contrajeron por la rabia y la impotencia. Una gata furiosa, enjaulada… y deseando ser amada.

            Apartó el espejo con fuerza para alejar aquel reflejo patético que tanto se esforzaba por mejorar. El golpe retumbó en el silencio de aquella habitación vacía que en otro tiempo llenaban las risas y las palabras de amor. Apenas dirigió una mirada al espejo hecho añicos. ¿Siete años de mala suerte? Eran ya más de treinta los que habían transcurrido y nada había cambiado demasiado.

            Se asfixiaba. Necesitaba salir de aquellas cuatro paredes llenas de recuerdos. Cerró de un portazo y se alejó de su apartamento con energía, aunque bien sabía ella que éstos la perseguirían donde quiera que fuese.

            Las calles parecían hablarle, burlarse de ella. El canto de los pájaros, que en otro tiempo le habían parecido música divina, le sonaban ahora como estridentes risas de alimañas, gozando de su dolor. Deseó poder huir, y sin embargo sabía que no existía escapatoria. Sus fantasmas siempre viajaban con ella, dispuestos siempre a atormentarla. Como cada día le recordaban su fracaso. Volvía una y otra vez su vista atrás y no era capaz de recordar ni un solo mérito en su vida. Los sueños se quedaron sólo en eso hacía demasiado tiempo y ahora era incapaz de encontrar un motivo de dicha en su vida.

            Frenó su absurda huída al notar las lágrimas volver a lacerar su cara. ¿Guapa? Cuántas veces lo había escuchado. Pero esa “cara guapa” seguía marchitándose sin remedio, sin ningunos labios que la adoraran, sin ningunos dedos capaces de atrapar sus lágrimas. Alzó su mano temblorosa y acarició sus mejillas. Sonrió. Atrapar las lágrimas… como Drácula atrapaba las de Mina y las convertía en cristal en la película. Cómo adoraba aquella escena, le recordaba a su juventud, a su amiga que estaba muy lejos. Necesitaba una amiga, pero ni siquiera ella, a pesar de ese extraño vínculo que siempre las había mantenido unidas, podría nunca llegar a comprender cómo se sentía. ¿Lo comprendía ella misma? Vacía y frustrada… más que nunca en su vida.

            Miró a su alrededor y se dio cuenta de dónde estaba. El parque. ¿Cómo había llegado hasta allí? Volvió a pensar en su amiga y sacudió la cabeza. Ella le habría dicho que era cosa del destino, al final siempre acababan en el parque, como cuando eran adolescentes y se contaban sus penas con una lata de coca cola y unas patatas fritas. Pero ella ya se había encontrado con el destino. Lo había amado, lo había idolatrado y había conocido la dicha soñada a su lado. Después, como todo lo hermoso en su vida, se había esfumado sin más, dejándola sola como habían hecho todos. Borrándola de su vida y de sus pensamientos, hundiéndola de nuevo en un gran abismo.

            -¿Y de quién es la culpa? –Se reñía de nuevo en voz alta mientras se sentaba en un banco de mármol- ¿Quién fue tan estúpida para idealizar aquel sentimiento? ¿Quién se dejó arrastrar por los sueños, quién los quiso ver materializados en carne y hueso donde sólo había imágenes vagas?

            El viento agitó su pelo. Hacía frío, aunque hasta ahora ni siquiera lo había notado. Aquello era bueno, un sentimiento humano en aquel cascarón casi vacío y extraño que era su cuerpo. Alzó su rostro y con los ojos cerrados recibió la caricia del viento helado del crepúsculo. Adoraba aquellas caricias que siempre parecían acudir a ella cuando más frágil se sentía, como queriendo infundirle valor. Se había dado cuenta hacía tiempo de que las buscaba a propósito… las necesitaba. En aquel momento el viento revolvía su cabello, saboreaba su piel hasta hacerla estremecerse, abrazaba su cuerpo tembloroso… y lo sintió rozar sus labios; una suave presión llena de dulzura…

            Abrió los ojos alarmada. ¿Aquello había sido un beso? Miró hacía atrás… a los lados…allí no había nadie ¡Definitivamente estaba perdiendo la cabeza! Volvió a cerrar los ojos y suspiró. Realmente necesitaba un beso… Y entonces volvió a sentirlo. Una caricia dulce y tierna, un aliento frío lleno de promesas y misterio…

            Un escalofrío recorrió su espalda. Realmente estaba sola, sabía que lo estaba, y sin embargo… La presencia de alguien junto a ella era tan real como su propia respiración agitada. La había sentido en muchas ocasiones a lo largo de su vida pero jamás había sido tan real. ¿La había estado ella buscando aquel día cuando salió de su apartamento? Descubrió que no sentía miedo de aquella presencia, comprendió que le gustaba su compañía. Supo que la necesitaba, que siempre la había necesitado. ¿Tal vez su imaginación jugaba con ella en sus momentos de mayor vulnerabilidad?

El roce volvió a repetirse y esta vez ella entreabrió los labios. Un olor a flores la envolvió y su paladar se llenó de un sabor a pureza… algo difícil de describir pues jamás antes persona alguna había tenido el privilegio de saborear algo así. Gimió de deleite y percibió una sensación de gozo como jamás antes había sentido. ¡Aquello era la plenitud! ¡La respuesta a todas sus preguntas, el sabor de la paz y la dicha! ¡Aquella sí era la culminación de todos sus sueños, todas las expectativas de su vida!

Una vida… Él atrapó el gemido de ella en sus labios que no eran labios, acarició su cuerpo con sus manos que no eran manos, y quiso gritar de frustración con una garganta que no era tal. Una vida. Eso era lo que ella más necesitaba y lo único que él no podía darle. La había amado desde hacía tanto… Tras años de vagar junto a ella, deseándola en silencio, añorando sus besos, queriendo borrar su sufrimiento con su amor… Y hoy, en aquel momento de total indefensión, ella había sentido su presencia. ¡Y no había huido! Había permanecido allí para él, dejándose acariciar por la insinuación que eran sus manos, permitiéndole besarla con aquellos labios etéreos.

            Pero él no podía darle aquello que ella necesitaba por encima de todo. Cuando la soledad la envolviera de nuevo, cuando sus sentidos volvieran a recordarle su dolor, ¿con qué cuerpo le daría él calor? Pero la amaba tanto… ¡aquello debería bastar! Pero no era así. El amor es un arma muy pobre cuando se carece de ser.

            ¿Cuándo había aparecido aquel sentimiento que lo torturaba como una condena? Recordó el día que ella nació. Él estaba allí junto a su cuna y aquellos ojos lo habían cautivado. Un regalo de la diosa Primavera. Su boca se volvió sensual y cálida con los años, presente del dios Verano. Su misterio creció con su cuerpo, su melena oscura y brillante enmarcaban un rostro hermoso lleno de enigmas, propios de Otoño. Y la nieve en su piel, sus caricias paralizantes… la seducción que le había regalado el dios Invierno.

            ¡Y ella pensaba que no era nadie! ¿Cómo no podía darse cuenta de que lo era todo? Esa criatura divina había sido creada por capricho de seres superiores, mucho más poderosos y sabios que cualquiera, mucho más que él incluso. Y él había sido enviado a la tierra para cuidar de aquella criatura. Había sido arrancado de la comodidad de su vida de espíritu del aire, de la riqueza y la magia de su mundo. Traído a la tierra contra su voluntad para velar por una creación de entes superiores que no podía ser lastimada. Pero no lo había hecho muy bien, desde luego.

            Volvió a reírse de su estupidez. ¿Había creído él que podría escapar al hechizo de aquella criatura sublime? Recordó que la había odiado antes de conocerla siquiera por haberlo separado de las comodidades de su mundo ideal. Pero después de verla por primera vez supo que el mundo sólo podía ser ideal a su lado.

Y verla crecer… el cariño de un ángel protector no tardó en convertirse en amor, una pasión incontrolable que lo llenaba de desesperación y frustración. ¿Qué ser podía desearle tanto mal para hacerlo sufrir de aquella manera? ¡La amaba! La amaba tanto que le dolía y él jamás había sentido dolor antes. Se encontró flotando a su lado, embelesado por sus miradas que jamás iban dirigidas a él, seducido por su voz que jamás le dirigirían palabras de amor, celoso de los besos que jamás iban destinados a él. Rabiaba al verla junto a otro. Deseaba tener manos con las que estrangular a aquellos que tocaban su cuerpo, pies para patear a todos los desgraciados que tomaban sus sentimientos divinos como si fuera una mujer más en su mundo superficial. ¡Ella lo era todo y más, nadie la merecía! ¡Nadie!

La rabia fluía de nuevo en su cuerpo de suspiros; pero también el dolor y la culpa. Nadie la merecía… ¿pero acaso la merecía él? Había sido enviado a la tierra para velar por su dicha y su amor imposible lo había convertido en una bestia sin corazón. Jamás se controló, nunca soportó verla con otro… y nunca lo consintió. Luchó contra su egoísmo, trató de refrenar sus celos, razonar consigo mismo. Se decía que lo suyo jamás sería posible, que ella nunca podría amarlo… ¡Si ni siquiera sabía que existía! Pero su corazón le decía una y otra vez que sólo él sería capaz de hacerla feliz, que nadie en aquel mundo de horror la amaría jamás como él la amaba. ¡Y no se equivocaba! Todas eran almas frías, incapaces de comprender la perfección de ella. Ninguno le llegaba ni a la suela de los zapatos, nadie sabía leer en su alma y sentirse uno con los sentimientos de su corazón. Pero él sí que podía… sus almas parecían haber sido creadas para ser una, a pesar de las diferencias, a pesar de las distancias.

Uno tras otro los fue espantando. Ella se merecía algo mejor. Se convenció a si mismo de que lo hacía por ella y no por aplacar sus celos. ¡Pero es que realmente nadie la merecía! Él podía leer dentro de las almas y vio oscuridad en todas ellas. Pero al verla llorar después, se preguntaba si realmente hacía lo correcto. Ella sólo deseaba ser amada, sin pensar en la pureza de los sentimientos de los demás. Quizás lo más humano hubiera sido dejarla amar para que ella misma se diera cuenta de la falsedad… pero él no era humano y prefería apartarla de cualquier desengaño.

Pero era consciente de que aquellos fracasos amorosos estaban convirtiendo su carácter en algo oscuro y triste. Su pequeña diosa necesitaba amar, aquello era su energía, ¿cómo podía él negarle algo tan importante para ella? Así fue cómo finalmente cedió aquella vez. Apareció alguien que realmente parecía estar dispuesto a amarla, a darlo todo por ella. Todo en aquel hombre se asemejaba a los sueños románticos de ella. Una especie de príncipe salvador, venido en el momento en el que ella más lo necesitaba. Ella creía que era el destino… ¡Ja! Él siempre supo que le haría daño. ¡Ojalá hubiera podido advertirla! Sin embargo no se atrevió a intervenir esta vez. Su deidad se veía tan feliz… Luminosa, hermosa, llena de vitalidad… Y él hervía de celos y de desesperación. Se odiaba pues en el fondo de su ser esperaba el momento en que aquel nuevo amor la traicionara. ¿Ser? Si él no tenía ser; si estaba hecho de viento, si no podía sentir…. ¿Cómo podía desear algo que la podía herir? Aquel sentimiento tan humano… el amor lo estaba convirtiendo en algo despreciable, inmaterial y monstruoso.

Pero el momento finalmente llegó. Unas últimas palabras culminadas con un simple adiós. Un adiós a una vida de sueños, un hola a un nuevo mundo de desazón. Aquel amor se marchó, como todos se marchaban al final, sobrecogidos por la grandeza de ella, dejándola sumida de nuevo en su tristeza. Y allí estaba él de nuevo, como siempre había estado, dispuesto a secar sus lágrimas con sus suspiros de viento, dispuesto a apoyarla desde su silencio, en las sombras, dispuesto de nuevo a permanecer aparte, aguardando volver a verla sonreír. Sin embargo se equivocaba, esta vez no estaba preparado para ver tanto dolor… El golpe había sido duro, demasiado. Se odió cada día por haber permitido que aquella relación llegara tan lejos, tendría que haberla cortado antes.

No podía soportar verla sufrir tanto, no resistía convivir con aquel sufrimiento, y desde luego era impensable separarse de ella. Pero él era un espíritu del viento… un duende… un elfo… un imposible. ¿Qué podía hacer por ella?

La respuesta vino una triste tarde. Las lágrimas de ella mojaban su almohada de nuevo. Él se sentó a su lado y la acarició. Nunca antes se había atrevido a hacerlo, pero ese día no pudo evitarlo. Lo extraño fue que ella pareció sentir algo. De repente había cerrado los ojos y se había ido calmando poco a poco. Entonces se levantó de la cama, enjugó su llanto y sacó sus pinceles olvidados en un abarrotado cajón.

Quiso pensar que había sido él el que había obrado tal milagro, aunque lo cierto era que ella ya poseía tal don. De pronto se convirtió en la diosa creadora que él siempre había sabido que ella era. Dio vida a un lienzo, después a otro… Sus cuadros eran una ventana abierta a su alma, a sus sueños y añoranzas. Él las conocía de cerca y lloraba con lágrimas de aire cada vez que ella les daba forma con sus pinturas. Era mágica en esencia… Y cuando su ánimo caía, él osaba de nuevo acariciarla y gozaba con la sensación, aunque sabía que debía ser imaginaria. Ella parecía conseguir su calma e inspiración de aquellas caricias de aire, tal vez su ser etéreo fuera útil después de todo.

Y así pasaban sus días, ella tratando de sobreponerse y recomponer los pedazos de su corazón destrozado; él, sobreviviendo en una vida de brumas, amando hasta la locura en silencio, con unos sentimientos que no podían ser reales pues él mismo estaba hecho de sueños.

Aquel día, la mañana había llegado como tantas otras. Y como en todas ellas, el sol no comenzó a brillar para él hasta que ella no había abierto los ojos. Pero de nuevo la luz estaba velada en ellos, el verde de sus pupilas se veía empañado por las lágrimas. En seguida percibió el dolor, su alma volvía a derrumbarse y él sólo podía observar y aguardar a que su depresión cesara. Vio su imagen reflejada en el espejo, esa hermosura fresca y llena de vida que ella se negaba a ver. Buscó su propio reflejo y sólo halló sombras. ¿Era posible llorar cuándo no se era humano? Escuchó los cristales del espejo cuando ella lo lanzó y le sonaron como los pedazos de su propia alma destrozada.

¡Oh, aquella desolación! Y él había creído que con sus caricias etéreas lograba aminorar su dolor… Pero ella aún sufría… Sufría tanto y él no podía ayudarla. ¿Qué pensamiento absurdo pasó por su mente en el momento en el que ella cerró los ojos? ¿Acaso no era él un ser sobrenatural más sabio y fuerte que los humanos? Quizás ya nada era lo que debía ser. Sólo supo que cuando ella cerró sus enormes ojos verdes, la necesidad de ella se había hecho tan intensa que no la pudo resistir durante más tiempo. ¡La amaba! Necesitaba sentir su calor pues el frío lo estaba matando… aquella boca lo invitaba más que nunca y no pudo resistirlo más. La besó. Lo hizo y comprendió el significado de la dicha. Su sabor era la vida y supo que no volvería a ser el mismo. No debería haberlo hecho. ¿Cómo podría seguir viviendo sin su aliento? Pero volvió a hacerlo.

Cerró los ojos y tembló aterrado. Ella lo había notado. Sabía que él estaba allí, no era ninguna estúpida. Cualquier persona sentiría terror al recibir unos besos fantasmales. Ella se alejaría de allí aterrorizada y él no osaría jamás volver a tocarla. ¿En qué momento se había vuelto idiota? ¿Cómo podía torturar tanto a la persona que más adoraba en el mundo? Se alejaría de ella por siempre. Se acabó. No quería ver el terror en aquella mirada esmeralda, no más dolor en su rostro misterioso…

-¡Oh, no es un sueño! –las palabras de ella fueron tan suaves que por un momento pensó que lo había imaginado- Estás aquí de nuevo. Siempre estás a mi lado. Tú eres el único que jamás me abandonas…

            ¿Le hablaba a él? Imposible. Él era un imposible, un fantasma, un ser de nada…

-¿Quién eres? Dime que eres real, por favor. No quiero que tú también seas un sueño. Siento tu aliento en mi nuca y me da calor. Percibo tus caricias en mi cuerpo y no paro de soñar con ellas… ¡Oh, no sabes cómo he ansiado un beso tuyo! Y sin embargo temía que no fueras real… que todo fuera producto de mi mente perturbada. ¡Dime que tú sí eres real dentro de un mundo lleno de falsedad! ¡Tú, mi espíritu de aire, eres lo único que siento puro y real en un mundo de fantasías!

-Yo soy la gran mentira… Soy un ser de brumas, irreal e insustancial. Un ser del viento… -Sintió sus lágrimas corriendo a raudales por sus mejillas inexistentes. ¿Ella podía notar su amor? En cualquier caso poco importaba, él era un fantasma. Jamás podría estar con ella como deseaba. Le susurró al oído todos sus sentimientos, aun sabiendo que ella nunca podría escuchar unas palabras carentes de voz- Soy un ser de sueños y aun así soy aquel que más te ama en todo el universo. Jamás dará el mundo nadie que te adore como yo lo hago. Vivo mi vida de fantasía sólo por ti… Doy mi cordura con gusto tan sólo por el placer de ver tus ojos abrirse cada mañana. ¡No existe más amanecer en mi vida que tú! Y aunque no puedas escucharme, quiero decirte que siempre estaré a tu lado… nadie podrá quererte nunca como yo te quiero.

-Lo sé –susurró ella con una enorme sonrisa en sus labios- Y esa idea es la que me da aliento para seguir adelante. Hace tiempo que sólo vivo por ti.

            Los ojos de él se abrieron como platos. Le estaba contestando. ¿De verdad le estaba contestando? ¿Acaso ella podía escuchar sus palabras de aire?

-¿Puedes oírme?–dijo casi sin aliento, temeroso de que ella no respondiera, de que todo hubiera sido una ilusión.

-Más aún… Puedo sentir tus palabras y tus sentimientos dentro de mí –dijo ella sin abrir los ojos, sorprendida- ¡Oh, sí! ¡Sí que puedo escucharte! Al fin puedo poner voz a esa fuerza que sentía latir junto a mí.

-Pero… nunca antes me habías oído. ¿Por qué ahora sí? ¿Qué ha cambiado?

-No lo sé… ¿Habías probado a hablarme alguna vez? –acusó ella con suavidad.

            No. Nunca se había atrevido. ¿Para qué si él no era de ese mundo? Enamorarse de ella había sido una locura. Ella lo era todo y él estaba hecho de la nada.

-Y sin embargo poco importa que puedas escucharme –murmuró con pesar junto a su oído.

-¡Claro que importa! Al fin tienes voz. Por fin puedo poner voz a mis sueños. No sabes cómo necesitaba sentir que eras real… Creí que estaba enloqueciendo –Se estremeció sin quererlo al recordar todas esas veces que había percibido la presencia benefactora de aquel ser y había temido estar perdiendo el juicio-. Por fin mi amor tiene voz.

-¿Tu amor? –No podía haber escuchado aquello. ¿Ella realmente lo amaba? ¿A él, un ser sin sustancia? Ella siempre había sabido de su existencia. ¡Claro! ¿Cómo podía haberlo dudado siquiera? Ella era un ser creado a partir de seres superiores… Era la perfección… Y lo amaba… ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Ahora lo veía todo tan claro… Nunca había habido nadie más. Siempre lo había amado a él y había vivido sus días buscando, tratando de dotar de sustancia a un ser de brumas.

-Tú… siempre has sido tú –dijo ella poniendo voz a sus pensamientos-. ¿Por qué permitiste que me engañara tantas veces?

-Yo…jamás pensé… ¿A mí? –Aún no podía creerlo a pesar de que la verdad estaba ante sus ojos-. Esa idea es tan maravillosa como imposible.

-¿Imposible? ¿Por qué? –la voz de ella sonó como un sollozo-. No me quieres…

            La risa de él retumbó en la noche, clara, hermosa y muy triste. ¿Ella, ella dudaba de sus sentimientos?

-¿Podría dejar de querer el aire que es mi vida? Tú lo eres todo… pero yo no soy nada. Soy una farsa, un ser imaginario… No soy real en tu mundo.

-Tú eres lo más real que he conocido jamás en este mundo de hipocresía y falsedad. Tú eres la respuesta a todos mis sueños… Eres la esencia de mis deseos. Nada en este mundo es más cierto que lo que siento por ti.

-Y aun así soy de viento ¿cómo podría amarte?

            Ella bajó la cabeza y unas gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas heladas. No podía negar la verdad de aquella afirmación. Y de repente una idea sacudió su mente…

-¿Puede el viento amar? –preguntó con cautela.

-No, el viento es sólo viento.

-¿Puedes tú? –él guardó silencio- Sí que puedes. ¿Puede él sufrir como tú lo has hecho durante toda mi vida? Yo he podido sentir tu dolor. ¿Es capaz de sentir rabia, odio…? ¿Puede un ser que no pertenece a este mundo poseer sentimientos tan humanos?

            Permaneció en silencio con las palabras de ella retumbando en su mente. ¿Acaso no se había hecho él las mismas preguntas un millón de veces? ¿Cómo era posible sentir tanto cuando ni siquiera se poseía un corazón real?

-¿Puede un ser irreal acariciar y besar como tú? –continuó ella con voz suave-. Nadie jamás me había hecho sentir tan plena. Nadie jamás me había parecido tan real.

            Ciertamente él se sentía muy real. Y estando junto a ella, con sus labios etéreos rozando su mejilla mojada, no podía concebir que aquello que vibraba con su proximidad, no fuera un cuerpo completo y auténtico con el que amarla por entero.

            Entonces ella extendió sus manos y él pudo sentir su tacto. ¡Pudo sentir su calor en sus propias manos! ¿Cómo podía ella estar aferrando aire? Se apretó contra su cuerpo y pudo sentir su firmeza, su resistencia. ¿Por qué no lo atravesaba si él sólo era sombras? Le ofreció sus labios y él la besó como siempre había deseado, con dulzura pero también con pasión. Y notó la humedad de su boca, el calor…

            Ella abrió los ojos, con temor a que él se esfumara, a que realmente todo hubiera sido producto de su imaginación…

            …Y unos enormes ojos negros le devolvieron la mirada, sus espesas pestañas enmarcando una expresión de embeleso. Una suave piel olivácea que ahora podía acariciar. Un cabello oscuro y sedoso que rozaba sus pómulos en una melena corta, descuidada pero elegante. Unos labios gruesos y sensuales que se separaban una y otra vez incapaces de articular las palabras adecuadas debido a la sorpresa. Tal como siempre lo había soñado… ninguna criatura de este mundo podía ser tan hermosa y perfecta.

Allí estaba él. Cómo había estado siempre. Tal vez fueran sus sentimientos humanos los que lo habían hecho tangible, tal vez fuera la disposición de ella a creer lo que la había capacitado para verlo y tocarlo al fin…

… O tal vez todo estaba ya escrito de antes por seres superiores que determinaron el nacimiento de ella y enviaron a alguien para velar por su felicidad. Quizás el error lo cometieron ellos, incapaces de creer que la dicha que tanto se empeñaban en lograr estaba tan sólo a un parpadeo….

Tal vez sí que exista el destino después de todo. Tal vez se escriba en un complejo libro de millares de páginas y cada una de sus frases nos enlaza con la siguiente. En cualquier caso ¿quién dijo que hallar la felicidad es fácil?

LA MALDICIÓN DEL DIOS SOLAR (2)

            La noche era cálida y una agradable brisa con olor a limo y papiro acariciaba su rostro y revolvía juguetona su cabello. El aire se respiraba puro en aquella terraza del palacio. Las siluetas de las acacias se dibujaban en el paisaje nocturno coloreadas con el oscuro matiz violáceo que ofrecía el cielo y los sicómoros danzaban al son de aquel viento procedente del río.

            Mitret sonreía, no podía dejar de hacerlo. Su felicidad era inmensa. Los regalos de Atón al mundo eran bellos, aquella noche había sido soberbia. ¿Habrían acabado por hoy las emociones? En absoluto.

La muchacha no se percató de la oscura silueta que se aproximaba tímidamente por su derecha hasta que la tuvo justo al lado. Escuchó una respiración inquieta junto a ella y sobresaltada se giró en esa dirección ahogando un grito.

-¡Discúlpame! No pretendía asustarte –Nedjem temblaba como una hoja al viento. Por Seth, ¿qué estaba haciendo allí, qué le diría ahora?-. Verás señora, yo…

-¡Oh, no te disculpes! Estaba tan absorta en mis pensamientos que me sobresalté al verte.

-Si te molesto me marcharé…

-¿Por qué? Este es un lugar hermoso, tranquilo… y no me pertenece, tienes el mismo derecho que yo a estar aquí –Mitret esbozó su encantadora sonrisa y miró con más detenimiento al hombre-. Te he visto en el banquete con los miembros del ejército.

-Sí, soy capitán de mi tropa y acudí al banquete en representación del ejército de Egipto –Nedjem comprobó demasiado tarde que había dicho algo inconveniente. El rostro de la joven se torció en un gesto de desagrado.

-Sí, escuché que vendríais, pero creí que Akenatón no lo permitiría. Se trataba de escuchar un himno a Atón. Una exaltación a la paz y el amor. No entiendo qué tiene que ver el ejército y su representación bélica en todo esto.

-Bueno, tampoco yo. La verdad es que no me apetecía mucho venir, pero cumplimos órdenes… -la situación no parecía ir mejorando demasiado.

-¡Vaya! ¿No te apetecía ver de cerca al dueño de las Dos Tierras?

-No, yo… no quise decir eso… claro que quería ver al faraón… es sólo que… -la muchacha debía de pensar que era estúpido. ¿Por qué estaba tan nervioso? De pronto escuchó una risa clara como aquel cielo nocturno, la joven parecía divertirse.

-Capitán relájate, sólo bromeaba. No tienes que darme explicaciones de nada, eres libre, todos lo somos al fin y al cabo. Es bueno que la gente acuda a escuchar al faraón. Muchos piensan que es un loco más, un fanático… pero pocos lo siguen pensando tras haberlo tenido cerca. A veces creo que no es de este mundo… Dime, capitán, ¿te sentiste atraído por el poder de su magia cuando lo miraste a los ojos? ¿Sentiste que amabas desinteresadamente por primera vez en tu vida? ¿Acaso no deseaste protegerlo de todo mal? ¿No suplicaste que no se percatara de la falsedad que lo rodeaba?  -Mitret le lanzó una penetrante mirada que traspasó el corazón de Nedjem con más precisión que el arma más afilada-. Sí, lo hiciste. Tus ojos me lo revelan.

-Sí, sentí todo eso que dices. Pero supongo que es normal, ¿acaso no es el faraón, la reencarnación de Horus? –Se encogió de hombros-. Tú lo conoces, al menos eso me pareció, ¿no es cierto?

-Sí, lo conocí hace años. Después de la muerte del príncipe Thutmosis, él accedió a la categoría de Hijo Mayor del Rey, y comenzó su preparación para futuro faraón. En Heliópolis recibía las enseñanzas de los sacerdotes de Ra, así que solicitaron la orientación de un buen mentor en esa ciudad. Mi padre tenía cierta fama allí. Lo llamaron a él como mentor del príncipe –la expresión de la joven se volvió soñadora-. Justo desde el primer encuentro sentimos la gran fuerza interior del joven heredero y desde aquel preciso instante aprendimos a amarlo. Aquel muchacho poseía una voluntad inquebrantable, un poder innato difícil de expresar con meras palabras. Es imposible permanecer impasible a ese poder sobrenatural.

-¡Es fascinante! Entonces prácticamente creciste junto al príncipe, ¿cierto?

-Bueno, al menos mientras duró su educación a cargo de mi padre. Fue poco tiempo, pero llegamos a entablar una bonita amistad… Aprendí mucho de él.

            Mitret guardó silencio y miró al frente. Nedjem no pudo evitar mirar fijamente aquellos enormes ojos verdes que brillaban como una estrella más en el mar de la noche.

            De pronto, recordando algo que ella había dicho, su corazón dio un vuelco.

-¡Heliópolis! Vosotros residís allí, ¿no es cierto? –dijo en voz queda pensando por primera vez en que tal vez las distancias podrían separarlos ahora que al fin la había encontrado. Se dio cuenta entonces de que no podría soportar estar lejos de ella.

-No, hace tiempo que nos trasladamos a la bella Aketatón. Mi padre sigue siendo uno de los consejeros del faraón, aunque por desgracia yo ya no puedo acercarme al rey como antes. Son muchas las preocupaciones de Akenatón.

-¡Gracias señora! –Exclamó de repente Nedjem sin poder ocultar su alegría ante la extrañada mirada de la joven.

-¿Por qué me das las gracias?

-Porque pensé que si recorrías el Nilo de regreso a tu casa, me iba a resultar muy difícil encontrarte. Y ahora que te he conocido por fin, no creo que pudiera pasar un solo día sin verte de nuevo- Nedjem dijo todo esto sin atreverse a mirar a la muchacha a los ojos.

            Si lo hubiera hecho habría podido descubrir un brillo distinto en su mirada, se habría percatado al instante de que a ella también le alegraría volverlo a ver y que aún le agradaba más haber visto sus pensamientos reflejados en las nerviosas palabras de aquel joven que tanta paz y a la vez inquietud le provocaba.

            Por fin se atrevió a mirarla directamente a los ojos y sus miradas se cruzaron. Cuando volvió a hablar lo hizo más serenamente, dando a cada palabra la pasión que sentía.

-Dime cuál es tu nombre para que cada vez que lo pronuncie pueda evocar tu rostro y sentir el frescor de tu sonrisa.

-Me llamo Mitret,  pero no sé si este nombre te dirá en verdad tanto como pides. Al fin y al cabo, no es más que un nombre. ¿Cómo debo llamarte a ti, capitán?

-Nedjem.

-Nedjem… “el dulce”.

-Sí, cosa de mi padre… -diciendo esto sus nervios se relajaron y regaló a la muchacha una enorme sonrisa.

            Aquel gesto tan sencillo arrancó un profundo suspiro en Mitret. Aquella sonrisa era tan pura… Durante un intenso momento ambos permanecieron en silencio, mirándose el uno al otro con profundidad, hasta que ella acertó a decir algo.

-Ciertamente tu nombre sí dice bastante, en él se traduce la misma dulzura que en tus ojos.

-No me hables de este modo, bella Mitret, porque ya casi me cuesta respirar con sólo mirarte. ¿Acaso quieres robarme el aire que me queda con tus palabras? Desde que te vi en la cena no he podido volver a ver otra cosa sino tu imagen. Soy sabedor de que jamás volveré a cerrar mis párpados sin que se represente en la oscuridad de mis ojos tu bello rostro. 

-Capitán, veo que habéis probado el vino del faraón, y no poco, al parecer. ¿Cómo hablas de amor a una completa desconocida? –ella rió.

-Te equivocas. Y no me refiero al vino, pues me he visto obligado a beber más de lo normal para reunir valor y decirte lo que siento. Digo que estás equivocada porque no eres una desconocida para mí.

-¿Cómo es eso? ¿Acaso ya nos conocíamos y he sido incapaz de recordar a alguien como tú? –a la joven le hubiera gustado mostrarse desinteresada y burlona, pero, ante la penetrante dulzura de sus oscuros ojos, sus labios temblaban y le era imposible ocultar lo mucho que le agradaba escuchar sus palabras.

-Yo te reconocí en cuanto te vi, porque te veo cada noche en mis sueños. No tengo la menor duda de que yo debía encontrarte esta noche. Es como si ya hubiera vivido una vida anterior a ésta, y allí te hubiera amado también. Y estoy seguro de que debe ser así, pues si tuviera la capacidad de morir y volver a vivir mil vidas, te amaría en todas ellas.

            Nedjem no quería pensar demasiado en lo que decían sus labios. Sus sentimientos aumentaban a cada segundo que pasaba junto a ella. Su firme propósito era no dejarla marchar, no sin antes haber dejado alguna huella en su alma o en su corazón. Necesitaba asegurarse de que aquella no sería la última vez que se encontraría junto a Mitret.

-Mitret –él tomó sus pequeñas manos entre las suyas y las notó suaves y frías. En su tacto pudo percibir el ligero temblor nervioso que agitaba su delicado cuerpo-, sé que te sonará extraño. Nos acabamos de conocer esta noche y es comprensible que no confíes en mí, mas te aseguro que cuanto te digo es cierto.  Jamás antes me había sentido así, ni tan siquiera yo lo comprendo. Sólo entiendo que este extraño nudo que me oprime el estómago acabará ahogándome si no te digo todo lo que siento ahora mismo. Después, mi vida está en tus manos, puedes aceptar mi amor o dar la vuelta ahora para nunca volver a verme, y así será sin duda, porque de seguro no tardaré en perecer si te marchas.

            Mitret estaba asombrada de sus propios sentimientos. Muchos otros antes le habían hablado en términos similares y ella siempre se había mostrado impasible. Ahora en cambio era diferente. ¿Qué tenía Nedjem distinto a los demás? Si acaso era más rudo y torpe. Sus palabras fluían nerviosas como alentadas por una desesperación irreal. Su cuerpo temblaba mientras la miraba… no, sin lugar a dudas aquel hombre no estaba acostumbrado a suplicar el amor de una mujer, por el contrario, debían de ser ellas las que suplicaban el suyo. Sólo había que echar una mirada a su rostro de hermosos rasgos para comprenderlo. Su piel curtida por el sol, sus pómulos ligeramente marcados, sus labios suaves y bien dibujados, sus ojos negros y brillantes como dos pozos del agua más dulce en mitad de un árido desierto… Su porte era digno y elegante, su cuerpo fuerte y musculoso, sus brazos poderosos le provocaban un deseo irracional de acurrucarse bajo su protección. A penas si sentía ya el sentido común necesario para no hacerlo en aquel preciso instinto, lanzarse a sus brazos y dejarse arrullar… ¿Acaso Nedjem tenía razón? ¿Acaso estaban predestinados a amarse?

 

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